La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
—De acuerdo, señor —Weiss sonreía abiertamente—. ¿Sabe? Por eso ingresé en la Marina. Mundos extraños. Esto es lo que nos prometen los reclutadores.
—«Lejanas ciudades doradas…» También a mí me lo prometieron.
Después de esto Whitbread se acercó al ventanal. La ciudad brillaba con un millón de luces. La mayoría de los vehículos pequeños había desaparecido, pero las calles seguían vivas, con inmensos y silenciosos camiones. Los peatones habían disminuido. Whitbread localizó a un ser alto y flaco que corría entre los Blancos como si éstos fuesen objetos estacionarios. Se situó detrás de un inmenso porteador y desapareció.
27 • Recorrido turístico
Renner se levantó antes de amanecer. Mientras se bañaba en la extraña bañera, los pajeños eligieron ropa para él. Dejó que los pajeños eligiesen las prendas a su gusto. Se pondría lo que le dijeran; aquéllos podrían ser los últimos criados no militares que tuviese en su vida. Su arma personal estaba discretamente metida entre su ropa, y después de pensárselo mucho, Renner la metió bajo una chaqueta civil hecha de unas fibras de maravilloso brillo. No es que desease llevar el arma, pero las normas eran las normas y había que cumplirlas.
Todos los demás estaban desayunando, contemplando el amanecer a través del gran ventanal. Era como el crepúsculo: se apreciaban en él todos los matices del rojo. El día de Paja Uno tenía unas cuantas horas más que el de la Tierra. De noche permanecían levantados más tiempo; dormían más tiempo por las mañanas, y cuando se levantaban, aún no había amanecido.
El desayuno consistió en huevos cocidos, grandes y de forma notablemente ovoidal. Dentro de la cascara era como si el huevo hubiese estado previamente batido, con una cereza marrasquina enterrada en el centro. A Renner le dijeron que no merecía la pena probar aquella especie de cereza, y no lo hizo.
—El museo está sólo a unas manzanas de aquí —dijo la pajeña del doctor Horvath, frotándose las manos derechas con viveza—. Iremos andando. Supongo que querrán ustedes ropas de abrigo.
Los pajeños tenían siempre aquel problema: ¿qué par de manos utilizar para imitar los gestos humanos? Renner temía que la pajeña de Jackson acabase psicótica. Jackson era zurdo.
Fueron caminando. En las esquinas soplaba una brisa fría. El sol era grande y mate; podía mirarse hacia él perfectamente a aquella hora temprana del día. A dos metros por debajo de ellos, pasaban infinidad de coches pequeños. El olor del aire de Paja Uno les llegaba débilmente a través de los filtros de los cascos, y lo mismo el suave rumor de los coches y la rápida algarabía de las voces pajeñas.
El grupo de humanos avanzaba, ignorado entre las multitudes de pajeños de todos los colores. Luego, un grupo de peatones de piel blanca se quedó a la vuelta de la esquina examinándolos desde lejos. Hablaban con tonos musicales y miraban con curiosidad.
Bury parecía incómodo; procuraba colocarse en el centro del grupo. No quería que le miraran, pensó Renner. El piloto vio de pronto que le examinaba fijamente una Blanca muy embarazada; la masa del feto destacaba sobre las complejidades de la principal articulación de la espalda. Renner le sonrió, y le volvió la espalda. Su Fyunch(click) canturreó en tonos bajos, y la Blanca se aproximó más, y luego media docena de Blancos pasaron una docena de pequeñas manos sobre sus vértebras.
—¡Bien! Un poco más abajo —decía Renner—. Magnífico, rasque exactamente ahí. Ahhh.
Cuando los Blancos se fueron, Renner se apresuró a unirse a los demás. Su pajeña caminaba a su lado.
—Espero que no se me contagie su falta de respeto —dijo su Fyunch(click).
—¿Por qué no? —preguntó Renner, muy serio.
—Cuando se vayan nos darán otro trabajo. No, no se alarme. Si ustedes son capaces de satisfacer a la Marina, no creo que yo tenga mayor problema para satisfacer a los que dan órdenes.
