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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Éste es muy antiguo. Puede verse que se pintó en la pared del mismo edificio, y…

—Pero ¿qué tipo de pajeño lo pintó? ¿Un Marrón-y-blanco? Hubo una carcajada descortés entre los pajeños.

—Todas las obras de arte las hacen los Marrones-y-blancos —explicó el pajeño de Bury—. Nuestra especialidad es la comunicación. El arte de comunicación.

—Pero ¿nunca tiene nada que decir un Blanco?

—Claro que sí. Pero tiene un Mediador que lo dice por él. Nosotros traducimos, comunicamos. Muchos de estos cuadros son argumentos, expuestos visualmente.

Weiss había seguido al grupo, sin decir nada. Renner se fijó en él. En voz baja, le preguntó:

—¿Algún comentario? Weiss se rascó la mandíbula.

—Señor, no había estado en un museo desde la escuela de graduados… Pero ¿no se hacen algunos cuadros sólo para que hagan bonito?

—Bueno…

Sólo había dos retratos en todas las salas. Ambos eran de Marrones-y-blancos, y ambos mostraban al sujeto de cintura para arriba. Los pajeños debían de elaborar expresiones no con la cara sino con el cuerpo. Aquellos retratos estaban extrañamente iluminados y los brazos extrañamente distorsionados. A Renner le parecieron dos sujetos malvados.

—¿Malvados? ¡No! —dijo la pajeña de Renner—. Gracias a éste se construyó la cápsula de Eddie el Loco. Y éste fue el que inventó, hace mucho tiempo, un idioma universal.

—¿Aún se utiliza?

—Aún sigue utilizándose, sí. Pero se fragmentó, por supuesto. Con los idiomas pasa eso. Sinclair, Potter y Bury no hablan el mismo idioma que usted. A veces los sonidos son similares, pero las señales no verbales son muy distintas.

Renner volvió a encontrarse con Weiss cuando estaban a punto de entrar en la sala de escultura.

—Tenía usted razón. En el Imperio hay cuadros que sólo pretenden ser bonitos. Aquí no. ¿Se dio cuenta de la diferencia? No hay un solo paisaje en el que no aparezcan pajeños. Casi ningún retrato, y aquellos dos eran figuras de perfil. De hecho, todo parece tomado de perfil. —Se volvió para llamar a su pajeña—. ¿No es así? Aquellos cuadros que me señalaba, hechos antes de que vuestra civilización inventase la cámara. No eran representaciones directas.

—Renner, ¿sabe usted cuánto trabajo lleva un cuadro?

—Nunca he probado a pintar. Pero puedo imaginármelo.

—¿Puede imaginarse entonces que alguien vaya a trabajar tanto si no tiene algo que decir?

—¿Y qué me dice de «Las montañas son bellas»? —sugirió Weiss. La pajeña de Renner se encogió de hombros.

Las estatuas eran mejores que los cuadros. No se planteaba en ellas el problema de los colores y de la luz. La mayoría eran pajeños; pero no sólo había retratos. ¿Una cadena de pajeños de tamaño decreciente; un porteador, tres Blancos, nueve Marrones y veintisiete miniaturas? No, eran todos de mármol blanco y tenían la forma de los que tomaban decisiones. Bury los contempló imperturbable y dijo:

—Creo que necesitaría que alguien me explicase todo esto para poder venderlo. E incluso para poder regalarlo.

—Así es —dijo su pajeño—. Pues bien, éste, por ejemplo, alude a una religión del último siglo. El alma del padre se divide para convertirse en los hijos, y luego otra vez para los nietos, hasta el infinito.

Otra escultura consistía en un grupo de pajeños en arenisca roja. Tenían dedos largos y flacos, demasiados en la mano izquierda, y el brazo derecho era comparativamente pequeño. ¿Médicos? Los estaba matando una especie de hilo de cristal verde que se movía entre ellos como una guadaña: un arma de láser, manejada por alguien situado fuera de la escena. Los pajeños se mostraban reacios a hablar sobre aquella escultura.

