Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– ¿Así que usted sabe quién soy yo? -preguntó al parecer un poco sorprendido.
– Sí, y seguramente no soy el único.
– ¿Cómo dice?
– Si no es por otra cosa, sí al menos por sus Relatos de la trata de esclavos. Una obra extraordinaria, aunque debo añadir que, para empezar, no estaba seguro de que existiera usted. No creía que hubiera en el mundo capitanes tan rectos. Pero después me lo confirmaron unas fuentes fidedignas.
– ¿Puedo preguntar cuáles eran?
– Naturalmente. Una, el capitán Johnson, el que escribió la historia de los piratas.
– ¿Lo conoce? -interrumpió Snelgrave-. No sabía de nadie que lo hubiera conseguido. Daría mucho por conocerlo personalmente.
– Johnson no es su verdadero nombre.
– Ya me parecía. Y… ¿quién era la otra fuente que me presentó de forma tan ventajosa? Debe saber usted que en Londres hubo mucha resistencia cuando se publicó mi libro. Los capitanes de navío opinaban que la única forma de dirigir una tripulación era la mano dura, y que yo les había calumniado y había pretendido quitarles el honor profesional. Los armadores decían que yo mentía acerca de Howell Davis y de su invitación para realizar un viaje seguro de vuelta a casa. Fantasía, así le llamaban, y se divulgó que en realidad yo había estado en connivencia con el famoso capitán.
Naturalmente, me eché a reír.
– Ahí lo tiene usted. La otra fuente digna de crédito fue en realidad… ¡el mismo Flowell Davis!
Parecía que Snelgrave no sabía realmente qué pensar.
– Como comerciante en Madagascar -expliqué- no he podido evitar los contactos con una serie de los llamados elementos dudosos, entre ellos los caballeros de fortuna. Muchos se han establecido aquí, como usted seguramente sabrá.
Snelgrave no hizo gesto alguno. «Una persona extraña este Snelgrave», pensé, que podía oír el término «caballero de fortuna» sin ponerse a vomitar bilis.
– Me estaba preguntando -dijo Snelgrave- cómo llegó usted a este lugar desierto. Tiene que haber sitios más adecuados que éste para el comercio y las transacciones.
– Claro que sí -contesté risueño-. Por otra parte, la competencia no es tan dura aquí como en otros lugares. Pero ahora me he retirado para disfrutar de una existencia tranquila en el otoño de mi vida. Como usted verá, tengo una edad avanzada, y mi alma ya ha sufrido bastante; he ahorrado para lo imprescindible, o un poco más.
– Pero está alejado del honor y de la gloria, ¿no es así? -preguntó Snelgrave.
– Depende de lo que se pretenda decir con lo del honor y la gloria.
– Pensaba sobre todo en mercancías y provisiones, lo imprescindible en la vida, como dijo usted, quizá poco más. No deben de ser muchos los barcos que atracan en la bahía de Ranter hoy en día.
– Es verdad, y claro que puede suceder que eche de menos una cosa u otra de vez en cuando. Pero entonces aparece una vela en el horizonte, un comerciante árabe o inglés como usted, que me suministra lo indispensable.
– Estoy a su disposición con mucho gusto -se ofreció Snelgrave-, si es que tenemos lo que necesita.
– Ya hablaremos de eso durante la cena; creo que ya está servida.
Le indiqué el camino hacia el comedor. La mesa estaba puesta principescamente, con toda la plata, la vajilla de porcelana y la cristalería disponible, como era lo habitual cuando teníamos invitados. Era una forma, como otra cualquiera, de determinar el carácter y las inclinaciones de la gente.
– Veo que no padece usted ninguna necesidad -dijo Snelgrave de corazón-. Tendrían que verme ahora mis hombres. Se pondrían verdes de envidia.
– Si es su deseo -sugerí-, incluso podríamos organizar una fiesta para los hombres. Una auténtica barbacoa con cerdo asado y cabrito. Yo me hago cargo de la carne fresca y usted del ron y de la cerveza.
– ¿A cambio de qué? -preguntó Snelgrave-. No puedo olvidar que debo rendir cuentas a un armador.
– Bah, a usted no le costaría nada. Digamos que los libros que usted ya se sabe de memoria. Ya he leído todos los que hay en mi biblioteca. Y quizá también podría prescindir de un espejo.
