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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Pero nada iba bien. Si no lo obligaba, Richard moriría. Ella era la única que podía salvarlo. Aunque eso la matara a ella.

— No me pegues más —susurró Richard—. Te lo suplico, Denna… No.

Kahlan se tragó el lamento que pugnaba por escapársele de la garganta y se obligó a hablar.

— Mírame. —Richard obedeció—. No te lo pienso repetir más, Richard. Si me quieres, aceptarás la oferta y te pondrás el collar. Si no, lamentarás haberme desobedecido, te lo juro. Acepta o todo habrá acabado entre nosotros. Todo. —Los ojos de Richard vacilaron. Kahlan apretó los dientes y prosiguió—: No te lo pienso repetir más, cielito. Ponte el collar. ¡Vamos!

Kahlan sabía que Denna solía llamarlo «cielito». Ella misma se lo había dicho, junto con todo lo demás, por lo que sabía el efecto que causaría en el joven ese apelativo. Había confiado no tener que usarlo. En ese instante, Richard perdió el último vestigio de cordura que le quedaba. Lo vio en sus ojos; vio lo que temía más que la propia muerte.

Traición.

Kahlan le soltó el mechón de pelo mientras él, de rodillas, se volvió hacia la hermana Verna. Ésta alzó ligeramente el collar y se lo tendió. A la fría luz, éste tenía un aspecto apagado, gris, muerto. Richard lo miró fijamente. Los copos de nieve seguían cayendo lentamente en la queda y discreta luz. La hermana Verna lo miraba con cara inexpresiva.

— Muy bien —susurró el joven. Con mano temblorosa fue a asir el collar. Sus dedos lo tocaron, se cerraron alrededor de él—. Acepto la oferta. Acepto el collar.

— En ese caso, póntelo al cuello y ciérralo —le ordenó la hermana Verna, con voz suave.

— Haría cualquier cosa por ti —dijo Richard a Kahlan en un susurro.

Kahlan sintió deseos de morir.

Las manos de Richard temblaban de tal modo que creyó que el collar se le caería. Lo sostuvo mientras lo miraba fijamente.

Cuando las manos dejaron de temblarle, inspiró hondo y se lo colocó alrededor del cuello. El collar se cerró con un chasquido, y la juntura desapareció, dejando sólo un anillo de metal perfectamente liso.

La sala quedó en penumbra, aunque aún era de día. Un profundo y ominoso trueno retumbó por la pradera en todas direcciones. No sonaba como ningún trueno que Kahlan hubiera oído antes. Lo sentía en el suelo que pisaban sus pies. Tal vez tenía algo que ver con la magia del collar.

Pero, al mirar a la hermana Verna y ver su expresión, supo que no tenía nada que ver con las Hermanas.

Richard se puso lentamente en pie, ante la Hermana.

— Hermana Verna, creo que descubrirás que sostener la correa de este collar es peor que llevarlo. Mucho peor —dijo, apretando los dientes.

— Sólo pretendemos ayudarte, Richard —repuso la Hermana, muy calmada.

— No creo en las palabras. Tendréis que demostrarlo.

Asustada, Kahlan recordó entonces que no había oído la tercera razón de la Hermana.

— ¿Y la tercera razón? ¿Cuál es la tercera razón para ponerse el collar? —preguntó.

Richard le lanzó una iracunda mirada que ni siquiera su padre habría podido igualar. Por un momento, Kahlan se olvidó de respirar.

— La primera razón es quitar los dolores de cabeza y abrir mi mente para que pueda aprender a usar el don. La segunda razón es para controlarme. —Richard alzó una mano y agarró a Kahlan por la garganta. Su mirada pareció atravesarla—. Y la tercera razón es causarme dolor.

— ¡No! ¡Por todos los espíritus bondadosos, no!

Richard la soltó. Su expresión se tornó relajada, perdida.

— Espero que te haya demostrado que te amo, Kahlan. Espero que ahora me creas. Te lo he dado todo; espero que baste. Ya no tengo nada más que ofrecerte. Nada.

— Sí lo tienes. Más de lo que puedas llegar a imaginarte. Te quiero más que a nada en el mundo, Richard.

La mujer alargó una mano para acariciarle una mejilla, pero el joven apartó la mano. Sus ojos lo decían todo: Kahlan lo había traicionado.

