Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Mmm, Smith -dijo Snelgrave-. Creo que no conozco en Bristol a nadie con ese nombre. ¿No es inglés?
– Claro que sí, pero es posible que mi padre viviera bajo alas prestadas. Por lo que tengo entendido, hacía contrabando en los alrededores de Bristol.
– Eso no ha cambiado -se rió Snelgrave-. Los contrabandistas están a gusto, y cada día proliferan más. Lo último que oí fue que controlaban el quince por ciento del comercio en la bahía. Son dignos de admiración.
– ¿Y el resto de la navegación?
– Como siempre Bristol va por detrás de Londres en lo que se refiere al comercio y a la cantidad de barcos. Alguien me dijo que se podían ver miles de barcos en Bristol, tanto arriba como abajo del río y en el puerto, y que de cincuenta mil habitantes dos mil eran marineros. No es poco. El mercado de Tolsey tiene más vida que nunca. Quizás usted ya sepa que Bristol se ha convertido también en el principal centro inglés en la trata de esclavos.
– No, no lo sabía.
– Pues ya ve. Un comercio sucio, si quiere usted que le diga mi opinión, pero lucrativo. Algunos de los grandes terratenientes han diversificado, como se dice ahora, para dividir riesgos. De la ganadería a la trata de esclavos. Chalksey, Massie y Redwood son algunos de los que han amasado enormes fortunas en muy pocos años. Y también Trelawney, claro está…
– ¡Trelawney! -interrumpí con una voz que apenas pude dominar.
– Sí -dijo Snelgrave, pero si le sorprendió mi reacción no lo demostró-. ¿Lo conoce?
– He tenido negocios con él -dije con precaución-. Y me engañó. Bueno, no él personalmente, porque era bastante duro de entendederas, pero tenía un consejero que le ayudaba a calcular y a tomar decisiones. Decía que era médico.
– Livesey -dijo Snelgrave chupando la pipa.
– Eso es, se llamaba Livesey. Me atrevo a afirmar que tenía la cabeza sobre los hombros, aunque a mí la naturaleza no me haya dotado tanto para hacer un juicio exacto. ¿Quién sabe? Si no hubiera sido por Livesey, a lo mejor ahora estaría sentado en el Parlamento.
– ¿Y qué hubiera hecho usted allí? -preguntó Snelgrave, pillándome de nuevo desprevenido, porque eso de haber estado en el Parlamento nunca lo había sopesado. Sólo era algo que acostumbraba a decir a bordo del Walrus, cuando los demás se enfadaban conmigo porque yo no derrochaba, al contrario que ellos, el dinero que habíamos conseguido en nuestros saqueos.
– Bueno -dije-, me podría haber dedicado a procurar que tipos como Trelawney y Livesey acabaran entre rejas hasta devolverme todo lo que me debían. Así habría hecho la vida más placentera a los marineros como usted, imponiendo duros castigos a los capitanes que no acataran las órdenes. ¿Qué más? Abolir la trata de esclavos, los contratos de trabajo, la tortura, el látigo; habría colgado a todos los estafadores, habría perdonado a todos los piratas. Habría abolido el monopolio del comercio en el mar, incluida la Ley de Navegación, y habría desmantelado las Compañías. Ya ve, un poco de todo. Pensándolo bien, hay bastantes cosas que hacer para un tipo como yo.
– Según lo que tengo entendido -sonrió Snelgrave-, no estaría usted en el Parlamento. Yo propondría el Ministerio de la Marina para un tipo como usted.
– Sí, tal vez, pero ya no, es demasiado tarde y estoy satisfecho con lo que tengo. Al principio tuve algún problema, pero después mejoraron las cosas. Bueno, menos con Trelawney y Livesey, claro está. Dígame, ¿cómo es posible que esos tipos hayan conseguido dinero para dedicarse a la trata de esclavos?
– ¿No lo ha oído? -preguntó Snelgrave.
– No -dije-. ¿Qué debería haber oído?
– Que Trelawney fue a las Antillas y encontró el tesoro de Flint, una fortuna incalculable. Se dice que era mayor que el tesoro que se trajo Drake en su Golden Hind, aunque parezca difícil imaginarlo. Drake llevaba consigo seiscientas mil libras, más que el erario de un año en toda Gran Bretaña.
