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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– ¿Cómo podría haberle olvidado, George? -respondió ella con afecto-. Era usted uno de mis más prometedores alumnos. Y ahora ha hecho su deseo realidad, viajar por el mundo.

– No todo el mundo, Miss Helen… ¿O debo llamarla señora O’Keefe? -George se la quedó mirando con su antigua insolencia en los ojos.

Helen se encogió de hombros.

– Todos me llaman Miss Helen.

– El señor Greenwood ha venido para fundar la filial de su empresa en Christchurch -explicó Gwyneira-. Se hará cargo del comercio lanar de Peter Brewster cuando él y su familia se vayan a Otago…

Helen esbozó una sonrisa un tanto forzada. No estaba claro si esto resultaría ser bueno o malo para Howard.

– Está… muy bien -titubeó-. ¿Y está ahora aquí para conocer a sus clientes? Howard volverá por la tarde…

George la miró con ironía.

– Estoy aquí, sobre todo, para volver a verla a usted, Miss Helen. El señor Howard puede esperar. Ya se lo dije entonces a usted, pero no quiso escuchar.

– George, deberías… ¡desde luego! -La voz de la vieja institutriz.

George esperaba un «¡Eres un impertinente!», pero Helen se contuvo. En lugar de eso pareció asustada porque ella le había tuteado sin querer. George se preguntó si la idea de Gwyneira tenía algo que ver con ello. ¿Tenía miedo Helen del nuevo comprador de lana? Por lo que se decía, no le faltaban razones para ello.

– ¿Cómo está su familia, George? -preguntó Helen, intentando entablar una conversación formal-. Me encantaría charlar largo y tendido con usted, pero los niños han recorrido cinco kilómetros para venir a clase y no puedo decepcionarlos. ¿Puede esperar?

George asintió sonriendo.

– Usted sabe que puedo esperar, Miss Helen… -De nuevo una alusión-. Y siempre he disfrutado de sus clases. ¿Puedo participar en ésta?

Helen pareció relajarse.

– La enseñanza todavía no ha hecho daño a nadie -dijo-. Siéntese con nosotros.

Los niños maoríes le dejaron sitio sorprendidos cuando George tomó asiento en el suelo, entre ellos. Helen explicó en inglés y en maorí que era un antiguo alumno que venía de la lejana Inglaterra y que había recorrido el trayecto más largo para llegar a la escuela. Los niños rieron y George volvió a notar que el tono de las clases de Helen se había transformado. Antes bromeaba en muy raras ocasiones.

Los niños saludaron a su nuevo compañero de clase en su lengua, por lo que George aprendió sus primeras palabras en maorí. Tras la clase, también él pudo leer el primer fragmento de la historia de la Creación, mientras, los niños fueron corrigiéndolo entre risas. A continuación, los escolares de mayor edad le hicieron preguntas y George les habló acerca de su período escolar, primero en su casa londinense con Helen y luego en la universidad, en Oxford.

– ¿Y qué le gustó más? -preguntó indiscreto uno de los chicos mayores. Helen lo llamaba Reti y hablaba muy bien el inglés.

George rio.

– Las clases con Miss Helen, claro. Cuando hacía buen tiempo nos sentábamos fuera, justo igual que aquí. Y mi madre insistía en que Miss Helen jugara a cróquet con nosotros, pero ella nunca aprendía y siempre perdía. -Le guiñó el ojo a Helen.

Reti no pareció sorprendido.

– Cuando llegó aquí tampoco sabía ordeñar una vaca -reveló-. ¿Qué es el cróquet, señor George? ¿Hay que saberlo si se quiere trabajar en Christchurch? Yo quiero trabajar con los ingleses y hacerme rico.

George archivó con cuidado el comentario. Tendría que hablar con Helen sobre este joven prometedor. Un maorí perfectamente bilingüe podría ser de enorme utilidad en Greenwood Enterprises.

– Si quieres actuar como un gentleman y conocer a una lady deberías al menos jugar tan bien al cróquet como para poder perder con educación.

Helen puso los ojos en blanco. Gwyneira se percató de cuán joven que se la veía de golpe.

