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El vals lento de las tortugas

Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:

La novela continúa con la vida de las y los protagonistas de Los ojos amarillos de los cocodrilos: Joséphine y Zoé se han instalado en un buen barrio de París gracias al éxito de la novela que finalmente ha reivindicado su verdadera autora.
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
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* * *

Joséphine abrió la puerta de la sala donde tenía lugar la reunión de copropietarios, en el mismo momento en el que se votaba para designar quién presidiría la sesión. Llegaba tarde. Shirley había llamado cuando iba a salir. Después, había esperado al autobús maldiciendo, ¡con todo el dinero que he ganado podría coger un taxi! El dinero hay que aprender a gastarlo. Se aprende a ganar y se aprende a gastar. Siempre sentía mala conciencia cuando lo dilapidaba en pequeñas comodidades, dulces y golosinas de la vida. Seguía concibiendo los gastos para cosas «importantes»: el piso, el coche, los estudios de Hortense, las tasas, los impuestos. Para lo fútil, sentía repugnancia en gastar. Miraba tres veces el precio de un abrigo y rechazaba los perfumes a noventa y nueve euros.

Parecía un aula de examen. Unas cuarenta personas estaban sentadas delante de papeles colocados sobre la mesita de sus asientos. Fue a sentarse al fondo de la sala, al lado de un hombre de rostro redondo, pelo mal peinado y echado sobre su silla como si fuera una tumbona. Sólo le faltaba la crema solar y la sombrilla. Tamborileaba al compás con las piernas cruzadas, mirándose la punta de los zapatos. Se había debido de perder un acorde, porque se interrumpió y murmuró: «¡Mierda!, ¡mierda!», antes de proseguir el tamborileo.

– Buenas tardes -dijo Joséphine dejándose caer sobre la silla vecina-. Soy la señora Cortès, del quinto…

– Y yo, el señor Merson, el padre de Paul… y marido de la señora Merson -respondió él, y todas sus arrugas se elevaron en forma de una alegre sonrisa.

– Encantada -dijo Joséphine, ruborizándose.

Tenía una mirada penetrante que intentaba ver a través de la ropa. Como si quisiese leer la marca de su sujetador.

– ¿Hay un señor Cortès? -preguntó haciendo inclinar el peso de su cuerpo hacia ella.

Joséphine, turbada, hizo como si no lo hubiese oído.

Pinarelli hijo levantó la mano a fin de proponerse para presidir la sesión.

– ¡Anda! ¡Ha venido sin su mamá! ¡Qué audacia! -soltó el señor Merson.

Una señora de unos cincuenta años de rostro severo, sentada delante de él, se volvió y le fulminó con la mirada. Delgada, casi esquelética, el pelo como un casco negro, las cejas de carbón unidas en una maleza espesa, se parecía a uno de esos espantapájaros que plantan en el campo para asustar a las aves.

– ¡Un poco de decencia, se lo ruego! -graznó.

– Bromeaba, señora de Bassonnière, bromeaba… -respondió él con una amplia sonrisa.

Ella se encogió de hombros y se giró, haciendo un ruido de hoja de cuchillo rasgando el aire. El señor Merson hizo una mueca infantil.

– Tienen muy poco sentido del humor, ¡se va a dar usted cuenta enseguida!

– ¿Me he perdido algo importante?

– ¡Me temo que no! Las puñaladas empezarán más tarde. Por el momento, estamos en los entremeses. Las lanzas están guardadas todavía… ¿Es su primera vez?

– Sí. Me mudé en septiembre.

– Entonces, bienvenida a La matanza de Texas… No le va a decepcionar. ¡Va a correr la sangre!

La mirada de Joséphine peinó la sala. En primera fila reconoció a Hervé Lefloc-Pignel, sentado al lado del señor Van den Brock.

Los dos hombres intercambiaban impresos. Un poco más lejos, en la misma fila, el señor Pinarelli. Se habían cuidado de dejar tres sillas vacías entre ellos.

El administrador, un hombre con traje gris, mirada perdida y sonrisa suave y conciliadora, decretó que el señor Pinarelli presidiría la sesión. Faltaba elegir un secretario y dos vocales. Se alzaron manos, ávidas de ser elegidas.

– ¡Es su momento de gloria!-susurró el señor Merson-. Va usted a comprender la embriaguez del poder.

