El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Sin embargo, se celebró la boda. Cuando emprendieron el viaje a North Queensland, para una luna de miel un tanto retrasada por el tiempo que tardarían en llegar allí, Meggie era la señora de Luke O'Neill. Luke se negó a pasar la noche de. aquel sábado en el «Imperial», pues el tren para Goondiwindi salía únicamente una vez cada semana, el sábado por la noche, para enlazar con el correo de Goondiwindi a Brisbane el domingo. Éste les dejaría en Bris el lunes, a tiempo para tomar el expreso de Cairns.
El tren de Goondiwindi iba abarrotado. No había la menor posibilidad de intimidad, y permanecieron sentados toda la noche, porque el tren no llevaba coches camas. Hora tras hora, traqueteó el convoy en su errático recorrido hacia el Nordeste, deteniéndose interminablemente cada vez que el maquinista tenía ganas de tomar una taza de té, o un rebaño de corderos cruzaba la vía férrea, o le daba a aquél por charlar con un ganadero.
– Me pregunto por qué pronunciarán Guindiwindi en vez de Goondiwindi, si lo escriben de esta manera -comentó distraídamente mientras esperaba en el único lugar abierto de Goondiwindi en domingo, la horrible sala de espera pintada de verde de la estación, con sus duros bancos negros de madera.
La pobre Meggie estaba nerviosa e incómoda.
– ¡Qué sé yo! -suspiró Luke, que no tenía ganas de hablar y estaba muerto de hambre.
Como al día siguiente era domingo, no podían tomar siquiera una taza de té; así que tuvieron que esperar al domingo por la mañana, cuando el correo de Brisbane se detuvo a la hora del desayuno, para poder llenar sus vacíos estómagos y calmar su sed. Después, Brisbane, la estación de South Bris y el recorrido a través de la ciudad para llegar a la estación de Roma Street y tomar el tren de Cairns. Aquí descubrió Meggie que Luke había tomado dos asientos de segunda clase.
– ¡No andamos escasos de dinero, Luke! -dijo ella, cansada y afligida-. Si te olvidaste de ir al Banco, yo tengo en el bolso cien libras que me dio Bob. ¿Por qué no tomamos un compartimiento de primera clase con camas?
Él la miró, asombrado.
– ¡Pero si sólo son tres días y tres noches de viaje hasta Dungloe! ¿Por qué gastar dinero en un compartimiento de coche-cama, si somos jóvenes y vigorosos y no estamos enfermos? ¡No te morirás por ir sentada en un tren, Meghann! ¡Debías darte cuenta de que te casabas con un obrero vulgar y no con un maldito patrón!
Por consiguiente, Meggie se dejó caer en el asiento junto a la ventanilla que Luke le había reservado, y apoyó la barbilla temblorosa en la mano y miró por la ventanilla, para que él no advirtiese sus lágrimas. Él le había hablado como se habla a una niña irresponsable, y ahora empezaba a preguntarse si era realmente así como la consideraba. La rebelión empezó a agitarse en su interior, pero era un sentimiento débil y su orgullo le impedía rebajarse a una discusión. En vez de esto, se dijo que era la esposa de aquel hombre, y que esto era algo nuevo para él. Había que darle tiempo para acostumbrarse. Vivirían juntos, ella haría la comida, le remendaría la ropa, cuidaría de él, tendría hijos, sería una buena esposa. Recordó lo mucho que papá había apreciado a mamá, cuánto la había adorado. Había que darle tiempo a Luke.
Se dirigían a una población llamada Dungloe, a ochenta kilómetros escasos de Cairns, que era donde terminaba por el Norte la línea que recorría la costa de Queensland. Más de mil seiscientos kilómetros de vía estrecha, sobre la que avanzaba traqueteando el convoy, con todos los asientos ocupados, sin la menor posibilidad de echarse o estirarse. Aunque el campo estaba mucho más densamente poblado que Gilly y tenía mucho más colorido, no despertaba en Meggie ningún interés.
