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El vals lento de las tortugas

Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:

La novela continúa con la vida de las y los protagonistas de Los ojos amarillos de los cocodrilos: Joséphine y Zoé se han instalado en un buen barrio de París gracias al éxito de la novela que finalmente ha reivindicado su verdadera autora.
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
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– Oh, pero… ¡qué violencia! -exclamó Joséphine, horrorizada. Nunca hubiese creído que…

– Siempre es así-suspiró el señor Merson-. Lefloc-Pignel obliga a la copropiedad a gastos que revientan a la tacaña Bassonnière. Espera así mantener su rango y que el edificio brille. Ella suelta la pasta con la artrosis del usurero. Además, sería posible que ella pudiese conocer cosas sobre su origen que a él le gustaría mejor callar. ¡Ja, ja! Ya lo ha notado usted: cuando estoy rodeado de esta clase de personas, ¡hablo en condicional! En otras circunstancias, hablo como un camionero…

La miró apreciativamente con una gran sonrisa dándose golpecitos en el pecho.

– ¡Eso no impide que tenga usted unos tobillos y unas muñecas muy finos! Finísimos, muy bonitos, una invitación a la caricia…

– ¡Señor Merson!

– Me gustan las mujeres bonitas. Creo incluso que me gustan todas las mujeres. Las venero. Particularmente cuando se entregan. Entonces… ¡La belleza femenina consigue una perfección casi mística! Es, a mis ojos, una prueba de que Dios existe. Una mujer gozando siempre es hermosa.

Silbó de excitación, cruzó y volvió a separar las piernas y lanzó una mirada carnívora sobre Joséphine, que no pudo impedirse ahogar una risita.

Él hizo una pausa y prosiguió:

– ¿Cómo cree usted que será, cuando goza, la Bassonnière? ¿Entregada cerrada o entregada abierta y blanda? ¡Apostaría a que entregada cerrada con dos candados! ¡Y seca como una pasa! Ni carnal ni voluptuosa. ¡Lástima!

Y como Joséphine no respondía, se puso a contarle los días de gloria de la familia Bassonnière, susurrando escondido tras la palma de su mano, lo que daba una impresión de intimidad que no pasaba desapercibida.

La señorita de Bassonnière procedía de una familia noble y arruinada que, originalmente, poseía todo el edificio, además de dos o tres más en el barrio. No tenía más que nueve años cuando sorprendió, con la oreja pegada a la puerta del despacho de su padre, los sombríos gemidos de un hombre abocado a la ruina. Anunciaba a su mujer el lamentable estado de sus finanzas y cómo habría que resignarse a vender, uno por uno, sus bienes inmobiliarios. «¡Podremos estar contentos si conseguimos conservar uno, de buena calidad, en la parte noble!», había dicho, hundido ante la idea de verse despojado de ese patrimonio, que le permitía mantener caballos de polo, amantes y apostar al póquer los miércoles por la tarde. La familia vivía entonces en el cuarto piso del inmueble A, en la vivienda ocupada por los Lefloc-Pignel.

Ése fue el primer golpe que recibió Sybille de Bassonnière. Las deudas de su padre fueron creciendo; tenía dieciocho años cuando tuvieron que dejar el edificio A para refugiarse en el sombrío piso de dos dormitorios en el patio del inmueble B, donde antes se alojaba su vieja sirvienta, Mélanie Biffoit, y su esposo, el chofer del señor de Bassonnière. Antaño había escuchado lanzar puyas a la pobre Mélanie, que se contentaba con tan poco. «Así son los pobres», decía su madre, «les das un mendrugo de pan, y te besan la mano. ¡Colmarles no es hacerles ningún bien! Sacia a un pobre, y se convierte en un rabioso».

Sin dinero, la señorita de Bassonnière había elegido convertir su miseria en sacerdocio. Se jactaba de no haber cedido nunca al canto de las sirenas del dinero, de la gloria o del poder, olvidando simplemente que no tenía medios para satisfacer ninguna de esas tres tentaciones. Se había convertido, pues, en una amarga solterona. Como reprochaba a su padre el haberlos arruinado, reprochó a todos los hombres el ser criaturas débiles, cobardes y manirrotas.

Se había jubilado tras una larga carrera de mecanógrafa en el Ministerio de Marina. En cada reunión de copropietarios escupía su veneno. Era su única válvula de escape. El resto del año ahorraba para pagar los alocados gastos impuestos por los A.

