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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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«Luego -murmuró Guiscard Vermuellen-, el abuelo me tomó de la mano y me condujo a la terraza, en la que la abuela Zuleyka echaba de comer a las gaviotas. El abuelo le dijo… dijo…

El viejecillo poco a poco y con gran esfuerzo intentó recordad las palabras que entonces, hacía ochenta y cinco años, el rey Esterad Thyssen dijera a su esposa, la reina Zuleyka, en una terraza del Palacio de Ensenada que dominaba el Gran Canal.

– ¿Sabes, mi queridísima esposa, que he visto todavía otra sabiduría de entre las del profeta Lebioda? ¿Una que me da todavía una ventaja más de haber regalado mis gatos a Redania? Los gatos, Zuleyka mía, vuelven a casa. Los gatos siempre vuelven a casa. Y cuando mis gatos vuelvan, cuando traigan su sueldo, su botín, sus riquezas… ¡les pondré impuestos a los gatos!

Cuando el rey Esterad Thyssen habló por vez última con Dijkstra, esto tuvo lugar a solas, incluso sin Zuleyka. Ciertamente, en el suelo de la gigantesca sala de baile jugaba un muchacho de unos diez años, pero éste no contaba, y aparte de ello estaba tan ocupado con sus soldaditos de plomo que no prestaba ninguna atención a los que hablaban.

– Ése es Guiscard -aclaró Esterad, señalando al muchacho con un movimiento de cabeza-. Mi nieto, hijo de mi Gaudemunda y de ese granuja, el conde Vermuellen. Pero este pequeño, Guiscard, es la única esperanza de Kovir si a Tancredo Thyssen le sucediera… Si algo le pasara a Tancredo…

Dijkstra conocía el problema de Kovir. Y especialmente el problema de Esterad. Sabía que a Tancredo ya le había pasado algo. El muchacho, si acaso tuviera redaños para ser rey, como mucho tendría para uno malo.

– Tu asunto -dijo Esterad- en el fondo está ya resuelto. Puedes comenzar ya a considerar las formas más efectivas de uso del millón de bisantos que dentro de poco llegará al tesoro de Tretogor.

Se inclinó y a hurtadillas tomó uno de los soldaditos de plomo, chillonamente pintados, de Guiscard, un soldado de a caballo con una lanza alzada.

– Toma esto y guárdalo bien. El que te muestre otro soldado como éste, idéntico, será mi enviado, aunque no lo parezca, aunque no puedas dar crédito a que es uno de mis hombres y conoce el asunto de nuestro millón. Toda otra persona será un provocador y habrás de tratarlo como a un provocador.

– Redania -Dijkstra hizo una reverencia- no olvidará esto, vuestra majestad. Yo, por mi parte, en mi propio nombre, quiero aseguraros mi gratitud personal.

– No asegures y trae acá esos mil con los que planeabas conseguir la benevolencia de mi ministro. ¿Qué pasa, que la benevolencia de un rey no se merece un soborno?

– Vuestra majestad se rebaja…

– Se rebaja, se rebaja. Trae acá el dinero, Dijkstra. Tener mil y no tener mil…

– … sumado dan dos mil. Lo sé.

En un ala lejana de Ensenada, en una habitación de alturas mucho menores, la hechicera Sheala de Tancarville escuchaba con atención la relación de la reina Zuleyka.

– Perfecto -inclinó la cabeza-. Perfecto, vuestra majestad.

– Lo hice todo tal y como me recomendasteis, doña Sheala.

– Gracias por ello. Y os aseguro otra vez que actuamos por una causa justa. Por el bien del país. Y de la dinastía.

La reina Zuleyka carraspeó, su voz se transformó ligeramente.

– ¿Y… y Tancredo, doña Sheala?

– Di mi palabra -dijo fría Sheala de Tancarville-. Di mi palabra de que a vuestra ayuda respondería con mi ayuda. Vuestra majestad puede dormir tranquila.

– Me gustaría mucho -suspiró Zuleyka-. Mucho. Y ya que hablamos de sueños… El rey comienza a sospechar algo. Esos sueños le sorprenden, y cuando algo le sorprende al rey, comienza a sospechar…

– Entonces dejaré de inspirarle sueños al rey por un tiempo -prometió la hechicera-. Volvamos al sueño de la reina, repito, debe ser muy tranquilo. El príncipe Tancredo se separará de las malas compañías. No irá más al castillo del barón Surcratasse. Ni a casa de la señora de Lisemore. Ni a la de la embajadora redana.