Hablaba en un tono voluntarioso, pensó Renner… pero no estaba seguro. Si los pajeños tenían expresiones faciales, él aún no las sabía distinguir.
El museo estaba bastante lejos. Era, como los demás edificios, alto y cuadrado, pero la fachada era de cristal, o algo parecido.
—Tenemos muchos sitios que se ajustan a vuestra palabra «museo» —decía la pajeña de Horvath—, en ésta y en otras ciudades. Éste es el que quedaba más cerca y está dedicado a pintura y escultura.
Pasó ante ellos uno de aquellos porteadores de tres metros de altura y otro metro más encima debido a la carga que llevaba en la cabeza. Era una hembra; Renner se dio cuenta por el bulto alargado de la preñez que destacaba en la parte superior de su abdomen. Tenía unos ojos suaves de animal, sin conciencia, y pasó ante ellos sin disminuir un instante la marcha.
—El estar embarazada parece que no afecta mucho a la mujer pajeña —observó Renner.
Hombros y cabezas marrones y blancos se volvieron hacia él.
—No, claro que no —dijo la pajeña de Renner—. ¿Por qué habría de afectarle?
Sally Fowler intentó explicar minuciosamente lo inútiles que eran las hembras humanas preñadas.
—Es una de las razones de que las sociedades se orienten en función del varón. Y…
Aún seguía perorando sobre los problemas del embarazo cuando llegaron al museo.
La puerta no llegaba más que hasta la nariz de Renner. Los techos eran más altos; le rozaban el pelo. El doctor Horvath tenía que agachar la cabeza.
Y la luz era demasiado amarilla.
Y los cuadros estaban colocados demasiado bajos.
Las condiciones de visión no eran ideales. Además, los colores de los propios cuadros lo eran aún menos. El doctor Horvath y su pajeña hablaron animadamente después de que el doctor indicara que azul más amarillo equivale a verde para el ojo humano. El ojo pajeño estaba diseñado como el ojo humano, como un ojo de pulpo, en realidad: un globo, unas lentes adaptadas y nervios receptores por detrás. Pero los receptores eran distintos.
Sin embargo, los cuadros impresionaban. En la sala principal (que tenía techos de tres metros y contenía cuadros mayores) el grupo se detuvo ante una escena de calle. En el cuadro un Marrón-y-blanco se habían subido a un coche y al parecer arengaba a un enjambre de Marrones y Marrones-y-blancos, mientras tras él ardía el rojo cielo crepuscular. Todas las expresiones mostraban la misma suave sonrisa, pero Renner percibía violencia y se acercó más. Muchos de los que escuchaban llevaban herramientas, siempre en las manos izquierdas, y algunas estaban rotas. La propia ciudad ardía.
—Se llama «Volved a vuestras tareas». Se habrán dado cuenta de que el tema de Eddie el Loco se repite constantemente —dijo la pajeña de Sally. Y continuó su camino antes de que pudiesen pedirle que explicase algo más.
El cuadro siguiente mostraba a un cuasipajeño, alto y delgado, de pequeña cabeza y largas piernas. Salía corriendo de un bosque, hacia el observador, y su aliento dejaba tras él un rastro de humo blanco.
—El mensajero —dijo la pajeña de Hardy.
El siguiente era otra escena al aire libre: un grupo de Marrones-y-blancos comiendo alrededor de una llameante hoguera. Ojos de animales brillaban rojos alrededor de ellos. El paisaje era todo un rojo oscuro; y sobre ellos brillaba, contra el Saco de Carbón, el Ojo de Murcheson.
—No podéis saber lo que piensan y sienten mirándolos, ¿verdad? Nos lo temíamos —dijo la pajeña de Horvath—. Comunicación no verbal. Las señales son distintas para nosotros.
—Eso supongo —dijo Bury—. Todos los cuadros serían vendibles, pero no hay ninguno que sea excepcional. Serían sólo curiosidades… aunque muy valiosas como tales, debido al inmenso mercado potencial y a la oferta limitada. Pero no establecen una comunicación. ¿Quién los pintó?