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Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
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En cuanto nos pusimos en marcha, sintonicé la radio. Andrej y Valja esperaban con impaciencia las señales, evidentemente contagiados por mi proceder.

— ¿Por qué no escuchaba nada? ¿Qué podía haber sucedido?

Por fin, del altavoz surgió un fuerte ruido. Al principio temí que se tratase del fragor de los árboles en llamas. Pero no, era distinto e intermitente, eran las señales enviadas por el rudimentario transmisor del tanque. Aquellas estridencias eran para mí música divina.

— Agárrese a mi cinturón — indiqué a Andrej.

El camino de regreso fue difícil. Nos perdíamos en el denso humo, tropezábamos con las raíces que salían del suelo, pero seguíamos una dirección precisa, que no venía indicada por una moderna estación, sino por la primitiva chispa del inventor de la radio.

Pocos minutos después vimos brillar aquella chispa sobre la torreta del tanque.

En la bobina de encendido de que disponía el tanque, yo había embonado dos hilos cuyos extremos fijé en la torreta. Entre ellos saltaba, por una espira construida a toda prisa, una chispa azul.

Debajo, sentado en el suelo, el profesor Cernikov, doctor en ciencias técnicas, consejero en la construcción de potentes emisoras de radio, frotaba un hilo sobre la borda del acumulador.

Puedo afirmar que nunca en su vida el profesor tuvo que manejar un transmisor tan extraño, pero me pareció que en su rostro, semioculto por la máscara, existía la misma concentración que, habitualmente, dedicaba a sus experiencias de investigación atmosférica.

Al ver a su hija sana y salva, Nikolaj Spiridonovic corrió a su encuentro, abrazándola con arrebato. Sólo entonces comprendimos la angustiosa impaciencia con que había esperado su regreso. Debía tener un temperamento de hierro para conservar aquella calma exterior, con la mente torturada por el pensamiento de la suerte del ser amado.

Es evidente que entonces yo no conocía a Valja; el traje era áspero y demasiado grande para ella, la máscara además de cubrirle la cara sofocaba su voz, haciéndola apagada y desagradable. Sin embargo, había en ella algo que me gustaba, si bien aún no conseguía perdonarle su insensatez y su obstinación.

A pesar de la escasez de oxígeno — Andrej casi no podía respirar con su máscara antigás—, Valja se afanaba en torno al carro armado, buscando el cabo de arrastre, — ¿Dónde está? —preguntó a Andrej. Andrej contestó decidido:

— No descenderemos. Cada minuto es precioso. Y hemos tenido que arrancarla casi a la fuerza del meteorito. Alejandro se volvió perplejo.

— ¿Meteorito? ¿Qué meteorito?

En aquel momento intervino Nikolaj Spiridonovic.

— Estoy de acuerdo con usted, tovarich Jarcev. Vamonos antes de que termine el incendio. Entonces fui yo el que se asombró.

— No comprendo, Nikolaj Spiridonovic. Cuando el incendio se apague, será más fácil salir de la taiga.

— Tengo una idea sobre este particular — el profesor me tomó del brazo para explicarme—. ¿No le interesaría controlar la propagación de las ondas en condiciones tan excepcionales? ¡Qué ocasión para descubrir los fenómenos que se producen en la ionosfera! ¿Me comprende? ¿Cómo voy a despreciar esta ocasión?

Me explicó además que recordaba la descripción del trabajo de otras estaciones ionosféricas de la Unión Soviética, que esperaba recibir ciertas ondas reflejadas, y entonces… Debo confesar que le escuchaba muy distraídamente, porque seguía pendiente de Andrej, que respiraba con mucha fatiga.

Alejandro pretendió obligarle a aspirar algunas boqueadas de oxígeno de su propia botella. Lo mismo le ofrecimos Valja y yo. Pero él no quiso aprovecharse de nosotros ni de Nikolaj Spiridonovic.

Valja se nos acercó, mientras el profesor me decía casi en voz baja:

— Como radiotécnico le será más interesante estudiar la propagación de las ondas que los meteoritos.

— ¿Cómo? ¿Pretende abandonar el meteorito y marcharse? — intervino Valja, indignada—. ¿Y se pretenden científicos?