– ¿No volverá a visitar a estas personas? ¿Nunca?

– Las personas mencionadas -en los oscuros ojos de Sheala de Tancarville se encendió un brillo extraño- no se atreverán nunca más a invitar ni a embaucar al príncipe Tancredo. No se atreverán ya nunca. Serán conscientes de las consecuencias. Garantizo mis palabras. Garantizo también que el príncipe Tancredo volverá a estudiar y será un estudiante aplicado, un joven serio y equilibrado. Dejará también de perseguir faldas. Perderá la pasión… hasta el momento en que le presentemos a Ciri, princesa de Cintra.

– Ah, si pudiera creer en ello. -Zuleyka dejó caer las manos, alzó los ojos-. ¡Si pudiera creerlo!

– A veces es difícil creer en el poder de la magia, vuestra majestad. -Sheala sonrió, inesperadamente hasta para ella misma-. Y así ha de ser.

Filippa Eilhart se colocó los tirantes finitos como telas de araña de su camisón traslúcido, se limpió del escote unas huellas de carmín. Una mujer tan inteligente y no sabe mantener las hormonas en su sitio.

– ¿Podemos hablar?

Filippa se rodeó de una esfera de discreción.

– Ahora sí.

– En Kovir todo arreglado. Positivamente.

– Gracias. ¿Ya se ha ido Dijkstra?

– Todavía no.

– ¿Y a qué espera?

– Mantiene una larga conversación con Esterad Thyssen. -Sheala de Tancarville frunció los labios-. Se han caído bien el rey y el espía.

– ¿Sabes ese chiste sobre el tiempo aquí, Dijkstra? Lo de que en Kovir sólo hay dos estaciones del año…

– Invierno y agosto. Lo sé…

– ¿Y sabes cómo reconocer que ya ha empezado el verano en Kovir?

– No. ¿Cómo?

– La lluvia se hace algo más cálida.

– Ja, ja.

– Bromas son bromas -dijo serio Esterad Thyssen-, pero estos inviernos que cada vez empiezan antes y se hacen más largos me intranquilizan un poco. Esto fue profetizado. ¿Has leído, imagino, las profecías de Itlina? Allí dice que se acercan decenas de años de interminable invierno. Algunos afirman que se trata de alguna alegoría, pero yo albergo ciertos temores. En Kovir tuvimos una vez cuatro años de invierno, mal tiempo y malas cosechas. Si no hubiera sido por una enorme importación de comestibles desde Nilfgaard, la gente hubiera comenzado a morir de hambre en masa. ¿Te lo imaginas?

– Hablando francamente, no.

– Y yo sí. Un enfriamiento del clima puede hacernos pasar hambre a todos. Y el hambre es un enemigo con el que es malditamente difícil luchar.

El espía afirmó con la cabeza, pensativo.

– ¿Dijkstra?

– ¿Qué, vuestra majestad?

– ¿Tenéis ya tranquilidad en el interior del país?

– No mucha. Pero lo intento.

– Lo sé, se habla mucho de ello. De los traidores de Thanedd, sólo ha quedado vivo Vilgefortz.

– Después de la muerte de Yennefer sí. ¿Sabéis, rey, que Yennefer resultó muerta? Murió el último día de agosto, en unas circunstancias enigmáticas, en el famoso Abismo de Sedna, entre las islas Skellige y el cabo de Peixe de Mar.

– Yennefer de Vengerberg -dijo Esterad muy despacio- no era una traidora. No era una aliada de Vilgefortz. Si quieres, puedo aportarte las pruebas.

– No quiero -respondió al cabo de un instante Dijkstra-. O puede que quiera, pero no ahora. Ahora me es más cómoda como traidora.

– Comprendo. No confíes en los hechiceros, Dijkstra. En Filippa, sobre todo.

– Nunca he confiado en ella. Pero tenemos que colaborar. Sin nosotros Redania se hundiría en el caos y desaparecería.

– Eso es verdad. Pero si me permites un consejo, afloja un poco. Sabes de qué hablo. Cadalsos y cámaras de tortura por todo el país, crueldades contra los elfos… Y ese horrible fuerte, Drakenborg. Sé que lo haces por patriotismo. Pero te construyes a ti mismo una leyenda de malvado. En esa leyenda eres un hombre lobo sediento de sangre inocente.

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