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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Lo siento, Kahlan. —La voz de Denna era un suave susurro—. Es muy posible. No podemos estar seguras, pero es muy probable que él lo interprete como dices. No sé hasta qué punto la locura se adueñará de él cuando le digas que debe ponerse el collar. Pero Richard te quiere más que a la vida misma y si tú se lo dices, se lo pondrá.

— Denna, no sé si seré capaz de hacerle algo así. No después de todo lo que me has contado.

— Debes hacerlo o morirá. Si lo amas lo suficiente, debes hacerlo. Tu amor por él debe ser lo bastante fuerte para obligarlo a ponerse el collar, sabiendo el dolor que vas a causarle. Tendrás que comportarte como yo lo haría; asustarlo para obligarlo a obedecer. Es posible que debas hacer aflorar toda su locura, hacer que piense como cuando estaba conmigo, cuando hubiera hecho cualquier cosa que yo le pidiera.

»Es posible que pierdas su amor, y que te odie para siempre. Pero, si de verdad lo amas, te darás cuenta de que tú eres la única que puede ayudarlo; la única capaz de salvarlo.

Kahlan buscaba con desesperación otra vía de escape.

— Pero por la mañana partiremos para reunirnos con Zedd, un mago, que seguramente podrá ayudarlo a controlar el don. Richard cree que Zedd sabrá qué hacer; que podrá ayudarlo.

— Tal vez. Lo siento, Kahlan, no tengo la respuesta. Es posible que funcione, o que no. Pero lo que sé con certeza es que las Hermanas de la Luz tienen el poder de salvarlo. Si regresan, y Richard las rechaza por tercera vez, perderá para siempre la oportunidad de que lo ayuden. Y, si después resulta que ese mago es incapaz de ayudarlo, Richard morirá. Le queda poco tiempo; unos días como mucho.

»¿Comprendes lo que eso significa, Kahlan? No sólo morirá, sino que estará al alcance del Custodio. Richard es el único que puede cerrar el velo y salvar a todos los vivos.

— ¿Cómo? ¿Sabes cómo puede cerrarlo?

— Lo siento, no. Sólo sé que, para acabar de romperlo, debe hacerse desde este lado. Por esta razón, el Custodio dispone de agentes en el mundo de los vivos. Por eso Rahl el Oscuro vino hasta aquí. De algún modo, Richard es el único que puede detenerlos y el único con el poder para reparar el velo.

»Si rechaza a las Hermanas, y ese mago no puede ayudarlo, morirá pronto, y entonces será como si esta marca lo hubiera puesto en las manos del Custodio. Si puede reunirse con el mago antes de rechazar a las Hermanas por tercera vez, es posible que descubra el modo de salvarse sin ellas… sin el collar. Pero, si las Hermanas regresan antes de que se reúna con Zedd, debes prometerme que harás lo que sea necesario para salvarlo.

— Hay tiempo. Las Hermanas no regresarán hasta dentro al menos de unos días. Tenemos tiempo de llegar hasta Zedd. ¡Tenemos tiempo!

— Espero que tengas razón, de veras que lo espero. Aunque no me creas, quisiera que Richard no tuviera que llevar nunca más un collar ni enfrentarse nunca más a esa locura. Pero, si no llegáis antes donde está Zedd, debes prometerme que no le permitirás que desaproveche la oportunidad de seguir vivo que le brindan las Hermanas.

Las lágrimas fluían a borbotones de los ardientes ojos de Kahlan. Richard la odiaría si lo obligaba a ponerse el collar, sabía que la odiaría. Creería que lo había traicionado.

— ¿Y la marca? Aún lleva la marca del Custodio.

Denna la contempló largo rato. Cuando habló, lo hizo en un tono tan bajo que apenas resultaba audible.

— Yo cogeré su marca. Yo me pondré en manos del Custodio en lugar de Richard. —Una brillante lágrima le corrió por la mejilla—. Pero sólo lo haré, sólo entregaré mi alma al Custodio, si sé que así le doy una oportunidad.

— ¿Harías eso por él? —susurró Kahlan, incrédula—. ¿Por qué?