Tras haber provocado a Lefloc-Pignel, pasó al señor Merson reprochándole algo sobre una moto mal aparcada, hizo una alusión a su sexualidad desenfrenada, con lo que consiguió que ronroneara de satisfacción, y, viendo que sus propósitos, más que ofenderle, le divertían, se volvió contra el señor Van den Brock y el piano de su mujer.

– ¡Y me gustaría que cesara ese estrépito que sale a todas horas de su casa!

– No es estrépito, señora, ¡es Mozart! -replicó el señor Van den Brock.

– ¡No veo la diferencia, cuando es su mujer la que toca! -silbó la víbora.

– ¡Cámbiese el sonotone! ¡Está saturado!

– ¡Vuélvase a su país! ¡Aquí sí que estamos saturados!

– Pero si yo soy francés, señora, y orgulloso de serlo…

– ¿Van den Brock? ¿Eso es francés?

– Sí, señora.

– ¡Un mestizo rubio y ambicioso, que siembra de bastardos el vientre de sus pacientes violadas!

– ¡Señora! -gritó el señor Van den Brock, que se había quedado sin aliento por la enormidad de la acusación.

El administrador, agotado, había tirado la toalla. Dibujaba círculos y cuadrados con el bolígrafo sobre la primera página del orden del día, y su codo parecía que ya no podría sostener mucho más tiempo el peso de su cabeza. Quedaban todavía trece puntos que tratar y eran las siete de la tarde. En cada reunión asistía a las mismas escenas y se preguntaba cómo esa gente conseguía cohabitar el resto del año.

Todos hicieron su aportación sobre el racismo, la intolerancia y lo exagerado del comentario, pero la señorita de Bassonnière no dio su brazo a torcer, apoyada en sus lanzamientos de bilis por el señor Pinarelli, que puntuaba todas sus intervenciones con un «¡muy bien dicho!» que la animaba si, por ventura, sentía la tentación de calmarse.

– Los Bassonnière y los Pinarelli viven en el edificio desde siempre y es como si hubiesen invadido sus dominios. ¡Somos sus inmigrantes! -explicó el señor Merson.

– Esa mujer es peligrosa -comentó Joséphine-. ¡Transpira odio!

– Ya le han partido la cara dos veces. La primera un árabe al que había llamado parásito social en correos, la otra un polaco al que había acusado de ser nazi. Le había tomado por un alemán. En lugar de calmarse, esas agresiones refuerzan su amargura; se considera una víctima, y clama injusticia y complot mundial. Cambiamos de conserje cada dos años por culpa de ella. Las martiriza, las acosa y el administrador cede. Pero Pinarelli tampoco está mal. ¿Sabía usted que no soporta a Iphigénie, a la que acusa de tener hijos en pecado? «¡Hijos en pecado!». ¡Eso es una expresión del siglo pasado!

– ¡Pero si tiene marido! El problema es que está en la cárcel… -se rio Joséphine.

– ¿Y usted cómo lo sabe?

– Me lo dijo ella…

– ¿Se lleva usted bien con ella?

– Sí. La quiero mucho. Y sé que quiere organizar una fiestecita en la portería cuando terminen las obras… ¡Va a ser difícil! -suspiró Joséphine considerando a la asamblea.

El señor Merson se echó a reír, lo que sonó como un trueno en la sala. Todo el mundo se volvió hacia él.

– Han sido los nervios -se disculpó con una gran sonrisa-. Pero, al menos, servirá para calmarnos. Señorita de Bassonnière, no es usted digna de pertenecer a nuestra comunidad.

Al escuchar la palabra «comunidad», Bassonnière estuvo a punto de atragantarse balbuceando que, de todas formas, era demasiado tarde, que Francia agonizaba, el mal estaba hecho, el vicio y el extranjero reinaban en el país.

Se oyó un murmullo reprobador en la sala y el administrador, aprovechando la relativa calma, retomó el orden del día. A cada propuesta, los B votaban no, los A, sí y en la atmósfera aumentaba la tensión. ¿Renovación de puertas de las partes comunes situadas en el patio? Sí. ¿Obras de renovación de los cerramientos de zinc? Sí. ¿Obras de saneamiento del local de la basura y creación de recipientes apropiados? Sí.

Joséphine decidió desconectar y volar hacia un océano azul, con palmeras y una playa de arena blanca. Se imaginó pequeñas olas lamiéndole los tobillos, el sol a su espalda, la arena pegada a su vientre, y se relajó. Escuchó, cada vez más lejanos, trozos de frases, de términos bárbaros, «constitución de provisiones especiales», «modalidades de consulta», «cobertura y carpintería» que turbaban su paraíso, pero prosiguió con su ensoñación. Había contado a Shirley la frase escrita por Philippe en la guarda del libro.

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