Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
Los Chicos Que Cayeron En La Trampa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
1 ... 73 74 75 76 77 78 79 80 81 ... 96
Перейти на страницу:

Cuando su madrastra le dijo que desapareciera y se encontró en la calle estrechando el fardo entre sus brazos y con la venda que llevaba entre las piernas empapada en sangre, supo que llegaría el día en que todos cuantos habían abusado de ella y la habían hundido pagarían por lo que habían hecho.

Primero Kristian y después Bjarne. Luego, Torsten, Ditlev, Ulrik, Kassandra y su padre.

Por primera vez en muchos años estaba ante la casa de Kirkevej. Todo seguía como siempre. Las campanas de la iglesia de lo alto de la colina continuaban convocando a los ilustres ciudadanos de la clase media a su cita dominical y las casas seguían pavoneándose con insolencia. La cerradura era igual de difícil de forzar.

Cuando Kassandra salió a abrirle, reconoció de inmediato su rostro en conserva, pero no solo eso, sino también la actitud que siempre despertaba en ella la presencia de Kimmie.

Ignoraba en qué momento había nacido su enemistad. Seguramente desde el instante mismo en que su madrastra, con su mal entendida visión de lo que era educar a una criatura, empezó a encerrarla en armarios oscuros y a recriminarla con duras palabras de las que Kimmie no llegaba a entender ni la mitad. Que Kassandra también sufriera en aquel hogar sin sentimientos era otra cuestión. Podía llegar a suscitar cierta comprensión, pero perdonarla, eso nunca. Kassandra era un demonio.

– No vas a entrar -le bufó mientras ella intentaba abrir la puerta de un empujón.

Exactamente igual que el día del aborto, cuando Kimmie, maltrecha, desesperada y en la miseria, se quedó allí plantada con su bulto en el regazo.

La mandaron al infierno y un auténtico infierno era lo que le aguardaba. A pesar de que el maltrato de Kristian y el aborto la habían dejado en un estado deplorable, tuvo que pasar varios días vagando por las calles encogida sin que nadie moviera un dedo para auxiliarla, por no hablar de acercarse a ella.

La gente solo se fijaba en sus labios agrietados y en su pelo sucio y retrocedía ante aquel fardo repugnante que llevaba entre las manos manchadas de sangre seca, igual que las mangas de la ropa. No veían a un semejante necesitado y ardiendo de fiebre. No veían a una persona que se iba a pique.

Pensó que ese era su castigo, el purgatorio personal que debía atravesar como compensación a sus malas acciones.

La salvó una drogadicta de Vesterbro. La huesuda Tine fue la única que ignoró la fetidez que despedía el fardo y la saliva reseca que le cubría las comisuras de los labios. Ella, que había visto cosas peores, llevó a Kimmie a un cuchitril de una callejuela del sur del puerto donde vivía otro drogadicto que en la mañana de los tiempos había sido médico.

Sus pastillas y su legrado acabaron con las infecciones y detuvieron la hemorragia. A cambio de ello, no volvió a menstruar.

Una semana después, más o menos cuando el fardo dejó de apestar, Kimmie estaba preparada para su nueva vida en las calles.

El resto ya era historia.

Volver a entrar en aquellos salones viciados por el denso perfume de Kassandra y con las paredes pobladas de fantasmas que se reían de Kimmie, como siempre habían hecho, era como estar atrapada en una pesadilla.

Kassandra se llevó el cigarrillo a unos labios cuyo carmín habían borrado docenas de cigarrillos. Agitó levemente la mano, pero sin dejar de seguir atentamente con la mirada a través del humo los movimientos de Kimmie al dejar el bolso en el suelo. Era evidente que la presencia de su hijastra la incomodaba. Que su mirada no tardaría en empezar a vacilar. Que aquella era una escena con la que no había contado.

– ¿A qué has venido? -le preguntó. Exactamente las mismas palabras que doce años antes. Después de la violación y el aborto.

– ¿Te gustaría seguir viviendo en esta casa, Kassandra? -contraatacó Kimmie.

Su madrastra echó la cabeza hacia atrás. Permaneció un instante reflexionando en silencio, la muñeca relajada y el humo azul bailando alrededor de los cabellos canos.

– ¿A eso vienes, a echarme? ¿Es eso?

