Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
Ditlev le dio unas palmaditas a la ballesta y observó la pequeña mancha blanca que lentamente se iba yendo mar adentro arrastrada por las olas.
– Sí -continuó-. Si aparece, será más que bienvenida. ¿Estamos de acuerdo, Torsten?
Los gritos de su secretaria desde la terraza de Caracas le impidieron oír su respuesta. Por lo que podía ver a esa distancia, agitaba las manos y se las llevaba al oído.
– Creo que alguien me busca, Torsten. Tengo que colgar. Nos vemos mañana por la mañana, ¿vale? Take care.
Colgaron al mismo tiempo y al segundo volvió a sonar el teléfono.
– ¿Has vuelto a desconectar la llamada en espera, Ditlev?
Era su secretaria, que ahora permanecía inmóvil en la terraza de la clínica.
– Pues no lo hagas, porque así no puedo localizarte. Hay mucho jaleo por aquí. Un tipo que dice ser el subcomisario Carl Mørck anda metiendo las narices por todas partes. ¿Qué hacemos? ¿Quieres hablar con él o qué? No nos ha enseñado ninguna orden y no creo que la tenga.
Ditlev sentía la bruma salada en el rostro. Aparte de eso, nada. Habían pasado más de veinte años desde la primera agresión, veinte años con una cosquilleante inquietud y una preocupación latente que lo impulsaban como una fuente de energía siempre en aumento.
En aquel instante no sentía nada y aquello no era una sensación agradable.
– No -contestó-. Di que he salido de viaje.
La gaviota desapareció por completo en la oscuridad de las olas.
– Di que he salido de viaje y ocúpate de que lo echen y lo manden al infierno.
35
Para Carl el lunes comenzó diez minutos después de irse a la cama.
Se había pasado todo el domingo aturullado. Había hecho casi todo el vuelo de regreso dormido y a las enfurruñadas azafatas les había costado Dios y ayuda despertarlo. En realidad se limitaron a sacarlo a rastras del avión, tras lo cual el personal de tierra se presentó con un cochecito eléctrico para llevárselo a la enfermería.
– ¿Y cuántos Frisium dice usted que se ha tomado? -le preguntaron. Pero para entonces, Carl ya se había vuelto a dormir.
En el mismísimo instante en que se acostó en su cama, paradojas de la vida, se despejó.
– ¿Dónde has estado todo el día? -se interesó Morten Holland al verlo bajar a la cocina bamboleándose como un zombi. Antes de que le diera tiempo a decir que no, apareció un Martini sobre la mesa. Fue una noche muy larga.
– Deberías echarte novia -ronroneó su inquilino cuando dieron las cuatro y Jesper llegó a casa con varios consejitos más en materia de amor y mujeres.
Entonces comprendió que el Frisium era mejor en pequeñas dosis. Muy despistado tenía que andar para que sus mejores consejeros en asuntos amorosos fueran un adolescente de dieciséis años con querencia al punk y un marica que no había salido del armario. Ya solo faltaba la madre de Jesper, Vigga. Como si la oyera. «¿Qué te ocurre, Carl? ¿Problemas de metabolismo? Deberías tomar Rhodiola. Va estupendamente para muchas cosas.»
Se encontró con Lars Bjørn en el puesto de control de la entrada. Él tampoco tenía buen aspecto.
– Es por culpa del puto caso del contenedor -le explicó.
Saludaron al agente que había al otro lado del cristal y atravesaron juntos la columnata.
– Supongo que os habréis dado cuenta de lo mucho que se parece el nombre de las dos calles, Store Kannikestræde y Store Søndervoldstræde. ¿Habéis comprobado las demás?
– Sí, tenemos permanentemente vigiladas Store Strandstræde y Store Kirkestræde. Hemos enviado a varias agentes vestidas de paisano, veremos si tientan al agresor. Por cierto, que sepas que no podemos prescindir de nadie para que te ayude con tu caso, aunque imagino que ya estarás informado.
Carl asintió. En aquellos momentos le traía bastante por saco. Si esa sensación de falta de sueño, estupidez e imprecisión tenía algo que ver con el jetlag, entonces ¿por qué coño existía eso que llamaban viajes de aventura? Viajes de pesadilla se ajustaba mucho mejor.
