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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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– ¡Huid! -grité-. ¡La banda de Taylor está aquí para liberar a los prisioneros!

Se armó una algazara y fue fácil dejarme llevar por la corriente, pasar el río y acabar en el Angel Pub. Y ¿qué fue lo que vi desde allí, con un vaso en la mano? El señor Defoe estaba rodeado de policías, como si fuera el mismísimo Taylor. Defoe, supuse, no había pensado en salir por piernas. Bueno, pues a pesar de todo fue lo más justo. No me hizo caso cuando yo empecé a graznar, y ahora tiene que pagar por todo aquello. Por un momento, hasta que pudo explicarse, comprendió lo que se siente al ser detenido como enemigo de la humanidad, e incluso quizás entendió por fin que, en honor a la verdad, la berlina no era nada comparada con la horca.

Por lo demás, la multitud se había dispersado; los hombres de Taylor se habían perdido de vista. Lo que conseguí con todo esto fue que Thomas Roberts, John Cane y William Davison murieran en paz, bendita sea su memoria, porque cuando al final se estiró el lazo, sólo estaba Daniel Defoe mirando, cabizbajo y aterrado ante la muerte.

– Hands -le dije yo a aquél-, esto no es vida. Me voy a ir en el primer barco que vuelva a las Antillas y buscaré la felicidad con un capitán competente. ¿Se viene?

Su cara resplandeció como un sol, a su manera, y me invitó a un vaso de su mejor ron, que sabía a diablos.

Así fue, señor Defoe, como lo dejé a usted en Londres, un agujero pestilente, si quiere que le diga la verdad, y me largué en compañía de Israel Hands, herido en la pierna por Barbanegra y por fin trasladado de esta tierra para siempre y sin que el jovenzuelo Jim Hawkins lo echara de menos.

Allí lo dejé convencido de que sería para siempre, aunque usted, por insólitos caminos, consiguiera hacerme llegar una obra sobre los piratas, un libro firmado y dedicado: «A Long John Silver, con el deseo de que disfrute de una larga vida.» Mantuvo su promesa de que yo no figurase en el libro con mi nombre y se lo agradezco. Pero naturalmente descubrí, para mi satisfacción, que no pudo dejar de sacarme aunque fuera en un rincón, con motivo de la escena entre England, Taylor y Mackra. «Un hombre -escribía usted-, con unas patillas crecidas a lo salvaje, pata de palo y cargado de pistolas, salió a cubierta jurando y maldiciendo, y gritó llamando al capitán Mackra…» Así escribió y así pase, porque apenas dijo la verdad, teniendo en cuenta que yo nunca he gastado pata de palo. Esto si se ha de decir la verdad, como era la intención.

Así pues, lo dejo aquí de nuevo, Defoe, y esta vez creo que para siempre. Lo que queda de mi vida no es para sus oídos. Usted tenía dificultad para escribir sobre la crueldad de los piratas, sobre la sangre y sobre la muerte. El tiempo que pasé con Flint, supongo que lo habrá entendido, contenía bastante de todo eso, y el diablo sabrá si tengo ganas de explicarlo con detalle o si ni siquiera tengo ánimos para ello. Yo no conté, al contrario que usted, cuánta gente matamos, cuántos barcos apresamos y hundimos, a cuántos botines echamos el guante, cuántas millas recorrimos navegando.

No creo que nos encontremos en el cielo, ni siquiera si existiera. De todas maneras usted me hizo compañía durante un tiempo, en mi mayor soledad, cuando yo necesitaba a alguien con quien hablar. Se lo agradezco, aunque de todas formas usted no pudo elegir. Pero siempre es necesario tener a alguien con quien hablar.

