La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— El Innombrable siempre trata de ganar adeptos. Aunque está aislado por el velo, sus tentáculos pueden llegar hasta nuestro mundo y puede hacernos daño. Es muy peligroso. El lado oscuro siempre es peligroso. Cuando personas ignorantes flirtean con el lado oscuro se exponen al peligro de llamar la atención del Innombrable o de uno de sus secuaces. Es posible que realmente te tocara, que te quemara uno de sus perversos servidores. Existen cosas muy peligrosas, pero la gente es demasiado estúpida para rehuirlas. A veces, esas cosas pueden matar.
»Ése es uno de nuestros trabajos —prosiguió, con voz más animada—: intentar enseñar a quienes aún no han visto la luz del Creador el camino de la Luz para que se aparten de las cosas oscuras y peligrosas.
A Richard no se le ocurría nada que pudiera refutar la versión de lo sucedido de la Hermana. Sus palabras tenían sentido. Si tenía razón, eso significaría que Kahlan no estaba realmente en peligro, que podía considerarse a salvo. Deseaba tanto creer eso. Lo deseaba con desesperación, pero…
— Admito que podrías tener razón, pero sigo sin estar convencido. Hay cosas que no puedo expresar con palabras.
— Lo entiendo, Richard. Resulta duro admitir que nos hemos equivocado. A nadie le gusta admitir que lo han engañado o que ha hecho el ridículo, pues eso duele. Una parte importante de crecer y aprender es ser capaces de defender la verdad ante todo, aunque signifique admitir que hemos albergado ideas estúpidas.
»Por favor, Richard, créeme, no creo que seas ningún estúpido por haber creído eso. Tu miedo es totalmente comprensible. Lo que distingue al sabio es que busca la verdad y admite que siempre puede aprender más de lo que ya sabe.
— Pero todo está relacionado y…
— ¿Tú crees? Una persona sabia no engarza las cuentas de unos hechos que no guardan relación alguna para formar una gargantilla con ellas sólo porque desea que estén conectados. Una persona sabia ve la verdad aunque a veces ésta sea inesperada. La gargantilla de la verdad es la más hermosa que podemos llegar a llevar.
— La verdad —masculló Richard para sí. Él era el Buscador de la Verdad, y se suponía que su objetivo era justamente perseguir la verdad. Estaba tejido con alambre de oro en la empuñadura de su espada: la Espada de la Verdad. Pero habían sucedido cosas que no le podía explicar a la Hermana con palabras. ¿Cómo podría hacérselas entender? ¿Acaso se estaba engañando a sí mismo?
Entonces recordó la Primera Norma de un mago: la gente estaba dispuesta a creer cualquier cosa, ya fuera porque quería que fuese verdad o porque temía que lo fuera. Ya sabía por experiencia que él no estaba inmunizado contra ello; no estaba inmunizado contra creer en una mentira.
Había creído que Kahlan lo amaba. Había creído que Kahlan jamás haría nada que pudiera hacerle daño. No obstante, lo había apartado de su lado. Richard sintió que se le formaba de nuevo un nudo en la garganta.
— Te estoy diciendo la verdad, Richard. Estoy aquí para ayudarte. —El joven no respondió. No la creía. Como en respuesta a sus pensamientos, la Hermana preguntó—: ¿Y el dolor de cabeza?
La pregunta lo dejó pasmado. No la pregunta en sí, sino la respuesta.
— Pues… ha desaparecido. El dolor de cabeza ha desaparecido por completo.
La hermana Verna sonrió, satisfecha.
— Tal como te prometí, el rada’han te ha quitado el dolor. Sólo queremos ayudarte, Richard.
— También dijiste que el propósito del collar es controlarme —le recordó el joven.
— Así es, para que podamos enseñarte. Es preciso que alguien te controle mientras aprendes. Es para protegerte, Richard.
— Y para hacerme daño. Tú misma dijiste que era para causarme dolor.
La mujer se encogió de hombros y abrió las palmas hacia el cielo, con las riendas entrelazadas en los dedos.
— Acabo de hacerte daño. Te acabo de demostrar que creías algo estúpido. ¿Acaso eso no te ha dolido? ¿No te duele darte cuenta de que estabas equivocado? ¿Pero no es mejor saber la verdad que creer una mentira, aunque duela?
