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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— ¡Noooo! —gimió Kahlan al tiempo que salía disparada hacia la casa de los espíritus.

Mientras corría, se levantaba el dobladillo del vestido entre los dedos, para no tropezar con él. Nunca en su vida había corrido tan rápido. Jadeaba mientras recorría a toda prisa los estrechos callejones. La melena ondeaba tras ella. Sentía el gélido aire invernal en la cara. Poco a poco fue dejando atrás el sonido de los pasos de Savidlin, que corría tras ella.

En lo único en que podía pensar era en que debía llegar donde estaba Richard. Eso no podía estar pasando. Era demasiado pronto. La Hermana no debería estar aún allí. Estaban a punto de irse. No era justo. ¡Richard!

Caían grandes copos de nieve, no como para cubrir el suelo con un manto blanco, pero sí los suficientes para anunciar la definitiva llegada del invierno. Los húmedos copos se fundían instantáneamente al contacto con la acalorada piel de la mujer. Algunos se le quedaban prendidos en las pestañas, y Kahlan debía parpadear. Al doblar una esquina se encontró con una ligera brisa que levantaba un blanco remolino. Kahlan lo atravesó como una flecha y siguió corriendo sin descanso.

De pronto se detuvo y miró alrededor; se había equivocado de camino. Tuvo que dar media vuelta y doblar en la otra esquina. Las lágrimas se mezclaban con los copos de nieve fundidos. Era demasiado. No era posible.

Jadeando y desesperada llegó por fin al claro que rodeaba la casa de los espíritus. Los caballos de las Hermanas estaban atados al otro lado del muro corto, el muro al que le faltaba un trozo de cuando Richard había tratado de matar al aullador.

Había gente alrededor, pero Kahlan no vio a nadie. Sólo veía la puerta de la casa de los espíritus. Corrió desesperada hacia ella.

Le parecía que tardaba una eternidad en llegar, como si fuera una pesadilla en la que no podía avanzar. Las piernas le dolían por el esfuerzo. Alargó la mano hacia el tirador. Los latidos del corazón le resonaban en los oídos.

— Por favor, queridos espíritus, que no sea demasiado tarde —suplicó.

Gruñendo con los dientes apretados, abrió la puerta con violencia y entró precipitadamente.

Dentro, se detuvo de golpe y tragó saliva. Richard estaba de pie frente a la Hermana Verna, justo debajo del orificio que había abierto en el techo el rayo de la noche anterior. Un haz de luz grisácea que se colaba por el agujero los iluminaba a ambos, y sobre ellos caían los copos de nieve que flotaban lentamente. En el resto de la sala reinaba la oscuridad. La espada que Richard llevaba al cinto destellaba bajo esa luz. No llevaba al cuello ni el colmillo, ni el silbato ni el agiel; todavía no había tenido tiempo de llamar a Escarlata.

La hermana Verna le tendía el collar con una mano. La mirada de la Hermana se posó brevemente en Kahlan en muda advertencia, antes de volver hacia Richard.

— Has oído las tres razones para ponerte el rada’han. Ésta es tu última oportunidad para recibir ayuda, Richard. ¿Aceptas la oferta?

Richard apartó los ojos de la mirada fija de la Hermana y se volvió despacio hacia Kahlan. Con brillantes ojos grises la miró de arriba abajo, hasta volver a su rostro. Su voz sonó suave, reverente.

— Kahlan… el vestido… es maravilloso. Maravilloso.

Kahlan no encontraba su voz. El corazón le latía desbocado. La hermana Verna pronunció su nombre en tono de seria advertencia.

Por primera vez se dio cuenta de que la hermana Verna sostenía algo en la otra mano; el estilete plateado. Pero no lo apuntaba contra ella misma, sino contra Richard. Entonces lo supo: si Richard no aceptaba, iba a matarlo. Pero Richard ni siquiera parecía haber reparado en ese puñal, que destellaba a la tenue luz de la casa de los espíritus. Kahlan se preguntó si la Hermana habría usado un encantamiento para que no lo viera.

— Lo has hecho lo mejor que has podido —dijo Richard a la Hermana—. Lo has intentado por todos los medios, pero no es suficiente. Te lo repito una vez más: no pienso…

— ¡Richard! —Kahlan avanzó otro paso hacia él, mientras el joven se volvía hacia ella y buscaba sus ojos—. Richard —susurró, dando otro paso. La voz se le quebró—. Acepta la oferta. Ponte el collar, por favor.