Capítulo 31

Los días transcurren sin que me dé cuenta, unos iguales que otros. Me despierto, me levanto, desayuno, recuerdo y escribo, ceno, me duermo de nuevo y sueño. Me despierto, escribo, estiro las piernas, digo algunas palabras si hay alguien a mi alrededor, cosa poco frecuente, escribo, ceno. Anochece, contemplo la oscuridad, no veo nada, oigo ruidos, recuerdo de nuevo una cara que no sabía que había existido en mi vida; un tono de voz, no sé de quién; o el olor de la tierra al amanecer, pero de dónde; un machete, el mío, que abre un tajo en algún pecho, y el grito que le sigue; o un pirata sin nombre, no soy yo, que se ahoga en su propio vómito de ron con los bolsillos llenos de monedas de oro; u otro, yo mismo, que patalea cuando el lazo se le ciñe alrededor del cuello. Pero no, no puede ser un recuerdo, como mucho un temor, porque yo sigo vivo, aunque a veces llego a dudar de ello. Es sólo uno de esos monstruos con los que me castiga mi pensamiento; sigo mirando la oscuridad, llamo a alguien para espantar el silencio y olvidar el miedo y mis recuerdos, pero casi nunca hay nadie tan cerca que me llegue a oír. Me maldigo por haberlos dejado libres, mis indígenas, que no son míos. Incluso un esclavo debería saber llenar el silencio. De todas formas el tiempo pasa, me duermo, sueño como si estuviera despierto, despunta un nuevo día, pero ¿cómo sé yo que no era el que amaneció ayer o anteayer?

Por primera vez en mucho tiempo, creía yo, vino Jack. Se sorprendió de mi alegría, pero yo estaba realmente contento de verlo.

Necesitaba sentir que había alguien más que yo en este mundo; alguien que no fuera sólo un eco en mi mente.

– ¿Dónde te has metido últimamente? -le pregunté.

Me miró sin comprender.

– Sí, metido -expliqué-; en otras palabras, ¿dónde paras?

– Sí, ya entiendo el idioma -dijo Jack-. He estado por aquí.

– ¿Por aquí? -repetí yo, inquieto.

– Sí, ¿dónde si no?

– He estado llamando… -empecé a decir, pero me interrumpí.

¿Me había imaginado que había llamado a Jack o a cualquier otro? ¿Lo había soñado?

– A veces no estoy -dijo Jack-. Voy a buscar comida para la despensa.

Sí, estaba claro, me dije: tenemos que comer para vivir, queramos o no. Quizá lo había llamado justamente cuando estaba fuera buscando provisiones frescas o llenando la despensa. También pensé que se cuidaba de los víveres él solo, y que ni siquiera me preguntaba lo que necesitábamos, o cómo lo íbamos a pagar. ¿Era justo que se ocupara de mí sólo porque me llamara John Silver?

– Espero que los demás te echen una mano -dije-. Habría colaborado, pero ya sabes cómo están las cosas. No es fácil para un tipo como yo andar correteando por el monte cazando jabatos.

Naturalmente, aquello era mentira. Por lo que yo recordaba, tener una sola pierna nunca me había impedido hacer lo que hiciera falta. A pesar de todo, era una buena excusa.

– Ya lo sé -dijo Jack.

– ¿Sabes qué?

– Que te haces viejo, como todos.

– Viejo y chocho. Ya no sirvo para gran cosa, ¿verdad?

– No -contestó Jack, que era un alma sincera.

– Y entonces ¿por qué te quedas aquí? -pregunté-. Eres libre de ir adonde quieras. ¿Por qué no te vuelves con tu tribu, como los demás? Á mí no me debes nada. No compré tu libertad para que me cuidaras.

– Ya lo sé.

– Pues entonces…

– Mi tribu se las arregla sin mí.

– ¿Qué diablos quieres decir con eso? ¿Es que no me las arreglaría yo solo? No he hecho otra cosa en toda mi vida. Maldita sea, aún puedo ir saltando por ahí con mi única pierna.

– No es la pierna -contestó Jack-. Es la cabeza.

Señaló mis papeles.

– ¿Y qué diablos te importa a ti?

– Espero.

– ¿A qué? Lo digo si es que puedo preguntar, claro.

– A que acabes.

– ¿Has venido para decirme eso? ¿Que estoy loco porque me dedico a escribir? ¿Que me tendría que dedicar a otra cosa? ¿Acaso te he pedido consejo? Si eso es lo único que querías, ya te puedes largar con viento fresco. ¡Tan verdad como que me llamo Silver!

– No -contestó Jack tranquilamente-, he venido por otra cosa. Un barco está entrando en la bahía.

– ¿Un barco? -dije cambiando de golpe el pensamiento.

– Sí. ¿Les damos una lección para el resto de sus días? ¿No es eso lo que normalmente te gusta hacer? Cuando anclen estarán a tiro -añadió.

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