Snelgrave arqueó sus pobladas cejas.
– Sí -continué-, sepa usted que no tengo ningún espejo, y que apenas sé qué aspecto tengo. Fue pura suerte que mi aparición no le pusiera los pelos de punta.
– No es para tanto -dijo Snelgrave diplomáticamente.
Me reí para mis adentros.
– Ya, pero tampoco estoy hecho un ramillete de rosas. Menos mal que está usted acostumbrado a tener marineros a su alrededor. Que yo recuerde, tampoco ellos acostumbran a tener aspecto de los mejores hijos de Dios.
– Quizá no -dijo Snelgrave, encogiéndose de hombros-. Pero me gustaría ver a los mejores hijos de Dios arriar las velas en medio de una estremecedora tormenta, cuando la lluvia da unos latigazos tales que uno se ve obligado a cerrar los ojos para no quedarse ciego por el resto de su vida.
– No, tiene usted razón. Con una mano en el pecho y la otra en el catecismo no se hace gran cosa, pero ¿qué dice usted?, ¿organizamos una fiesta?
– Con mucho gusto -dijo Snelgrave después de pensarlo un momento-. A los armadores siempre los puedo aplacar de alguna manera. Mi problema es que a los hombres les doy la ración de comida y de ron estipuladas, así que no he ahorrado nada. Y como por eso mismo no se mueren, tampoco gano nada. Usted sabe bien cómo son las cosas; el veinte por ciento suele desaparecer en cada viaje a las Antillas. En la comida es el mismo ahorro, razonan muchos de mis colegas. ¿No es extraño, bien mirado? Los capitanes de barcos dedicados a la trata de esclavos tienen una bonificación por cada esclavo que llega con vida a la otra orilla, pero con los hombres sucede lo contrario. Se gana un pico con cada uno que se queda en el camino.
– Claro que sí, algo sé de eso -dije-. Pero no se preocupe por las cuentas. Todo correrá a mi cargo, así de sencillo. De todas maneras tengo suficiente, tengo de sobra hasta que muera.
Me animó la idea de celebrar una auténtica fiesta con mucha comida, ron y marineros sanos, capaces de vivir sin pensar en las consecuencias del día siguiente. Snelgrave comió con buen apetito lo que se le ofreció. Incluso las ancas de rana, de la variante más pequeña, esas que los indígenas llamaban ninfas, las masticaba con toda tranquilidad. Con sólo ver la langosta con zumo de limón y granos de pimienta verde, se le hizo la boca agua; luego, cuando se sirvió una cesta repleta de frutos de todo el mundo, menos cerezas, que no se daban en Madagascar, casi pierde la cabeza de placer.
– Vaya -dijo-, desde luego no le falta de nada. Dudo que alguien, ni siquiera en Londres, ni siquiera el propio Rey, pueda comer tan bien.
– Vivir tan lejos de los honores y la gloria tiene sus ventajas -comenté, acercándole una pipa que encendió satisfecho-. Dígame -le pedí cuando se hubo encendido bien-, ¿cómo está Bristol en estos tiempos?
– ¿Conoce Bristol?
– Nací allí, al menos eso decía mi madre. Que sea verdad o mentira, no le sabría decir. De todas maneras, allí crecí antes de que me mandaran a la escuela en Escocia, y después me hice a la mar.
– ¿Y desde entonces no ha vuelto?
Dudé. Decir que un cojo como yo había sido el dueño de la taberna Spy-Glass era lo mismo que revelar claramente mi identidad.
– Claro que sí -me limité a decir-: estuve por negocios y me quedé un tiempo. Hará ya unos diez años.
– Supongo que fue a visitar a sus padres.
– Bueno, se puede decir que sí -dije yo a falta de algún pretexto mejor.
No había tenido en cuenta, pensé, que era lógico que Snelgrave preguntara por los padres. Ya no era tan rápido como antes. Tenía que haber sido por escribir tanto sobre cómo fueron las cosas, toda la verdad de cabo a rabo, lo que me hizo olvidar que tenía que ir con mucho cuidado.
– Mi padre arrió velas pronto -dije sin faltar a la verdad-. Y mi madre se fue a la tumba cuando yo volví.