Richard rehuyó la mirada de la Hermana mientras pensaba en la verdad de que Kahlan lo había obligado a ponerse el collar y lo había apartado de su lado. Esa verdad, la verdad de que no era lo suficientemente bueno para ella, le dolía mucho más que cualquier otra cosa.
— Supongo que sí —dijo—. Pero odio llevar este collar. Lo odio.
Estaba harto de tanta charla. El pecho le dolía, y sentía todos los músculos agarrotados. Estaba agotado y echaba de menos a Kahlan. Pero Kahlan lo había obligado a ponerse el collar y lo había mandado lejos. Mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, sintiéndolas como hielo en la piel, dejó que el caballo que montaba y el que iba atado a su silla se quedaran retrasados con respecto al de la Hermana.
Cabalgaba en silencio. Su yegua iba arrancando matas de hierba que masticaba mientras avanzaba lentamente. En general, Richard no permitía que un caballo comiera con el bocado en la boca, pues le impedía masticar correctamente y podría tener un cólico. Más de uno había perdido un buen caballo por culpa de un cólico. Pero, ese día, Richard se limitó a acariciar el cálido cuello del animal y a darle unas palmaditas para tranquilizarlo.
Era agradable tener compañía que no le dijera que era un estúpido, que no lo juzgara ni le exigiera nada. Él jamás haría eso a un caballo. Mejor ser un caballo que una persona: anda, gira, para. Nada más. Mejor ser cualquier cosa que quien era.
Pese a las palabras de la hermana Verna, Richard sabía que no era más que un cautivo. Nada de lo que la Hermana dijera podría cambiar esa verdad.
Si quería recuperar la libertad, tendría que aprender a controlar el don. Tal vez, cuando lo lograra, las Hermanas se darían por satisfechas y lo soltarían. Aunque Kahlan ya no quisiera saber nada de él, al menos sería libre.
Eso era exactamente lo que haría, decidió: aprendería a controlar el don tan deprisa como pudiera, para así poder quitarse el collar y volver a ser libre. Zedd siempre le había dicho que aprendía muy deprisa. Bueno, pues lo aprendería todo. Además, siempre le había gustado aprender, siempre había deseado saber más y más. Nunca tenía bastante. La perspectiva de aprender cosas nuevas lo animó un tanto, pues era algo que le encantaba. Tal vez no sería tan malo estar con las Hermanas. Sabía que podía hacerlo. Además, no le quedaba otro remedio.
Se acordó de cómo Denna lo había entrenado, cómo le había enseñado.
El corazón se le cayó a los pies. Se estaba engañando a sí mismo. Las Hermanas nunca lo dejarían libre. No iba a aprender por el simple gusto de hacerlo ni tampoco lo que deseara aprender, sino que aprendería lo que las Hermanas de la Luz quisieran enseñarle; y esto no necesariamente tenía por qué ser la verdad. Iban a darle lecciones sobre el dolor. No había esperanza para él.
Mientras cabalgaba, no dejaba de darle vueltas a estos sombríos pensamientos. Él era el Buscador, el portador de la muerte.
Cada vez que mataba a alguien con la Espada de la Verdad, sabía que eso era lo que él era. Eso era lo que hacía el Buscador, lo que el Buscador era: el portador de la muerte.
Cuando el cielo empezó a inflamarse con tonalidades rosa, amarillas y doradas, Richard se fijó en unas manchas blancas en la distancia. No era nieve, pues ésta no había cuajado. Además, las manchas se movían. La hermana Verna no comentó nada al respecto; simplemente siguió cabalgando. Por las largas sombras que el sol proyectaba desde atrás, Richard se dio cuenta de que viajaban en dirección este.
Al aproximarse lo suficiente, reconoció las formas blancas que invadían el camino y que se tornaban rosa con los últimos rayos del sol. Era un pequeño rebaño de ovejas. Al pasar entre ellas, vio que los pastores eran bantak por su manera de vestir.
Tres bantak se acercaron a Richard sin hacer caso alguno a la hermana Verna. Farfullaban algo ininteligible, pero sus palabras revelaban algo así como veneración. Los tres se hincaron de rodillas e inclinaron la cabeza, al tiempo que extendían los brazos y apoyaban las manos en el suelo hacia él. Richard puso la yegua al paso y los miró. Los bantak se pusieron de pie y le dirigieron palabras que no pudo entender.