Rose salió a su encuentro por el pasillo del sótano con una sonrisa que no iba a tardar en borrarle de la cara.
– Bueno, ¿y qué tal por Madrid? -fueron sus primeras palabras-. ¿Tuviste tiempo para un poco de flamenco?
Fue incapaz de responder.
– Venga, Carl. ¿Qué viste?
El subcomisario dirigió sus plomizas pupilas hacia ella.
– ¿Que qué vi? Aparte de la torre Eiffel, París y la cara interna de mis párpados, no vi absolutamente nada.
Rose se disponía a protestar. Pero no puede ser, decía su mirada.
– Mira, no voy a andarme con rodeos. Si se te ocurre volver a organizarme una parecida, puedes considerarte exempleada del Departamento Q.
Después la dejó allí plantada y continuó rumbo a su sillón. Lo aguardaba el abismo de su asiento. Un sueñecito de cuatro o cinco horas con las piernas encima de la mesa y estaría como nuevo, seguro.
– ¿Qué está pasando? -oyó que preguntaba la voz de Assad en el mismísimo instante en que él ponía un pie en el país de los sueños.
Se encogió de hombros. Pues nada, que se disponía a disiparse en el éter. ¿Estaba ciego o qué?
– Rose está triste. ¿Le has hablado mal, Carl?
Estaba a punto de volver a cabrearse cuando descubrió los papeles que Assad llevaba bajo el brazo.
– ¿Qué me traes? -preguntó con aire fatigado.
Su ayudante tomó asiento en uno de los engendros metálicos de Rose.
– Aún no han encontrado a Kimmie Lassen. Hay búsquedas en marcha en todas partes, así que solo es cuestión de tiempo, entonces.
– ¿Alguna novedad en el lugar de la explosión? ¿Han localizado algo?
– No, nada. Por lo que sé, ya han terminado.
Sacó sus papeles y les echó un vistazo.
– He hablado con Vallas Løgstrup -prosiguió-. Han sido muy, muy simpáticos. Han tenido que preguntar a toda la empresa hasta que han encontrado a alguien que sabía alguna cosa de la llave, o sea.
– Muy bien -dijo Carl con los ojos cerrados.
– Uno de sus empleados mandó un cerrajero a Inger Slevs Gade para ayudar a una señora del ministerio que había pedido unas llaves extra, entonces.
– ¿Te han dado una descripción de esa mujer? Porque supongo que sería Kimmie Lassen, ¿no?
– No, no han averiguado qué cerrajero había sido entonces, así que no me han dado ninguna descripción. Se lo he explicado todo a los de arriba. A lo mejor les interesa saber quién tenía entrada a la casa que explotó.
– Muy bien, estupendo. Entonces lo damos por zanjado.
– ¿En qué zanja?
– Déjalo, Assad. Lo siguiente que tienes que hacer es preparar un dossier sobre cada uno de los tres miembros de la banda, Ditlev, Ulrik y Torsten. Quiero todo tipo de información. Relaciones con el fisco, estructura de sus empresas, domicilio, estado civil y todo eso. Tómate tu tiempo.
– ¿Por cuál empiezo, entonces? Ya tengo unas cuantas cosas de los tres.
– Estupendo, Assad. ¿Quieres comentarme algo más?
– Homicidios me ha encargado que te diga que el móvil de Aalbæk ha estado en contacto con el de Ditlev Pram muchas veces.
Cómo no.
– Estupendo, Assad. Entonces está relacionado con el caso. Podemos ir a verlos usándolo como pretexto.
– ¿Pretexto? ¿De qué texto?
Al abrir los ojos, Carl se encontró con un par de interrogantes de color castaño. Sinceramente, a veces podía ser un poco complicado. Tal vez unas clases particulares de danés pudieran limar un par de metros de aquella barrera lingüística. Aunque, por otra parte, se arriesgaban a que el tipo de pronto empezara a hablar como cualquier funcionario.
– También he encontrado a Klavs Jeppesen -continuó Assad en vista de que su jefe no reaccionaba a su pregunta.