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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Y el cuello, el hoyuelo de su base, y la piel del hombro, tan delicada y fresca y seca… Incapaz de detenerse, casi fuera de sí por el miedo a que ella le contuviese, apartó una mano de su cabeza y desabrochó la larga hilera de botones de la espalda del vestido, deslizó éste por sus brazos sumisos y después le bajó los tirantes de satén. Enterrando la cara entre su cuello y su hombro, apretó las yemas de los dedos sobre su espalda desnuda, y sintió sus pequeños temblores y las duras puntas de sus senos. Bajó la cara en una búqueda ciega y convulsiva de la blanda superficie, con los labios entreabiertos, apretándolos, hasta cerrarlos sobre la carne tensa… El viejo y eterno impulso, su preferencia particular, que nunca fallaba. Era bueno, bueno, bueno, ¡bueeeeeeno! No gritó, pero se estremeció un momento y tragó saliva para desatar un nudo en su garganta.

Soltó el pecho, como un bebé ahito, puso un beso de infinito amor y gratitud en el costado del seno, y permaneció inmóvil, salvo por el jadeo de su respiración. Sintió la boca de ella en sus cabellos y la mano debajo de su camisa, y de pronto pareció volver en sí y abrió los ojos. Se incorporó vivamente, subió los tirantes sobre los brazos de Meggie; después, el vestido, y por último, abrochó hábilmente los botones.

– Deberías casarte conmigo, Meghann -dijo, y su mirada era dulce y sonriente-. No creo que tus hermanos aprobasen lo que acabamos de hacer.

– Sí; creo que es lo mejor -convino ella, bajando los párpados y con un delicioso rubor en sus mejillas.

– Se lo diremos mañana por la mañana.

– ¿Por qué no? Cuanto antes, mejor.

– El domingo próximo te llevaré a Gilly. Veremos al padre Thomas, porque supongo que querrás casarte por la Iglesia, y arreglaremos lo de las amonestaciones y compraremos el anillo de boda.

– Gracias, Luke.

Bueno, esto fue todo. Ella había dado su palabra; no podía desdecirse. Dentro de unas semanas, el tiem po necesario para las amonestaciones, se casaría con Luke O'Neill. Sería… ¡la señora de Luke O'Neill! ¡Qué extraño! ¿Por qué había dicho sí? Porque él me dijo que debía hacerlo, él dijo que debía hacerlo. Pero, ¿por qué? ¿Para librarse él del peligro? ¿Para protegerse él, o para protegerme a mí? Ralph de Bricassart, a veces creo que te odio…

El incidente de! coche había sido sorprendente y turbador. En nada parecido a la primera vez. Tantas sensaciones buenas y terribles… ¡Oh, el contacto de sus manos! Aquel apretón electrizante de su pecho, que enviaba grandes ondas por todo su cuerpo. Y él lo había hecho precisamente en el momento en que su conciencia había echado la cabeza atrás, había avisado a la niña insensata que él le estaba quitando el vestido, que debía gritar, pegarle, echar a correr. Ya no amodorrada ni medio inconsciente por el champaña, por el calor y por el descubrimiento de que los besos eran deliciosos cuando se daban bien, su primer apretón en el pecho la había anonadado, había anulado el sentido común, la conciencia y toda idea de huida. Se había apretado contra el pecho de él, que la había estrechado contra su cuerpo con manos que parecían estrujarla, y ella sólo había sentido el deseo de permanecer así por el resto de sus días, sacudida hasta el fondo de su alma, esperando… Esperando, ¿qué? No lo sabía. En el momento en que él la había apartado, ella no había querido hacerlo, había estado casi a punto de arrojarse sobre éf como una salvaje. Pero esto había fortalecido su decisión de casarse con Luke O'Neill. Por no hablar de que estaba convencida de que lo que él le había hecho era lo que daba origen a los niños.

A nadie sorprendió mucho la noticia, y nadie pensó en oponerse. Lo único que les extrañó fue la rotunda negativa de Meggie a escribir al obispo Ralph para decírselo, su casi histérico rechazamiento de la idea de Bob de invitar al obispo Ralph a Drogheda y de celebrar una boda por todo lo alto. ¡No, no, no! Meggie, que nunca había levantado la voz, ahora les había gritado. Por lo visto, estaba enfadada porque él no había vuelto a visitarles, y sostenía que su casamiento sólo le incumbía a ella y que, si él no se había dignado venir a Drogheda por su gusto, no iba ella a obligarle a hacerlo por una razón que no podría desoír.

Por consiguiente, Fee prometió no decir una palabra de ello en sus cartas; parecía que esto no la preocupaba, y tampoco parecía interesarle la elección de marido hecha por Meggie. El llevar los libros de una explotación tan importante como Drogheda le ocupaba todo su tiempo. Además, no se limitaba a anotar cifras en los libros, sino que redactaba datos que muy bien habrían podido servir a un historiador para describir a la perfección la vida en.una hacienda de ganado lanar. Consignaba escrupulosamente todos los movimientos del ganado, los cambios de las estaciones, el tiempo que hacía cada día e incluso lo que les servía la señora Smith para comer. La anotación en el Diario, correspondiente al domingo, 22 de julio de 1934, rezaba así: Cielo despejado, sin nubes, temperatura al amanecer 34° F. Hoy no hemos oído misa. Bob está en casa; Jack ha ido a Murrimbah con 2 mozos; Hughie, a West Dam, con 1 mozo; Beerbarrel lleva carneros castrados de 3 años de Budgin a Winnemurra. La temperatura ha subido a 85° F, a las 3. Barómetro invariable, 30,6 pulgadas. Viento dirección oeste. Menú de la comida: buey en conserva, patatas hervidas, zanahorias y col, y pastel de ciruelas. Meghann Cleary se casará con el señor Luke O'Neill, ganadero, el sábado 25 de agosto en la iglesia de la Santa Cruz, de Gillanbone. Son las 9 de la noche, temperatura 45° F, luna en cuarto creciente.

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Luke compró a Meggie una sortija de compromiso, modesta pero muy bonita, con dos brillantes de un cuarto de quilate engastados en sendos corazones de platino. Se publicaron las amonestaciones para el sábado 25 de agosto, en la iglesia de la Santa Cruz. La ceremonia iría seguida de un banquete familiar en el «Hotel Imperial», al que, naturalmente, fueron invitados la señora Smith, Minnie y Cat; en cambio, Jims y Patsy se quedarían en Sydney, pues Meggie había declarado enérgicamente que era una tontería obligarles a hacer un viaje de mil kilómetros para asistir a una ceremonia de la que nada comprenderían en realidad. Había recibido sus cartas de felicitación; la de Jims, escrita con largos y desgarbados caracteres infantiles; la de Patsy consistía en tres palabras: «Montañas de suerte.» Desde luego, conocían a Luke, porque habían cabalgado con él en las dehesas de Drogheda durante las vacaciones.

La señora Smith estaba dolida por la insistencia de Meggie en quitarle importancia al asunto; a ella le habría gustado ver a la hija única casarse en Drogheda entre flamear de banderas y tañidos de címbalos, en una fiesta grande. Pero Meggie era tan contraria a la ostentación que incluso se había negado a llevar galas nupciales; se casaría vestida de diario y con un sombrero corriente, que podría emplear después como atuendo de viaje.

– Querida, ya sé adonde vamos a ir para nuestra luna de miel -dijo Luke, dejándose caer en un sillón frente al de ella, el domingo siguiente al día en que habían hecho los planes para su boda.

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