— ¿De veras? Ojalá pudiera creerte —dijo Richard, rehuyendo su mirada.

Kahlan trató de tragar el doloroso y ardiente nudo que se le había formado en la garganta.

— Prometiste que nunca dudarías de mi amor.

— Es cierto. Lo prometí.

Si hubiese podido descargar su poder contra ella misma, lo habría hecho.

— Richard… sé que ahora no lo entiendes, pero he hecho lo que he hecho sólo para que sigas vivo, para evitar que los dolores de cabeza, el don, te maten. Espero que algún día lo entiendas. Yo te esperaré siempre. Te quiero con todo mi corazón.

Richard asintió deshecho en lágrimas.

— Si es cierto lo que dices, ve en busca de Zedd. Dile lo que has hecho. Díselo.

— Richard, coge tus cosas y espera fuera con los caballos —ordenó la hermana Verna.

Richard la miró y asintió. Anduvo hasta la esquina más alejada de la sala y recogió su capa, el arco y la mochila. De dentro sacó las tres correas de cuero; la que tenía el silbato del Hombre Pájaro, la del colmillo de Escarlata y la del agiel de Denna. Kahlan miró cómo se las colgaba al cuello deseando tener algo para darle. Frenéticamente buscó en su mente qué podría darle.

— Espera —dijo cuando el joven pasó junto a ella. Le puso una mano en el brazo para detenerlo, empuñó el cuchillo que llevaba al cinto y se cortó un largo mechón de cabello. Ni siquiera pensó en qué hacía, en lo que ocurría cuando las Confesoras se cortaban ellas mismas el pelo.

Lanzando un grito de dolor se desplomó. Una abrasadora oleada de magia recorrió todo su cuerpo, quemando todos los nervios a su paso. Kahlan tuvo que luchar para no perder el sentido y controlar el dolor mientras respiraba a bocanadas.

Tenía que seguir consciente, o Richard podría marcharse antes de darle el mechón de cabello. Con sólo este pensamiento en la cabeza, se puso en pie a duras penas. Finalmente, el dolor empezaba a ceder.

Aún jadeando, Kahlan se arrancó una pequeña cinta azul de la cintura del vestido, la cortó, enrolló el largo mechón de pelo entre dos dedos y lo ató por el centro con la cinta. Bajo la mirada de Richard volvió a guardar el cuchillo en su funda y le metió el mechón en el bolsillo de la camisa.

— Para que no olvides nunca que mi corazón está contigo… que te quiero.

Richard la contempló largo rato, sin expresión alguna.

— Busca a Zedd —fue todo lo que dijo antes de dar media vuelta y salir por la puerta.

Una vez que se hubo ido, Kahlan se quedó mirando la puerta. Se sentía vacía, perdida, yerta.

La hermana Verna se puso a su lado para contemplar juntas la puerta.

— Creo que acabo de presenciar el acto más valiente de toda mi vida —dijo suavemente—. La gente de la Tierra Central es afortunada de tenerte a ti como su Madre Confesora.

— Piensa que lo he traicionado —dijo Kahlan, sin apartar los ojos de la puerta—. Está convencido de que lo he traicionado —insistió, mirando a la Hermana con los ojos anegados de lágrimas.

La Hermana escrutó su faz unos minutos.

— No lo has hecho. Te prometo que, un día, le ayudaré a comprender lo que has hecho hoy por él.

— Por favor, no le hagas daño —imploró Kahlan.

La hermana Verna unió las manos al frente e inspiró hondo.

— Tú acabas de hacerle daño para salvarle la vida. Pero te prometo que me ocuparé de él en persona y que me aseguraré de que sólo sufre lo imprescindible. Te prometo que no permitiré que sufra ni una pizca más de lo necesario. Te doy mi palabra como Hermana de la Luz.

— Gracias. —Kahlan contempló el estilete que la Hermana empuñaba. Ésta se lo guardó de nuevo en la manga—. Lo habrías matado. Si hubiera dicho que no por tercera vez, lo habrías matado.

— Cierto. Si hubiese dicho que no, el dolor y la locura del final hubiesen sido grotescos. Se lo hubiera ahorrado. Pero ahora eso ya no tiene importancia. Tú le has salvado la vida. Gracias, Madre Confesora… Kahlan.

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