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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– Porque sabía que te lo merecías; ¿o no?

Sabía que te lo merecías, decía. Las voces empezaron a alborotar en la cabeza de Kimmie.

Golpes, cuartos oscuros, desprecio, acusaciones. Todo eso se agitaba en su cerebro y había que detenerlo.

Se abalanzó sobre Kassandra, la agarró por el moño y la obligó a reclinarse para hacerle beber el resto del oporto mientras la mujer miraba hacia el techo, confundida y asombrada, y aquella sustancia se abría paso por sus vías respiratorias y la hacía toser.

Después le cerró la boca y le inmovilizó la cabeza mientras la tos arreciaba y las arcadas se volvían más intensas.

Kassandra la asió del brazo para apartarla, pero la vida en la calle proporciona una fuerza en los músculos muy superior a la que tiene una mujer mayor acostumbrada a mangonear a cuantos la rodean. Sus ojos se llenaron de desesperación y su estómago se contrajo, lanzando una oleada de bilis hacia la catástrofe que se estaba fraguando entre la tráquea y el esófago.

Un par de inspiraciones en vano aumentaron más si cabe el pánico que atenazaba el cuerpo de Kassandra, que luchaba por liberarse con uñas y dientes. Kimmie la sujetaba con firmeza y cerraba todas las vías de acceso de oxígeno; su madrastra se sacudía en violentas convulsiones, su pecho se agitaba febrilmente, sus gemidos se ahogaban.

Al final, calló.

Kimmie la abandonó en el ring donde habían librado su combate y dejó que la copa de vino rota, la mesita descolocada y el hilo de líquido que brotaba de entre sus labios hablaran por sí solos.

Kassandra Lassen había sabido aprovechar las ventajas de la vida con la misma habilidad con la que ahora había dejado que se la arrebataran.

Un accidente, dirían algunos. Previsible, añadirían otros.

Esas fueron las palabras exactas de uno de los antiguos compañeros de cacería de Kristian Wolf cuando lo encontraron en su finca de Lolland con la arteria perforada. Un accidente, sí, pero previsible. Kristian era muy imprudente con su escopeta. Algún día tenía que ocurrir, comentó el tipo en cuestión.

Pero no se trató de ningún accidente.

Kristian había manejado a Kimmie a su antojo desde el día que le puso la vista encima. La presionó, a ella y a los demás, para que tomara parte en sus juegos y utilizó su cuerpo. La empujó a mantener relaciones de las que luego la apartaba. La obligó a engañar a Kåre Bruno con la promesa de una reconciliación para que fuese a la piscina de Bellahøj. La incitó a gritar para que él lo empujara. La violó y la vapuleó, primero una vez y luego otras más, hasta acabar con su bebé. Le cambió la vida muchas veces, siempre a peor.

Cuando ya llevaba en la calle seis semanas, lo vio en la primera página de un periódico. Sonriente después de hacer unos negocios fantásticos y a punto de disfrutar de unas semanas de descanso en su finca de Lolland. «No hay presa en mis tierras que pueda sentirse a salvo de mi buena puntería», aseguraba.

Robó su primera maleta, se vistió de punta en blanco y tomó el tren hasta Søllested, donde se apeó y recorrió a pie, a la luz del atardecer, los últimos cinco kilómetros que la separaban de la finca.

Pasó la noche entre la maleza mientras oía los gritos de Kristian en la casa y su joven esposa desaparecía en el piso de arriba. Él durmió en la sala de estar y pocas horas después ya estaba preparado para descargar sus carencias personales y todas sus frustraciones sobre un montón de indefensos faisanes y de todo bicho viviente que se le pusiera a tiro.

La noche había sido gélida, pero Kimmie no había pasado frío. La perspectiva de que Kristian pagara sus pecados con su sangre era como el fuego del verano. Vivificante, sublime.

Desde los tiempos del internado sabía que el devastado interior de Kristian lo sacaba del sueño antes que a los demás. Un par de horas antes de que llegara el resto del grupo, solía salir a reconocer el terreno para que ojeadores y cazadores obtuvieran el máximo provecho de su colaboración. Varios años después de asesinarlo aún recordaba perfectamente lo que sintió al ver a Kristian Wolf atravesar el arco de entrada de su finca en dirección a los campos. Completamente equipado como las clases altas creen que se debe ir a matar. Limpio y aseado, hecho un pincel y con unas relucientes botas de cordones. Pero ¿qué sabrían las clases altas de asesinos de verdad?

