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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Sí, vi a Judi… -comenzó Tom, y se interrumpió cuando Nat entró con el cuarto comensal.

– Te presento a mi esposa, Su Ling. Querida, esta es Julia Kirkbridge, quien, como sin duda ya sabes, es nuestra socia en el proyecto de Cedar Wood.

– Es un placer conocerla, señora Cartwright.

Su Ling se recuperó mucho antes que Tom.

– Por favor, llámeme Su Ling.

– Muchas gracias, y llámeme Julia.

– Julia, este es el presidente de mi banco, Tom Russell, que esperaba con ansia conocerte.

– Buenas noches, señor Russell. Después de todo lo que Nat me ha dicho de usted, el interés es mutuo.

Tom le estrechó la mano, sin saber qué decir.

– Creo que se impone una copa de champán para celebrar la firma del contrato.

– ¿El contrato? -farfulló Tom.

– Una idea excelente -exclamó Julia.

Nat abrió la botella y sirvió tres copas mientras Su Ling volvía a la cocina. Tom continuó mirando a la segunda señora Kirkbridge. Nat les ofreció las copas.

– Por el proyecto de Cedar Wood -brindó.

– Por el proyecto de Cedar Wood -consiguió repetir Tom.

Su Ling reapareció para decirle a su marido con una sonrisa:

– ¿Quieres acompañar a nuestros amigos a la mesa?

– Creo que ha llegado el momento, Julia, de explicarles a mi esposa y a Tom que no hay secretos entre nosotros.

– No se me ocurre ninguna objeción, Nat, sobre todo después de haber firmado un acuerdo de confidencialidad sobre los detalles de la compra de Cedar Wood. -Julia le dedicó una sonrisa.

– Sí, y creo que debe seguir de esa manera -replicó Nat, que le devolvió la sonrisa, mientras Su Ling servía el primer plato.

– Señora Kirkbridge -dijo Tom, sin probar la sopa de langosta.

– Por favor, llámame Julia; después de todo, nos conocemos desde hace algún tiempo.

– ¿Que nos conocemos? No…

– No es muy halagador por tu parte, Tom -opinó Julia-. No han pasado más que unas semanas desde que nos conocimos mientras yo practicaba footing; me invitaste a una copa y después a cenar en el Cascade. Fue entonces cuando te hablé de que me interesaba el proyecto de Cedar Wood.

– Todo esto me parece muy inteligente -le señaló Tom a Nat-, pero pareces haber olvidado que el señor Cooke, el subastador y nuestro apoderado conocieron a la señora Kirkbridge.

– A la primera señora Kirkbridge, sí, pero no a la verdadera -replicó Nat-. Ya he pensado en eso. No hay ningún motivo para que el señor Cooke tenga que encontrarse de nuevo con Julia, dado que se jubila dentro de unos meses. En cuanto al subastador, fuiste tú quien hizo las ofertas, no Julia, y no tienes motivo para preocuparte por Ray porque voy a trasladarlo a la sucursal de Newington.

– ¿Qué me dices de la gente de Nueva York? -preguntó Tom.

– Ellos no saben nada -respondió Julia-, excepto que he cerrado un trato muy ventajoso. -Se calló un momento-. La sopa de langosta está deliciosa, Su Ling. Siempre ha sido uno de mis platos preferidos.

– Muchas gracias. -Su Ling recogió los cuencos y regresó a la cocina.

– Ahora que Su Ling no está, Tom, te diré que prefiero olvidar cualquier pequeña indiscreción que se rumorea que tuvo lugar el mes pasado.

– Eres un malnacido -le dijo Tom a Nat.

– No seas injusto -le advirtió Julia-. Insistí en saberlo todo antes de firmar el acuerdo de confidencialidad.

Su Ling entró en el comedor con una fuente de cordero asado; el olor era delicioso.

– Ahora entiendo la razón por la que Nat me pidió que preparara la misma cena. En cualquier caso, ¿qué más necesito saber para mantener esta farsa?

– ¿Qué quieres saber? -replicó Julia.

– Supongo que tú eres la verdadera Julia Kirkbridge y que por tanto debes de ser la accionista mayoritaria de la empresa, pero hay algunos detalles que necesito tener claros. ¿Tu marido te pide que vayas a correr por los solares los domingos por la mañana y después le hagas un informe?