Era reconfortante ver cómo luchaba por mantener la calma. Aquel ser que había tenido la oportunidad de coger de la mano a una niña y liberarla de la sombra de una madre fría. Aquella mujer miserable, egocéntrica y llena de un odio enfermizo hacia sí misma que había irrumpido en la vida de Kimmie con sus abusos sentimentales y sus engaños diarios. Aquella mujer que había dado forma a todo cuanto la había conducido donde estaba: la desconfianza, el odio, la frialdad y la falta de empatía.

– Tengo dos preguntas que hacerte, y harías bien en contestar lo más brevemente posible, Kassandra.

– ¿Y luego te irás?

Se sirvió otra copa de oporto de la botella que, con toda seguridad, había estado tratando de vaciar antes de la llegada de su hijastra y bebió un sorbo con un gesto enormemente controlado.

– No te prometo nada -contestó Kimmie.

– ¿Y qué preguntas son esas?

Aspiró con tal fuerza el humo del cigarrillo que cuando volvió a expulsarlo no salió casi nada.

– ¿Dónde está mi madre?

Kassandra dejó caer la cabeza hacia atrás con los labios entreabiertos.

– ¡Oooh, cielo santo! ¿Esa era la pregunta?

Se volvió bruscamente hacia ella.

– Pero si está muerta, Kimmie. Lleva muerta treinta años, la pobrecilla. ¿No te lo habíamos dicho?

Volvió a echar la cabeza hacia atrás y emitió un par de sonidos que pretendían ser de asombro. Después miró a Kimmie, esta vez con dureza. Despiadadamente.

– Tu padre le dio dinero, y ella bebía. ¿Es necesario que siga? Es increíble que nunca te lo hayamos contado. Pero, ahora que lo sabes, ¿estás contenta?

La palabra «contenta» se incrustó en cada una de sus células. ¿¡Contenta!?

– ¿Y papá? ¿Sabes algo de él? ¿Dónde está?

Kassandra sabía perfectamente que tarde o temprano saldría a colación y sintió asco. Oírla decir papá fue más que suficiente. Si alguien odiaba a Willy K. Lassen era ella.

– No entiendo por qué quieres saberlo. Yo creía que por ti podía pudrirse en el infierno. ¿O es que quieres asegurarte de que está en ello? Porque, en ese caso, puedo darte una alegría, niña boba. En estos instantes tu padre está pasando un infierno.

– ¿Está enfermo? -preguntó. Tal vez lo que le había dicho a Tine el policía fuera cierto.

– ¿Enfermo?

Kassandra apagó el cigarrillo y estiró los brazos con los dedos extendidos y las uñas astilladas.

– Está pasando un infierno, con los huesos carcomidos por el cáncer. No he hablado con él, pero me han contado que tiene unos dolores terribles.

Frunció los labios y resopló como si el diablo acabara de salirle por la boca.

– Tiene unos dolores terribles y no llegará a Navidad, y a mí me parece estupendo. ¿Me sigues?

Se estiró el vestido y arrastró la botella de oporto por la mesa para acercarla.

De modo que ya solo quedaban Kimmie, la pequeña y Kassandra. Dos kas malditas y aquel ángel de la guarda.

Kimmie tomó el bolso del suelo y lo colocó sobre la mesa junto a la botella de oporto.

– ¿Fuiste tú quien le abrió la puerta de mi cuarto a Kristian cuando esperaba a esta pequeña? Dime.

Kassandra siguió la mirada de su hijastra hacia el bolso mientras esta lo entreabría.

– ¡Dios Santo! No me digas que llevas a esa criatura repugnante en el bolso.

Leyó en la expresión de Kimmie que, en efecto, así era.

– Estás mal de la cabeza. Llévatela de aquí.

– ¿Por qué dejaste entrar a Kristian? ¿Por qué le dejaste meterse en mi habitación? Sabías que estaba embarazada. Te había dicho que quería tranquilidad.

– ¿Que por qué? A mí, tú y esa bastarda tuya me traíais sin cuidado. ¿Qué te habías creído?

– Y estabas aquí sentada mientras él me mataba a golpes. Tuviste que oírlo. Tuviste que enterarte de cuántas veces me dio. ¿Por qué no llamaste a la policía?

1 ... 73 74 75 76 77 78 79 80 81 ... 96
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)