Lo siguió a cierta distancia por entre los setos con paso rápido y a veces inquieto a causa del ruido de las ramas y de los palitos al quebrarse. Si la descubría, no dudaría en disparar. Una bala perdida, diría. Un malentendido. La falsa hipótesis de que era una pieza que se acercaba.

Pero Kristian no la oyó. No, hasta que la tuvo encima clavándole el cuchillo en sus órganos sexuales.

Se desplomó hacia delante y se retorció por el suelo con los ojos desmesuradamente abiertos y la certeza de que el rostro que había sobre él sería el último que viera.

Ella le arrebató la escopeta y lo dejó desangrarse. No tardó mucho.

Después le dio la vuelta, se metió las manos en las axilas y limpió el arma, la puso entre las manos del cadáver, apuntó el cañón contra su vientre y disparó.

Concluyeron que había sido un accidente de caza y que la causa de la muerte era el desangramiento provocado por la rotura de las arterias. El accidente más comentado del año.

Sí, un accidente, pero no para Kimmie, que sintió que una calma desconocida inundaba su interior.

Para el resto de la banda fue peor. Kimmie había desaparecido de la faz de la tierra y todos sabían que Kristian jamás habría acabado de esa manera sus días de manera natural.

Inexplicable, así describió la gente la muerte de Kristian.

Pero los chicos del internado no se lo tragaban.

Por aquel entonces, Bjarne confesó.

Tal vez supiera que sería el siguiente. Tal vez hubiera alcanzado algún acuerdo con los demás. Qué más daba.

Kimmie lo leyó en los periódicos. Bjarne se declaraba culpable del crimen de Rørvig, con lo que ella podía vivir en paz con el pasado.

Llamó a Ditlev Pram para decirle que si ellos también querían vivir en paz tendrían que pagarle cierta suma de dinero.

Acordaron el procedimiento, y la banda mantuvo su palabra.

Bien hecho por su parte. Así, al menos, el destino tardaría algunos años en darles caza.

Observó por un instante el cadáver de Kassandra, sorprendida al no sentir mayor satisfacción.

Es porque no has terminado, dijo una de las voces. Nadie puede sentir dicha a medio camino del paraíso, dijo otra.

La tercera guardó silencio.

Kimmie asintió, sacó el fardo del bolso y empezó a subir por las escaleras lenta y fatigosamente mientras le explicaba a la pequeña que ella había jugado por aquellos peldaños y se había lanzado barandilla abajo cuando nadie la veía. Que siempre tarareaba la misma canción una y otra vez cuando Kassandra y su padre no la oían.

Breves destellos de la vida de una criatura.

– Tú quédate aquí mientras mamá va a buscarte el osito, mi vida -dijo colocando el fardo con mucho cuidado sobre la almohada.

Su habitación estaba exactamente igual que antes. Allí había pasado varios meses mientras le crecía la tripa. Esa sería su última visita.

Abrió la puerta del balcón y buscó a tientas la teja suelta a la luz del atardecer. Sí, allí seguía, tal y como recordaba. Y cedió con una facilidad sorprendente, cosa que no esperaba. Era como abrir una puerta recién engrasada. Un mal presentimiento le heló la piel, y el frío se transformó en oleadas de calor cuando introdujo la mano en el agujero y lo halló vacío.

Sus ojos rebuscaron febrilmente entre las tejas de alrededor, aunque estaba convencida de que era en vano.

Porque aquella era la teja, era el agujero. Y la caja no estaba.

Todas las abominables kas de su vida empezaron a desfilar frente a ella mientras las voces aullaban en su interior, reían histéricas y la reprendían. Kyle, Willy K., Kassandra, Kåre, Kristian, Klavs y todos los demás que se habían cruzado en su camino. ¿Quién se había atravesado esta vez llevándose su caja? ¿Serían los mismos a los que pretendía restregarles las pruebas por la cara? ¿Serían los supervivientes? ¿Ditlev, Ulrik y Torsten? ¿Sería posible que hubiesen dado con la caja?

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