— Porque, después de todo lo que hice, se preocupó por mi dolor. En toda mi vida, él fue el único que hizo algo para aliviarlo. Cuando Rahl el Oscuro me dio una paliza, él lloró por mí y me aplicó un ungüento para calmarme el dolor, aunque yo no dejé de torturarlo ni una vez de las que me lo suplicó. Ni una.

»Y, después de todas las cosas que te he contado, me perdonó. Comprendió cuánto había sufrido. Se colgó mi agiel al cuello y me prometió que nunca me olvidaría, que recordaría que había sido más que una mord-sith, que era Denna.

Otra lágrima brilló en la mejilla del espíritu.

— Y porque lo amo. Incluso en la muerte, lo amo. Aunque sé que mi amor nunca será correspondido, lo amo.

Kahlan miró a Richard, tendido de espaldas e inconsciente, indefenso, con la negra marca del Custodio en el pecho por la que se le escapaba la vida. El barro blanco y negro que le cubría todo el cuerpo le daba un aspecto salvaje, pero no lo era; en realidad era la persona más dulce que había conocido en toda su vida. Kahlan se dio cuenta de que haría cualquier cosa por él. Cualquiera.

— Lo haré —musitó—. Te lo prometo. Si no encontramos a Zedd antes de que las Hermanas regresen por tercera vez, lo obligaré a que acepte el collar al precio que sea. Aunque me odie. Incluso aunque me mate por ello.

— Hagamos pues un juramento, entre vivos y muertos, de que haremos cualquier cosa para salvarlo —dijo Denna, extendiendo hacia ella una mano.

Kahlan se quedó mirando la mano que Denna le tendía.

— Aún no te he perdonado. Y no lo haré nunca.

Denna esperó, sin retirar la mano.

— Ya tengo el único perdón que necesito.

Kahlan miró fijamente esa mano, luego extendió la suya y se la estrechó:

— Muy bien, hagamos el juramento de que salvaremos al hombre al que amamos.

— Se le acaba el tiempo. Debe ser ahora. Cuando yo me marche, busca ayuda. Aunque la marca desaparecerá, la herida seguirá abierta, y es muy grave.

Kahlan asintió.

— En la aldea hay una curandera que lo ayudará.

— Gracias por amarlo lo suficiente para ayudarlo, Kahlan —le agradeció Denna, con los ojos llenos de compasión—. Que los buenos espíritus os acompañen. Allí donde yo voy —añadió, con una leve sonrisa de temor—, nunca veré a ninguno de ellos, si no los enviaría para que os ayudaran.

Kahlan le rozó el dorso de la mano y ofreció una silenciosa plegaria para que le diera fuerzas.

Denna le devolvió el gesto acariciándole una mejilla, tras lo cual se arrodilló junto a Richard. Su mano se posó sobre la marca, la cubrió y se disolvió en ella. Richard jadeaba.

El rostro de Denna se retorció de dolor y echó la cabeza hacia atrás al tiempo que lanzaba un penetrante chillido que atravesó a Kahlan.

Luego simplemente desapareció.

Richard gruñó. Kahlan se inclinó sobre él y lo acarició, mientras lloraba.

— ¿Kahlan? —gimió—. Kahlan, ¿que ha ocurrido? Me duele. Me duele tanto…

— Quédate tumbado, amor mío. Todo saldrá bien. Ahora estás a salvo conmigo. Voy a buscar ayuda.

Richard asintió. La mujer corrió hacia la puerta y la abrió. Los ancianos aguardaban sentados en círculo en la oscuridad, justo al otro lado de la puerta. Todos alzaron la mirada, expectantes.

— ¡Socorro! —gritó Kahlan—. ¡Llevadlo junto a Nissel! ¡No hay tiempo para traerla aquí!

17

Cuando por fin despertó, Kahlan le levantó la cabeza. Los ojos grises de Richard parpadearon y recorrieron la pequeña habitación hasta que toparon con el rostro de la mujer.

— ¿Dónde estamos? —preguntó.

— En casa de Nissel. Te ha curado la quemadura —repuso Kahlan, apretándole levemente el hombro.

Con la mano derecha, el joven se tocó el emplasto cubierto por una venda e hizo con gesto de dolor.

— ¿Cuánto tiempo…? ¿Qué hora es?

Kahlan, agachada en el suelo junto a él, alzó la vista, se frotó los ojos y los entrecerró hacia la puerta entornada por la que entraba una luz grisácea.

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