Julia se echó a reír.

– No, mi marido nunca me pidió que hiciera algo así. Soy arquitecta.

– ¿Puedo saber si el señor Kirkbridge murió víctima de un cáncer y te dejó la empresa después de enseñarte todo lo que sabía?

– No. El caballero goza de una salud excelente, pero me divorcié de él hace dos años, cuando descubrí que utilizaba las ganancias de la empresa para su beneficio personal.

– ¿Acaso no era suya la empresa? -preguntó Tom.

– Sí, y no me hubiese importado tanto de no ser porque derrochaba todos los beneficios en otra mujer.

– Esa mujer, por una de esas casualidades, ¿no mide casi el metro setenta, es rubia, viste prendas caras y afirma ser de Minnesota?

– Es evidente que la conoces -manifestó Julia-; supongo que fue mi ex marido quien te llamó desde un banco de San Francisco haciéndose pasar por el abogado de la señora Kirkbridge.

– ¿Por casualidad no sabrás dónde pueden estar? -preguntó Tom-. Porque me gustaría matarlos.

– No tengo ni la menor idea -respondió Julia-, pero si finalmente lo averiguas, te ruego que me lo hagas saber. Tú podrías matarla a ella y yo a él.

– ¿Alguien quiere crème brûlée? -preguntó Su Ling.

– ¿Qué respondió la otra señora Kirkbridge a esa pregunta? -quiso saber Julia.

El público que ocupaba la galería permanecía atento a cualquier movimiento y el señor Cooke parecía desear que todos los presentes en la sala fuesen testigos de lo que acontecía. Fletcher y Jimmy dejaron al senador para ir a reunirse con la señora Hunter y su representante en el área marcada por la herradura.

– Tenemos setenta y siete papeletas dudosas -explicó el señor Cooke a los dos candidatos-, de las que creo que cuarenta y tres no son válidas. Sin embargo, hay dificultades en cuanto a las treinta y cuatro restantes. -Ambos candidatos asintieron-. En primer lugar, les mostraré las cuarenta y tres -añadió el jefe del escrutinio, con una mano apoyada en el montoncito más alto- que considero no válidas. Luego repasaremos las treinta y cuatro que continúan en disputa. -Pasó la mano por el montoncito más pequeño. Los candidatos asintieron de nuevo-. Solo digan que no, si no están de acuerdo -manifestó el señor Cooke.

El jefe del escrutinio comenzó a pasar las papeletas del montón más abultado. En ninguna de ellas había marca alguna en las casillas. Como ninguno de los dos candidatos manifestó objeción alguna, acabó el procedimiento en un par de minutos.

– Excelente -dijo el señor Cooke y apartó las papeletas nulas a un lado-, pero ahora debemos considerar las treinta y cuatro cruciales. -Fletcher tomó buena nota de la palabra crucial y se dio cuenta de que el resultado final sería ajustadísimo-. En el pasado -prosiguió el funcionario-, si los candidatos no se ponían de acuerdo, la decisión final se dejaba en manos de un tercero.

– Si se produce un desacuerdo -señaló Fletcher-, estoy absolutamente dispuesto a aceptar sus decisiones, señor Cooke.

La señora Hunter demoró la respuesta porque comenzó a discutir en susurros con su ayudante. Todos esperaron pacientemente a que acabara su consulta.

– Yo también estoy de acuerdo y aceptaré las decisiones del señor Cooke como árbitro -manifestó finalmente.

El señor Cooke agradeció la confianza dispensada con un gesto.

– De las treinta y cuatro papeletas en discusión -comentó-, creo que hay once que no plantearán muchos problemas, porque son lo que llamaría, a falta de mejor descripción, los partidarios de Harry Gates.

El señor Cooke separó del montoncito las once papeletas donde estaba escrito el nombre de Harry Gates en letras mayúsculas que ocupaban todo el papel.

– No hay ninguna duda de que son votos nulos -afirmó la señora Hunter.

– No obstante, dos de ellas -le advirtió el señor Cooke- también tienen una cruz en la casilla del señor Davenport.

– Tienen que ser considerados nulos -manifestó la señora Hunter-, porque como se puede ver, el nombre del señor Gates aparece claramente escrito en toda la papeleta, cosa que los convierte en nulos.

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