El orden del día se componía de veintiséis artículos y Joséphine se preguntó cuánto tiempo duraría la asamblea general. Cada punto tratado estaba sometido a votación. El primer tema de discordia fue el abeto de Navidad que Iphigénie había colocado en el vestíbulo del edificio durante las fiestas.

– Ochenta y cinco euros un abeto -chilló el señor Pinarelli-. Esos gastos deberían ser sufragados por la portera, teniendo en cuenta que ese abeto se instala, evidentemente, para forzar los aguinaldos. Y sin embargo, no me parece que nos corresponda, en calidad de copropietarios, ni un céntimo de ese dinero recolectado. Así pues, propongo que, de ahora en adelante, sea ella la que pague el abeto y las decoraciones de Navidad. Y que reembolse los gastos ocasionados este año.

– Estoy de acuerdo con el señor Pinarelli. -La señorita de Bassonnière se pavoneó elevando su pecho hueco-. Y expreso reservas respecto a esa portera que se nos ha impuesto una vez más.

– Pero bueno -exclamó Hervé Lefloc-Pignel-, ¡no son más que ochenta y cinco euros a repartir entre cuarenta!

– ¡Resulta fácil mostrarse generoso con el dinero de otros! -silbó la señorita de Bassonnière con voz aguda.

– ¡Ja! ¡Ja!-comentó en un aparte el señor Merson-, ¡la primera estocada! Esta noche están en forma. Normalmente tardan más en calentarse.

– ¿Qué insinúa usted con esa frase? -preguntó Hervé Lefloc-Pignel enfrentándose a su adversaria.

– ¡Digo que se gasta más fácilmente el dinero cuando no hay que ganarlo con el sudor de su frente!

Joséphine pensó que Lefloc-Pignel iba a desmayarse. Tuvo un sobresalto y se puso lívido.

– ¡Señora! ¡La insto a que retire sus insinuaciones! -exclamó, ahogado en el cuello de su camisa.

– ¡Pero bueno, señor Yerno! -rio la señorita de Bassonnière, bajando el rostro para saborear su éxito.

Joséphine se inclinó hacia el señor Merson y preguntó:

– Pero ¿de qué están hablando?

– Ella le reprocha ser el yerno de su suegro, que es el dueño del banco donde ostenta el cargo de director general. Un banco privado de negocios. Pero es la primera vez que es tan explícita. Debe de ser en honor a usted. Es una especie de iniciación… y una advertencia para evitar roces con ella, si no irá a remover en su pasado. Tiene un tío en el Archivo General y posee fichas de todos los habitantes del edificio.

– ¡No continuaré esta reunión si la señorita de Bassonnière no se disculpa públicamente! -rugió Lefloc-Pignel dirigiéndose al administrador, cuya mirada incómoda flotaba sobre la asamblea.

– Ni hablar -gruñó la enemiga, erguida y estremeciéndose.

– Es la rutina. Se pinchan, miden las distancias -comentó el señor Merson-. ¿Sabe que tiene usted unas piernas preciosas?

Joséphine enrojeció y cubrió sus rodillas con el impermeable.

– Señora, caballero, les pido que entren en razón -intervino el administrador, secándose la frente, estremecido por esa primera justa verbal.

– ¡Espero sus disculpas! -insistió Hervé Lefloc-Pignel.

– ¡No se las daré!

– Señorita, no me retiraré porque el decimoctavo punto requiere mi presencia, pero sepa que si no fuese usted una mujer ¡iríamos a discutir a la calle!

– ¡Oh! ¡No me da miedo! ¡Cuando se sabe de dónde viene ese señor! Un paleto… Ay, ¡inconvenientes de la copropiedad!

Hervé Lefloc-Pignel temblaba. Las venas de su frente se hinchaban, a punto de estallar. Se balanceaba sobre sus largas piernas, dispuesto a masacrar a la grosera que, encantada, proseguía, vomitando su bilis:

– Su mujer divaga por los pasillos y su hija se pasea moviendo las caderas. ¡Bravo!

Lefloc-Pignel dio un paso hacia la mujer. Joséphine creyó por un instante que iba a pegarle, pero el señor Van den Brock intervino. Se levantó, le dijo algo al oído y Lefloc-Pignel terminó sentándose, no sin haber lanzado una mirada asesina a la víbora. De esa escena brotaba una violencia extraña. Como si fuera la repetición de una obra en la que todos los actores saben el final, pero en la que cada uno quiere interpretar su papel sin falta.

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