—Un acontecimiento desagradable de la historia —dijo el pajeño de Bury, y eso fue todo.

Otra escultura mostraba la lucha entre unos cuantos Blancos de mármol y otro grupo de individuos de un tipo inidentificable, todo en arenisca roja. Los Rojos eran delgados y amenazadores, e iban armados con algo más que su dotación de dientes y garras. En el centro de la lucha había una extraña máquina.

—Vaya, éste es interesante —dijo la pajeña de Renner—. Por tradición un Mediador (uno de nuestro propio equipo) debe solicitar cualquier tipo de transporte que necesite a uno de los que toman decisiones. Hace mucho tiempo, un Mediador utilizó su autoridad para ordenar que construyeran una máquina del tiempo. Puedo mostrarles la máquina, si quieren utilizarla; está al otro lado de este continente.

—¿Y esa máquina del tiempo funciona?

—No funciona, Jonathon. Nunca llegó a terminarse. Su Amo quebró intentando acabarla.

—Oh —dijo Whitbread mostrando su desilusión.

—Nunca llegó a probarse —dijo la pajeña—. La teoría básica ha sido desechada.

La máquina parecía un pequeño ciclotrón con una cabina dentro… casi parecía correcta, como generador de un Campo Langston.

—Eso me interesa mucho —dijo Renner a su pajeña—. ¿Podéis solicitar cualquier transporte, en cualquier momento?

—Así es. Nuestro trabajo es la comunicación, pero nuestra principal tarea es evitar las luchas. Sally nos ha hablado de vuestros, digamos, problemas raciales, incluyendo las armas y el reflejo de rendición. Nosotros los Mediadores nacimos de eso. Podemos explicar los puntos de vista de unos seres a otros. La incomunicación puede adquirir a veces proporciones peligrosas; normalmente justo antes de una guerra, con una repetición estadística tan persistente que no puede ser coincidencia. Si uno de nosotros puede disponer siempre de transporte (e incluso de teléfonos o radios) la guerra resulta mucho más improbable.

Había expresiones de asombro entre los humanos.

—Magnífico —dijo Renner; luego, añadió—: Me preguntaba si podríais pedir la MacArthur.

Por ley y tradición, sí. En la práctica, no se nos ocurriría siquiera.

—Comprendo. Esos seres que combaten alrededor de la máquina del tiempo…

—Demonios legendarios —explicó el pajeño de Bury—. Defienden la estructura de la realidad.

Renner recordó antiguos cuadros españoles que databan de la época de la Peste Negra en Europa, cuadros de hombres y mujeres vivos a los que atacaban malévolos muertos resucitados. Junto a los blancos, aquellos seres de arenisca roja tenían el mismo aspecto increíblemente flaco y huesudo de una malevolencia casi palpable.

—¿Y por qué la máquina del tiempo?

—El Mediador consideró que cierto incidente de la historia se había producido por falta de comunicación. Decidió corregirlo —la pajeña de Renner se encogió de hombros… con los brazos; un pajeño no podía alzar los hombros—. Eddie el Loco. Así era la sonda de Eddie el Loco. Quizás un poco más utilizable. Un vigilante del cielo (un meteorólogo, especialista también entre otros campos) encontró pruebas de que había vida en un mundo de una estrella próxima. Inmediatamente este Mediador, Eddie el Loco, quiso entrar en contacto con aquel mundo. Comprometió un enorme volumen de capital y de potencial industrial, tanto como para que afectara a la mayoría de nuestra civilización. Consiguió que se construyese la sonda, la dotó de una vela de luz y utilizó una batería de cañones láser para…

—Eso me suena a algo conocido.

—Exactamente. La sonda de Eddie el Loco se lanzó en realidad hacia Nueva Caledonia, mucho más tarde, y con un piloto distinto. Nosotros suponíamos que después nos localizaríais.

—Y así fue. Desgraciadamente el tripulante había muerto. Pero llegó hasta nosotros. Pero ¿por qué seguís llamándole la sonda de Eddie el Loco? Bueno, no importa —dijo Renner. Su pajeña reía entre dientes.

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