Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Estupendo, Assad.
Trató de recordar cuántas veces había usado ya la palabra «estupendo». Tampoco había que crear inflación.
– ¿Y dónde estaba?
– En el hospital.
Carl se incorporó. ¿Y ahora qué?
– Sí, ya sabes.
Se hizo un corte a la altura de la muñeca.
– Me cago en la leche. Pero ¿por qué? ¿Sobrevivirá?
– Sí. He ido a verlo. Ayer.
– Muy bien, Assad. ¿Y?
– Pues nada. Un tipo sin venas en la sangre, eso es todo.
¿Venas en la sangre? Allá que iba de nuevo.
– Me contó que había estado a punto de hacerlo mil veces durante estos años.
Carl sacudió la cabeza. A él ninguna mujer le había causado tanto impacto. Por desgracia.
– ¿Te dijo algo más?
– No. Me echaron las enfermeras.
El subcomisario esbozó una débil sonrisa. Assad se iba adaptando.
De repente, el rostro de su ayudante se transformó.
– Hoy he visto a uno nuevo en la segunda planta. Iraquí, creo. ¿Sabes a qué ha venido?
Carl asintió.
– Sí, es el sustituto de Bak. Lo han mandado de Rødovre. Lo vi anoche en casa de Aalbæk. A lo mejor lo conoces. Se llama Samir. Del apellido, ahora mismo no me acuerdo.
Assad levantó ligeramente la cabeza. Sus labios carnosos se entreabrieron y un sinfín de pequeñas arrugas le rodearon los ojos. No eran desde luego las marcas de una sonrisa. Por un instante pareció ausente.
– Vale -dijo pensativo mientras asentía despacio un par de veces-. El sustituto de Bak. ¿Entonces va a quedarse, o sea?
– Sí, imagino que sí. ¿Pasa algo?
De repente Assad se transformó. Su rostro se relajó y miró a Carl a los ojos con su habitual expresión despreocupada.
– Tienes que hacerte amigo de Rose, Carl. Es una chica muy trabajadora y muy… muy maja. ¿Sabes lo que me ha llamado esta mañana?
No, pero seguro que se lo iba a contar.
– Su beduino favorito. ¿No es mona, entonces?
Mostró los dientes de arriba y sacudió la cabeza con entusiasmo.
Al parecer, la ironía no era precisamente su punto fuerte.
Carl puso su móvil a cargar y contempló la pizarra. El siguiente paso tendría que ser contactar directamente con uno o varios miembros de la banda. Llevaría consigo a Assad para contar con testigos en caso de que se fueran de la lengua.
Además, todavía tenía en la reserva al abogado.
Se acarició el mentón y se mordió la mejilla. Mierda, ¿quién coño le mandaría a él montarle aquel numerito a la mujer de Bent Krum, el abogado? ¡Le había dicho que Krum tenía un lío con su mujer! ¿Cómo se podía ser tan subnormal? Desde luego, concertar una cita con él no iba a mejorar las cosas.
Levantó la vista hacia la pizarra, donde estaba el teléfono del abogado, y lo marcó.
– Agnete Krum -contestó una voz.
Tras aclararse la garganta, el subcomisario pisó el acelerador y arrancó a hablar varios tonos por encima del habitual. No le molestaba que su fama lo precediera, pero no si era mala.
– No -le explicó la mujer-, ya no vive aquí. Si quiere algo de él, haga el favor de llamarlo al móvil.
Le dio el número con voz tristona.
Carl marcó de inmediato y escuchó un mensaje que decía que Bent Krum había ido a poner a punto su barco, pero que al día siguiente estaría localizable en ese mismo número entre las nueve y las diez.
Y una leche, pensó mientras volvía a llamar a la mujer. Le informó de que el barco estaba anclado en el puerto de Rungsted.
No se podía decir que le pillara de sorpresa.
– Vamos a salir, Assad, prepárate -le gritó por el pasillo-. Hago una llamada más y listo, ¿vale?
Marcó el número de Brandur Isaksen, un antiguo compañero y rival de la comisaría del centro que era mitad de las islas Feroe mitad de Groenlandia y con un espíritu casi igual de noratlántico. El carámbano de Halmtorvet, lo llamaban.
– ¿Qué quieres? -preguntó.
