La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Siempre —le prometió, risueño.
Kahlan apoyó las muñecas en sus hombros, a ambos lados de su fuerte cuello, y entrelazó los dedos por detrás de su cabeza.
— Voy a despertar a Nissel y a pedirle que se dé prisa en curarte. Por favor, Richard, no pierdas tiempo. Llama a Escarlata rápidamente, tan rápidamente como puedas. Quiero irme de aquí. Quiero marcharme antes de que la hermana Verna se acerque siquiera un poco. Aunque se supone que aún tardará algunos días, no quiero correr riesgo alguno. Quiero que nos vayamos los dos de aquí, lejos de las Hermanas de la Luz. Quiero que nos reunamos con Zedd para que te ayude con los dolores de cabeza antes de que empeoren.
Richard le dirigió una traviesa sonrisa torcida.
— ¿Y qué me dices de esa gran cama tuya en Aydindril? ¿No tienes prisa en llegar hasta ella?
Con suavidad, Kahlan le aplastó la nariz con un dedo.
— Nunca he compartido esa cama con nadie. Espero no decepcionarte.
El joven la cogió por la cintura con sus fuertes manos y la atrajo hacia sí hasta hacerla gruñir. Entonces le apartó el pelo de la nuca y le dio un dulce beso, justo donde se habían posado los labios de Rahl el Oscuro.
— ¿Decepcionarme? Amor mío, ésa es la única cosa en el mundo que no podrás hacer nunca—. Le dio otro cosquilleante beso en la nuca y añadió—: Vamos, ve a despertar a Nissel. Estamos perdiendo tiempo.
Kahlan tiró de la tela hacia arriba, tratando de estirarla al máximo.
— Nunca había llevado un vestido tan escotado. ¿No te parece que enseño demasiado?
Weselan la miró desde el suelo, ocupada con el dobladillo del vestido azul. Mientras se levantaba para evaluar cómo le sentaba el vestido, se quitó de la boca la delgada aguja de hueso. Se fijó en el escote e inquirió, a su vez:
— ¿Crees que no le gustará?
— Bueno, creo que sí. Eso espero, pero… —Kahlan se sonrojó.
— Si te molesta que vea demasiado, tal vez deberías reconsiderar casarte con él —le aconsejó Weselan, en tono de confidencia.
— Es que él no será el único que estará mirando. Nunca había llevado nada igual. Me preocupa… no hacer justicia al vestido.
Weselan sonrió y le dio unos golpecitos en el brazo.
— Te sienta como un guante. Estás muy hermosa. Es perfecto para ti.
Kahlan se miró, no aún del todo convencida.
— ¿De veras? ¿Estás segura? ¿Me sienta bien de verdad?
— En serio. Tienes unos pechos muy bonitos. Todo el mundo lo comenta —dijo la mujer barro, con una amplia sonrisa.
Kahlan se sonrojó. No dudaba de la veracidad de ese comentario pronunciado en tono despreocupado. Entre la gente barro comentar en público que una mujer tenía hermosos pechos era tan normal como decirle a una mujer en otro sitio que tenía una sonrisa agradable. No era la primera vez que la actitud desinhibida de la gente barro la azoraba.
— Nunca he llevado un vestido tan hermoso, Weselan —la elogió mientras se estiraba la falda hacia los lados—. Gracias por todo tu esfuerzo. Lo guardaré como un tesoro.
— Tal vez un día, si tienes una hija, se lo pondrá cuando se case.
Kahlan sonrió y asintió con la cabeza. «Por favor, espíritus —estaba pensando—. Si tenemos un hijo, que sea una niña y no un niño.» Mientras rezaba en silencio, se llevó una mano al fino colgante y dio vueltas con los dedos al pequeño hueso redondo colocado entre cuentas rojas y amarillas.
Adie, la mujer de los huesos, se lo había regalado para que la protegiera de las bestias que habitaban el paso del Límite que antes separaba la Tierra Occidental de la Tierra Central. La anciana hechicera le había dicho que, un día, protegería también al fruto de su vientre.