La hermana Verna no se movió. Esperaba tranquilamente.

— ¿Qué? —inquirió Richard, extrañado—. Kahlan… no lo entiendes. Ya te dije que nunca…

— ¡Richard! —El joven se quedó callado mientras la miraba confuso. Acto seguido echó un vistazo a la Hermana, la cual seguía inmóvil empuñando aún el cuchillo, y volvió a mirar a Kahlan. Los ojos de ambos quedaron prendidos. Kahlan sabía que la Hermana esperaría a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. La mirada de la mujer reflejaba una dureza que dejaba bien a las claras lo que haría si Kahlan no lograba persuadir a Richard—. Richard, pon mucha atención: quiero que aceptes.

— ¿Qué…?

— Acepta el collar.

— Los ojos de Richard ardieron de furia.

— Ya te lo he dicho. Jamás…

— ¡Dijiste que me amabas!

— Kahlan, ¿qué te pasa? Sabes que te amo más que…

— Entonces acepta la oferta —lo interrumpió—. Si realmente me amas, acepta el collar y póntelo. Por mí.

El joven la miraba fijamente, con incredulidad.

— ¿Por ti? —Kahlan se dio cuenta de que tenía que ser más dura. Actuando con amabilidad sólo lo estaba confundiendo. Si quería salvarlo, tenía que actuar más como Denna. «Queridos espíritus —rogó mentalmente—, por favor, dadme la fuerza para hacer esto, para salvarlo.»

»Kahlan, ¿qué mosca te ha picado? Ya hablaremos de esto más tarde. Ya sabes cuánto te quiero, pero no pienso…

Kahlan apretó los puños y le gritó:

— ¡Si me quieres, acepta! ¡No te quedes ahí plantado, diciendo que me amas, si no estás dispuesto a demostrarlo! ¡Me das asco!

Richard parpadeó, sorprendido. El tono de su voz se clavó en el corazón de Kahlan como un puñal.

— Kahlan…

— Si no estás dispuesto a demostrarme tu amor, es que no eres digno de él. ¿Cómo osas decir que me amas?

Los ojos de Richard se llenaron de lágrimas y lentamente cayó de rodillas.

— Kahlan… te lo suplico…

— ¡No te atrevas a replicarme! —Richard alzó los brazos para protegerse la cabeza; creía que Kahlan iba a golpearlo. Realmente estaba convencido de que iba a hacerle daño. Kahlan sintió que el corazón se le partía en dos. Mientras daba rienda suelta a su cólera, lloraba—. ¡Te ordeno que te pongas el collar! ¡No te atrevas a replicarme! ¡Si me amas, póntelo!

— Kahlan, por favor —gimió Richard—. No me hagas esto. No lo entiendes. No me pidas que…

— ¡Lo entiendo perfectamente! —gritó ella—. ¡Entiendo que dices que me quieres, pero no te creo! ¡No te creo! ¡Mientes! ¡Si no te pones el collar, es que tu amor es una mentira! ¡Una repugnante mentira!

De rodillas ante ella, ataviada con su vestido azul de boda, Richard era incapaz de mirarla a la cara. Con los ojos clavados en el suelo, hacía esfuerzos por decir algo.

— No… no es ninguna mentira. Por favor, Kahlan, te quiero. Para mí eres lo más importante que hay en el mundo. Por favor, créeme. Yo haría cualquier cosa por ti, pero…

Sintiéndose morir por dentro, Kahlan le cogió un puñado de cabello y lo obligó a levantar la cabeza y a mirarla. En su rostro rondaba la locura. Estaba ido. «Por favor, que sólo sea momentáneo —rogó Kahlan—. Por favor, queridos espíritus, que sólo sea momentáneo.»

— ¡Palabras! ¡Eso es todo lo que me ofreces! ¡No amor! ¡Ninguna prueba! ¡Sólo palabras sin ningún valor!

Mientras le tiraba del pelo, retrasó la otra mano preparándose para soltarle un bofetón. Richard se estremeció y cerró los ojos. Kahlan no pudo hacerlo; era incapaz de golpearlo. Ya era suficiente con mantenerse en pie sin arrodillarse a su lado, abrazarlo, decirle cuánto lo quería y tranquilizarlo.

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