– Me gustaría que me contaras algo sobre una tal Rose Knudsen que he heredado de vosotros. He oído que os dio algunos quebraderos de cabeza por ahí. ¿Podrías decirme qué hizo exactamente?
Carl no había contado con la carcajada que siguió.
– ¿Te la han colocado a ti? -le preguntó Isaksen en medio de unas risotadas de muy mal agüero, un acontecimiento tan insólito como oírle decir algo agradable-. Te lo cuento así, a grandes rasgos. Primero empotró su Daihatsu contra los vehículos privados de tres compañeros al dar marcha atrás; después dejó una cafetera de Bodum que se salía encima de unas notas manuscritas con las que el jefe pensaba elaborar los informes semanales; mangoneaba a todas las administrativas, mangoneaba a todos los investigadores, metía las narices en su trabajo y, para concluir, y por lo que me han contado, se tiró a dos compañeros en una cena de Navidad.
En aquellos momentos parecía a punto de caerse de culo de la silla, tanta gracia le hacía.
– ¿Te la han colocado a ti, Carl? Pues será mejor que no le des nada de beber.
El subcomisario respiró hondo.
– ¿Algo más? -preguntó.
– Sí, tiene una hermana gemela. Bueno, no son univitelinas, pero casi igual de raras.
– Ajá, ¿y qué más?
– Pues verás, cuando empiece a llamar a su hermanita desde el trabajo te vas a enterar de lo que son dos tías cotorreando. En pocas palabras, es torpe, indomable y a veces, enormemente recalcitrante.
Vamos, nada que no supiera ya, aparte de lo de las copas.
Tras colgar el aparato aguzó el oído en un intento de descifrar qué ocurría en el despachito de Rose.
Luego se levantó y se escabulló por el pasillo. Efectivamente, estaba hablando por teléfono.
Se acercó a la puerta y apuntó con la oreja hacia el vano.
– Sí -decía ella en voz baja-, qué remedio. Ya te digo. ¿Tú crees…? Pues muy bien.
Y muchas más cosas por el estilo.
Carl apareció en el hueco de la puerta y la miró con dureza. Tal vez produjera algún efecto.
Al cabo de dos minutos, Rose colgó. Lo del efecto había salido así así.
– ¿Qué, de charleta con los amigos? -preguntó su jefe con sarcasmo. Al parecer, a la señorita le resbalaba.
– Los amigos -repitió ella cogiendo aire-. Sí, supongo que se podría decir así. Era un jefe de sección del Ministerio de Justicia. Solo llamaba para decirnos que la Kripo esa de Oslo les ha enviado un mensaje poniéndonos por las nubes y diciendo que este departamento es lo más interesante que ha ocurrido en la historia de la policía criminal del norte de Europa en los últimos veinticinco años. Y ahora los del ministerio querían preguntarme si yo sabía por qué no te han propuesto para un ascenso a comisario.
Carl tragó saliva. ¿Otra vez iban a empezar con esa cantinela? Y un huevo, al colegio él no volvía. Eso ya lo tenía más que hablado con Marcussen.
– ¿Y tú qué le has dicho?
– ¿Yo? Bueno, he cambiado de tema. ¿Qué querías que le dijera?
Buena chica, pensó.
– Oye, Rose -arrancó haciendo un esfuerzo extraordinario. Para un tipo de Brøndslev no era fácil pedir perdón-. Antes he estado un poco desagradable. Olvídalo. El viaje a Madrid fue muy bien. Desde el punto de vista del ocio, bastante por encima de la media, ahora que lo pienso. Vi a un mendigo desdentado, me robaron todas las tarjetas y el dinero y recorrí por lo menos dos mil kilómetros con una desconocida cogiéndome de la mano. Pero, para otra vez, avísame primero, ¿quieres?
Rose sonrió.
– Y, antes de que se me olvide, una cosa más. ¿Fuiste tú la que habló con la asistenta que llamó desde casa de Kassandra Lassen? Se me había olvidado la placa, te acuerdas, y llamó para verificar mi identidad.
– Sí, fui yo.
– Cuando te pidió una descripción de mi aspecto, ¿qué le dijiste? ¿Podrías contármelo?
En sus mejillas se abrieron dos hoyuelos traicioneros.