Alejandro corrió en nuestra ayuda.

— Lo lamento, pero esta discusión es inútil. La ciencia es algo muy hermoso, pero ahora tengo la obligación de ponerles a salvo. El camino es largo, difícil y el oxígeno se acaba. Atravesaremos el fuego y luego volveremos aquí, para recuperar el meteorito, apagar el incendio, estudiar las ondas, lo que ustedes quieran…

Valja le escuchó en silencio e insistió, testaruda:

— No. Nos llevaremos el meteorito ahora. Si no quieren, volveré abajo y me quedaré allí esperando.

No hay nada peor que la obstinación de una muchacha. La galantería resultaba imposible en aquellas circunstancias.

Observando que Andrej estaba indeciso, intenté mostrarme enérgico.

— Tovarich Jarcev, debemos volver. No podemos correr riesgos.

Me pareció ver bajo la máscara cómo los ojos de Valja brillaban de ira. Le temblaba la voz.

— ¿Cómo se atreve…?

Perplejo, añadí que podíamos muy bien volver al día siguiente para recoger el meteorito.

¿No les da vergüenza? — me interrumpió Valja—. Vi caer el meteorito y he corrido a buscarlo… Sin preocuparme del fuego. Además la esfera desaparecerá, se pulverizará, se transformará en cenizas. He estado junto a ella y me parecía verla disminuir a simple vista…, pero no podía hacer nada… Y ustedes, que son hombres, ingenieros, científicos… — parecía como si quisiera añadir algo más, pero sacudió una mano y nos volvió la espalda.

Debo admitir que nos sentíamos todos un tanto turbados. El extraño meteorito podía arder como un pedazo de carbón, en efecto, sin que nadie hubiera descrito, ya que no estudiado, aquel milagro de la naturaleza.

Todo esto nos hizo perder algún tiempo, unos minutos, pero nos parecieron horas a causa de la constante advertencia de la aguja del manómetro, que indicaba inexorablemente el consumo de oxigeno, así como el temor de no poder respirar muy pronto.

Después de habernos increpado Valja, transcurrió probablemente un momento. El profesor miraba a lo alto. Alejandro dejaba caer pensativamente el puño sobre la coraza. Andrej se apretaba con impaciencia la máscara antigás.

Yo me sentía particularmente molesto. La razón nos. empujaba a salir de la taiga en llamas sin perder un segundo, pero en el fondo de nuestro corazón estábamos totalmente con la valerosa muchacha. La extraña forma del meteorito suscitaba en mí las más audaces fantasías. En el fondo del barranco había sofocado los pensamientos que se amontonaban en mi mente, pero ahora volvían con insistencia cada vez mayor. Andrej se inclinó hacia Alejandro y le dijo algo. Este, en contestación, bajó la cabeza y subió a la torreta.

— ¡A sus puestos! — ordenó Jarcev.

No le obligamos a repetir la orden.

¿Qué decisión había tomado? ¿Intentaríamos atravesar la cortina de fuego o descenderíamos al barranco en busca del meteorito?

El tanque dio la vuelta y empezó a arrastrarse en dirección opuesta al barranco.

Valja posó sobre mí dos ojos enfurecidos, brillantes, a través del cristal de la máscara.

— ¡Alégrese, ha vencido su prudencia!

— Yo no cuento… No lo he decidido…

— ¿Cómo que no cuenta? — replicó indignada—. Conozco bien a Andrej y a Alejandro, y todavía mejor a mi padre. Ninguno de ellos se habría retirado frente al peligro. Es a causa de usted que regresamos…

— ¿Qué dice? ¿Por qué…? —pregunté maravillado.

Valja lanzó una mirada a Andrej y, al ver que éste se afanaba con la refrigeración y no se preocupaba de nosotros, se inclinó hacia mí:

— Porque usted no es de los nuestros, porque se trata de un huésped, y no debemos hacerle correr riesgos.

¿Sería posible? ¿Lo hacían por mí?… Aquello me pareció ofensivo por lo que, para aclarar en el acto el equívoco, cogí a Andrej por los hombros.

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