– ¿Nos puedes enseñar? -preguntó Rongo Rongo-. Seguro que una lady también tiene que saber jugar.

– ¡A toda costa! -dijo en serio George-. Pero no sé si tendré tanto tiempo. Yo…

– ¡Yo os puedo enseñar! -intervino Gwyneira. El juego era una oportunidad inesperada para liberar a Helen antes de la clase-. ¿Qué os parecería si por hoy en lugar de leer y sumar nos ocupáramos de los mazos y los arcos? Yo os enseño cómo se juega y así Miss Helen dispondrá de tiempo para ocuparse de su visita. Seguro que quiere mostrarle la granja.

Helen y George le lanzaron una mirada de agradecimiento. Sin embargo, la institutriz dudaba de que a su amiga le hubiera entusiasmado demasiado el juego lento cuando era más joven, pero sin duda lo dominaba mejor que Helen y George juntos.

– Bien, necesitamos una pelota…, no, no una tan grande, Ruben, una pequeña…, sí, también podemos utilizar esa piedra. Y unos pequeños arcos…, buena idea la de trenzarlos, Tani.

Los niños se afanaban en el asunto cuando Helen y George se alejaron. Helen condujo a su antiguo alumno hacia la casa por el mismo camino por el que éste había llegado con Gwyneira.

El estado de la casa le pareció a George deplorable.

– Mi marido todavía no ha tenido tiempo de arreglar los corrales tras el invierno -se disculpó ella cuando pasaron junto a los cercados-. Tenemos mucho ganado en la montaña, dispersado por los prados, y ahora en primavera no dejan de nacer corderos…

George no hizo el menor comentario pese a que conocía lo suaves que eran los inviernos en Nueva Zelanda. Howard bien podía haber reparado los corrales también en la estación fría.

Helen lo sabía, era evidente. Permaneció unos minutos en silencio y luego se volvió de repente hacia él.

– ¡Oh, George, me avergüenzo tanto! Qué debe de pensar usted de mí, comparando lo que está viendo aquí con mis cartas…

La expresión de su rostro se le clavó como una espina en el corazón.

– No entiendo lo que dice, Miss Helen -respondió con dulzura-. He visto una granja que… no es grande, no es lujosa, pero está sólidamente construida y arreglada con cariño. Y aunque el ganado no se ve de gran valor, está alimentado y las vacas, ordeñadas. -Le guiñó el ojo-. ¡Y el mulo parece quererla de verdad!

Nepumuk lanzó su habitual y penetrante bramido cuando Helen pasó al lado del paddock.

– Sin duda saludaré a su esposo como un caballero que se esfuerza por alimentar bien a su familia y por administrar de forma modélica su granja. No se preocupe, Miss Helen.

La mujer lo miró con incredulidad. Luego sonrió.

– George, lleva usted unas gafas con cristales de color rosa.

Él se encogió de hombros.

– Usted me hace feliz, Miss Helen. Ahí donde está usted sólo veo belleza y bondad.

Helen se puso roja como un tomate.

– George, por favor. Realmente debería de dejar esto…

George le sonrió con ironía. ¿Lo había dejado? En cierto modo, sí, no podía negarlo. Su corazón había latido más fuerte en el reencuentro; se alegraba de volver a ver a Helen, de oír su voz, de su constante equilibrio entre la decencia y la originalidad. Pero ya no luchaba contra el deseo constante de imaginar cómo la besaba y como la amaba físicamente. Eso formaba parte del pasado. Por la mujer que ahora estaba delante de él sentía todavía, en cualquier caso, una vaga ternura. ¿Sucedería ahora lo mismo si ella no lo hubiera rechazado entonces? ¿Hubiera la pasión cedido también el paso a la amistad y al sentido de la responsabilidad? ¿Probablemente antes de que concluyera su carrera y hubiera podido unirse en matrimonio a ella? ¿Y se habría casado realmente con ella o habría esperado que las llamas de su amor volvieran a inflamarse por otra mujer?

George no habría podido responder con toda certeza a ninguna de estas preguntas, salvo la última.

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