– ¡Por todos los demonios! -dije silbando-. ¡No me diga! ¿El tesoro de Flint? ¿Y más grande que el de Drake? ¡Drake llegó a ser noble por eso!
– Así es. Durante muchos meses no se habló de otra cosa. Debe usted saber que Trelawney y los demás tuvieron suerte de salir con vida de aquella expedición. Parte de la tripulación de Flint se enteró de lo que había ocurrido y consiguieron enrolarse en el barco de Trelawney. El antiguo contramaestre de Flint, de nombre John Silver, consiguió granjearse la confianza de Trelawney hasta el punto de que se fiaba más de Silver que de su propio capitán.
– No me extraña -añadí-. Teniendo en cuenta cómo son la mayoría de los capitanes de barco, si usted me lo permite…
– Parecía un hombre peculiar ese tal Silver -continuó Snelgrave-; conseguía que tanto el peor como el mejor bailaran a su antojo. Trelawney pagó caras su buena fe y su codicia. La mayor parte de los que zarparon con él no volvieron a ver Inglaterra, y entre ellos había hombres honrados o inocentes, incluso las dos cosas.
– Parece una historia tremenda -dije-, pero como conozco al terrateniente Trelawney bastante bien, seguramente él pensará que fue un precio bajo para tal fortuna. Era de ésos.
– Desgraciadamente, tiene usted razón. No tenía muchos escrúpulos. ¡Pero que Livesey se dedicara a la trata de esclavos…! A pesar de todo, era médico.
– A mí no me extraña. ¿Iban a ser los cirujanos de campaña mejores personas sólo porque a veces logran salvar una vida, la que fuera, y sólo a veces, además? Sin los cirujanos de campaña, el comercio de esclavos sería una auténtica ruina.
– Parece que esta cuestión le llega al corazón.
– Yo también he navegado. Ya sabe usted lo que pasa con los lobos de mar. Nunca han confiado mucho en los médicos. Les llaman los veletas del capitán, si me permite la expresión.
– Ya lo sé -dijo Snelgrave con seriedad-. Por eso yo dejo que mis cirujanos duerman cerca del mástil. No quiero que se corra el rumor de que me rodeo de delatores.
– Dígame: este John Silver, ¿qué se hizo de él?
Miré a Snelgrave directamente a los ojos, pero no apartó la mirada, ni tampoco se fijó especialmente en mi pierna cortada.
– Sobre él se dicen las historias más inverosímiles: que vive a cuerpo de rey en una isla de las Antillas, con su mujer negra y con el loro de Flint. Se dice que volvió a la isla de Flint en compañía de un joven abogado, Jim Hawkins, que era el grumete de la primera expedición, para llevarse lo que restaba del tesoro. Un tipo que yo conocí personalmente, un marinero borracho que se llamaba Gunn, afirmaba que Silver estaba en Irlanda y vivía con una novia de su juventud a la que nunca había podido olvidar. Un tercero defendía que Silver había cambiado de nombre, lo mismo que una vez hizo Avery, que se había puesto una pata de palo con zapato y vivía camuflado entre nosotros. Un cuarto… En fin, lo dejo aquí. Creo que podría continuar toda la noche.
– No ha sido poco -dije echándome a reír para ocultar mi inquietud.
– No, e incluso se ha puesto por escrito.
– ¿Por escrito?
– Sí, eso es -continuó Snelgrave-. John Silver, y Flint también, que todo hay que decirlo, se hicieron archipiratas. Están en boca de todos, como si no hubieran existido otros piratas. El capitán Johnson se levantaría de la tumba si supiera que los únicos piratas de los que no escribió son los que siguen vivos.
– Sí -dije riéndome de nuevo, pero esta vez de buena gana-, desde luego que lo haría, estoy seguro. ¿Y usted? ¿Qué cree usted de este John Silver?
Snelgrave paseó su mirada por los alrededores.
– Bueno, si tengo que creer algo -dijo-, quisiera pensar que se ha retirado a un lugar como éste.
Hubiera apostado la cabeza, así de claro, a que Snelgrave no lo dijo con intención. Quizá tuviera sus sospechas; de ser así, lo disimulaba tan bien que mi perspicacia no notó nada.