A Kahlan le encantaba ese colgante. Era idéntico al que su madre había recibido de Adie y después había pasado a Kahlan. Ésta lo había enterrado junto a su más querida amiga de infancia, Dennee. Desde la muerte de Dennee, Kahlan echaba mucho de menos el colgante de su madre.
Éste era aún más especial porque la noche antes de cruzar el paso Richard había jurado sobre él que, si Kahlan tenía algún día un hijo, él lo protegería. Entonces, ninguno de ellos sospechaba que fuese posible que ese hijo fuese compartido.
— Así lo espero. Weselan, ¿querrás ser mi dama de honor?
— ¿Tu qué?
Con timidez, Kahlan se cubrió parte del escote con el cabello.
— Allí de donde yo vengo existe la costumbre de que una amiga esté a tu lado cuando te casas. Es el símbolo de que los buenos espíritus velarán por esa unión. Richard desea que Savidlin sea su padrino, y yo quisiera que tú fueras mi dama de honor.
— Me parece una costumbre muy extraña. Los buenos espíritus siempre velan por nosotros. Pero, si es vuestra costumbre, me sentiré honrada de estar a tu lado.
— Muchas gracias —dijo Kahlan, con una sonrisa radiante.
— Ahora ponte muy derecha. Casi he acabado.
Weselan se inclinó de nuevo para acabar el dobladillo. Kahlan trató de mantenerse con la espalda muy derecha, pero le dolía por haberse pasado casi toda la noche sentada en el suelo junto a Richard. Ojalá pudiera sentarse o echarse un rato; estaba tan cansada… Pero, sobre todo, le dolía tanto la espalda.
De repente se le ocurrió pensar en lo mucho que debería de estar sufriendo en esos momentos Denna.
Kahlan se dijo que no le importaba. Que cualquier cosa que le pasara la tenía merecida por todo el daño que había hecho a Richard. Al recordar todo lo que le había contado, el estómago se le revolvía. Aún sentía el lugar en el que Rahl el Oscuro había posados sus labios. Al pensar en ese beso sintió un escalofrío que le recorría la columna vertebral.
Entonces recordó el rostro de Denna convertido en una máscara de agonía en el instante antes de desaparecer. No le importaba; se lo tenía bien merecido.
Pero podría haber sido Richard. Sin el sacrificio de Denna, podría haber sido Richard.
— No tengas miedo, Kahlan.
— ¿Qué? —Kahlan regresó a la realidad. Weselan, de pie frente a ella, le sonreía—. Lo siento. ¿Qué has dicho?
Weselan secó una lágrima de la mejilla de Kahlan.
— He dicho que no debes tener miedo. Richard es un buen hombre, y serás muy feliz con él. Es natural que tengas miedo de casarte, pero no te preocupes. Saldrá bien, ya lo verás. Yo también lloré antes de casarme con Savidlin. Aunque lo amaba y deseaba casarme con él, de pronto me eché a llorar, como tú. —La mujer barro le guiñó un ojo—. Nunca más he tenido motivos para llorar. A veces tengo razones para quejarme, pero nunca para llorar.
Kahlan se secó la otra mejilla. ¿Qué le pasaba? ¿Qué más le daba a ella lo que pudiera ocurrirle a Denna? Nada de nada.
— Ése es uno de mis grandes deseos en la vida: no tener motivos para llorar nunca más —dijo a Weselan, esforzándose por sonreír.
La mujer barro la consoló con un abrazo.
— ¿Te gustaría comer algo?
— No, no tengo…
Savidlin abrió la puerta de golpe. Jadeaba y sudaba. Al ver la expresión de su cara, Kahlan se quedó helada y empezó a temblar antes incluso de que hablara.
— Cuando Nissel acabó de curar a Richard, lo acompañé a la casa de los espíritus, como tú me dijiste que hiciera, para que llamara al dragón. La Hermana de la Luz estaba allí, esperándolo. Ahora están juntos. No entendí qué dijo, sólo tu nombre, pero comprendí qué quería. Quería que viniera a buscarte. Vamos, deprisa.