A la joven le dolía la cabeza, no tenía ganas de comer, y el calor era mucho más sofocante de lo que jamás hubiera sido en Gilly. El lindo vestido de novia, de seda rosa, estaba sucio del hollín que entraba por las ventanillas; su piel estaba empapada en un sudor que no quería evaporarse, y, peor que todas sus incomodidades físicas, tenía, el horrible sentimiento de que estaba a punto de odiar a Luke. Sin que, por lo visto, le cansara el viaje en absoluto, él seguía tranquilamente sentado,- charlando con dos hombres que se dirigían a Cardwell. Las únicas veces que miró en su dirección, fue para levantarse, inclinarse sobre ella con tan poco cuidado que Meggie tuvo que echarse atrás, y arrojar un periódico enrollado por la ventanilla a unos grupos hambrientos de hombres desharrapados que, alineados junto a la vía y empuñando martillos de acero, les gritaban:
– ¡Paip! ¡Paip!
– Obreros que cuidan de la vía -le explicó la primera vez, al volver a sentarse.
Parecía dar por descontado que ella se sentía tan satisfecha y tan cómoda como él, y que la llanura costera por la que pasaban la fascinaba. En realidad, ella miraba sin ver, odiando aquella tierra antes de haberla pisado.
En Cardwell; los dos hombres se apearon y Luke fue a la tienda de pescado frito del otro lado de la carretera, frente a la estación, y volvió con un paquete envuelto en papel de periódico.
– Dicen que hay que probar el pescado de Cardwell para saber lo que es bueno, amor mío. El mejor pescado del mundo. Toma, pruébalo. Es tu primer bocado de auténtica comida de Bananaland. Te aseguro que no hay lugar mejor que Queensland.
Meggie contempló los grasientos trozos de pescado, se llevó el pañuelo a la boca y salió corriendo hacia el retrete. Cuando salió de allí, pálida y temblorosa, él la estaba esperando en el pasillo.
– ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?
– No me he encontrado bien desde que salimos de Goondiwindi.
– ¡Dios mío! ¿Por qué no me lo dijiste?
– ¿Por qué no te diste cuenta?
– Me pareció que estabas perfectamente.
– ¿Cuánto falta? -preguntó ella, cambiando de tema.
– De tres a seis horas, más o menos. Aquí, los horarios no son muy exactos. Ahora que se han ido esos patanes, tenemos sitio de sobra; échate y apoya los piececitos en mi falda.
– ¡Oh, no me hables como a una niña pequeña! -saltó ella, agriamente-. Habría sido mucho mejor que se apeasen en Bundaberg, ¡hace dos días!
– Vamos, Meghann, debes ser valiente. Ya falta poco. Sólo Tully e Innisfail, y después, Dungloe.
Estaba muy avanzada la tarde cuando se apearon del tren, y Meggie se agarró desesperadamente al brazo de Luke, demasiado orgullosa para confesar que era incapaz de andar debidamente. Él le preguntó al jefe de estación por un hotel barato, recogió los bultos y salió a la calle, seguido de Meggie, que se tambaleaba como si estuviese borracha.
– Está al final de la manzana, al otro lado de la calle -la consoló él-. Aquella casa blanca de dos pisos.
Aunque su habitación era pequeña y estaba llena a rebosar de grandes muebles Victorianos, a Meggie le pareció la gloria, al caer rendida sobre un lado de la cama de matrimonio.
– Descansa un rato antes de comer, cariño. Yo voy a orientarme un poco -dijo él, saliendo de la habitación tan fresco y tan tranquilo como la mañana de su boda.
Ésta se había celebrado el sábado, y ahora era jueves por la tarde; cinco días sentada en trenes atestados, sofocada por el humo de los cigarrillos y el hollín.
La cama oscilaba con monotonía y parecía seguir el ritmo y el traqueteo de las ruedas de acero al pasar sobre las juntas de los raíles; pero Meggie reclinó complacida la cabeza en la almohada y durmió, durmió.
Alguien le había quitado los zapatos y las medias y la había cubierto con una sábana; Meggie se agitó, abrió los ojos y miró a su alrededor. Luke estaba sentado en la ventana, con una rodilla encogida, fumando. Al moverse ella, se volvió a mirarla y sonrió.
– ¡Vaya una novia que estás hecha! Yo, esperando mi luna de miel, ¡y mi esposa durmiendo casi dos días seguidos! Me asusté un poco al no poder despertarte, pero el hotelero me dijo que el viaje en tren y la humedad suelen producirles esto a las mujeres. Dijo que te dejase dormir. ¿Cómo te sientes ahora?