Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Детская проза » El vals lento de las tortugas
El vals lento de las tortugas - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El vals lento de las tortugas

Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:

La novela continúa con la vida de las y los protagonistas de Los ojos amarillos de los cocodrilos: Joséphine y Zoé se han instalado en un buen barrio de París gracias al éxito de la novela que finalmente ha reivindicado su verdadera autora.
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
1 ... 76 77 78 79 80 81 82 83 84 ... 155
Перейти на страницу:

– No es buena idea. Nadie se habla en el edificio.

– Pero vendrá mi hermana Iris…

Había dicho eso para convencerle de que viniese. Iris seguía siendo su alegría, su llave mágica. La que abría todas las puertas. Recordaba, de pequeña, que cuando deseaba invitar a amigos a su casa y se mostraban reticentes, añadía, avergonzada por no suscitar adhesiones: «Estará mi hermana». Y venían. Y ella se sentía aún más desgraciada.

– Me pasaré entonces. Para complacerla a usted.

No pudo evitar pensar que él se sentiría atraído por Iris. Y que Iris se sorprendería de que ella conociese a un hombre tan seductor. ¡Deja de compararte con ella, pobre mujer, déjalo! O serás infeliz toda la eternidad. Siempre se pierde en la comparación.

Se separaron en el ascensor con un pequeño saludo con la cabeza. Él había vuelto a tomar distancias y ella se preguntó si aquél era el hombre que acababa de abrir su corazón.

Zoé no estaba en su habitación: había debido de marcharse al trastero de Paul Merson. Ya no le pedía permiso.

– Ya basta -declaró a las estrellas, los codos apoyados en la barandilla del balcón-. ¡Ayudadme! Haced que vuelva a hablarme. Este silencio es insoportable.

Permaneció largo tiempo mirando a la noche sombría y malva. El cuello empezaba a dolerle a fuerza de estirarlo hacia el cielo.

Esperaba a que las estrellas le respondieran y tuviera que quedarse allí pudriéndose, no importaba, ¡se pudriría!

Esperó, firme, la cabeza recta. Había prometido reparación si había herido a Zoé, había prometido entenderla, prometió cuestionarse, no huir cobardemente, si había un problema que afrontar. Hizo el vacío dentro de sí y permaneció erguida hacia el cielo. Los grandes árboles del parque ondeaban suavemente como si acompañasen su espera. Se deslizó por las ramas para hacer su petición y para que subiese hasta el cielo y fuera atendida.

Pronto percibió el brillo de la estrellita al final de la Osa Mayor. Le envió uno, dos y tres rayos como si le transmitiese un mensaje en Morse. Lanzó un grito.

Volvió a cerrar la ventana y, llena de una felicidad que cantaba a voz en grito, fue a acostarse, impaciente de que llegase el día siguiente. O el siguiente. O el siguiente… Ya no tenía prisa.

* * *

Sibylle de Bassonnière abrió la tapa del cubo de la basura e hizo una mueca. Un olor rancio de pescado graso ascendió de los detritus. Decidió bajarla sin esperar. Había comido salmón esa noche, y la basura apestaba. Se acabó, no lo tomaré nunca más. Primero cuesta caro, después se chamusca y se pega, y al final apesta. Apesta en la sartén, apesta en la basura, apesta hasta en mis dobles cortinas. Durante varios días sigue oliendo a la grasa quemada del salmón. Cada vez me dejo engañar por ese pescadero, por su discursito sobre el omega 3, el colesterol bueno y el malo. Desde ahora compraré fletán. Es más barato y no apesta. Mamá hacía siempre fletán los viernes.

Se puso la bata comprada por correspondencia en Damart, se calzó las zapatillas, se puso un par de guantes de goma y cogió la basura. Sacaba la basura cada noche, a las diez y media, era un rito, pero esa noche se había dicho que esperaría al día siguiente.

No esperaría. Un rito era un rito, y convenía respetarlo para conservar la estima por uno mismo.

Hizo una pequeña mueca de mujer glotona y se dijo que, a fin de cuentas, no se arrepentía del salmón. Era su lujo semanal. ¡Se lo merecía! Les había apretado bien las tuercas esa tarde. Había ensartado la brocheta al completo: Lefloc-Pignel, Van den Brock y Merson. Tres impudentes que vivían en sus propiedades. El primero había conseguido borrar sus orígenes gracias a su matrimonio, el segundo era un peligroso impostor y el tercero un desvergonzado y orgulloso de serlo. Sabía de ellos cosas que nadie más conocía. Gracias a su tío, el hermano de su madre. Había trabajado en la policía. En el Ministerio del Interior. Tenía fichas de todo el mundo. Cuando era pequeña, cogía un periódico, se sentaba sobre sus rodillas, señalaba un suceso con el dedo y decía cuéntame cómo han detenido a éste. Él le susurraba al oído no se lo dirás a nadie, ¿eh?, es un secreto. Ella asentía con la cabeza y él le contaba los seguimientos, las emboscadas, los soplones, las largas horas de espera antes de que el hombre cayera en las redes de la policía. Vivo o muerto. Había traiciones, imprudencias, advertencias, tiroteos y siempre, siempre, drama y sangre. Era mucho más interesante que los libros de la biblioteca verde o rosa que su madre le obligaba a leer.

Ella le había cogido el gusto a los secretos.

Él le había cogido el gusto a las fichas e incluso después de retirarse conservaba todavía sus dossiers. Puestos al día. Porque él hacía favores. Porque era mudo como una tumba, flexible en sus alianzas, tolerante ante los excesos de autoridad de unos o las debilidades de otros.

De esa forma se había enterado del origen de Lefloc-Pignel, de su largo ir y venir durante su infancia de niño adoptado y rechazado por todos, de los hogares de acogida a cual más sórdido, de su matrimonio inesperado con la joven Mangeain-Dupuy y de su ascenso a la alta sociedad. Ella sabía por qué Van den Brock había dejado Amberes y había venido a ejercer a Francia, «¿error médico?, más bien crimen perfecto», se divertía ella murmurándoselo a la salida de sus reuniones anuales en las que se enfrentaba a sus tres víctimas. ¿Y el libidinoso Merson? ¿Acaso no iba a ligar a los clubes de orgías? ¿No abandonaba su cuerpo a uniones infames? Tendría mal efecto que se supiese… Su tío tenía fotos. Merson parecía reírse de ello, pero reiría menos si acabasen sobre la mesa de su jefe, el muy austero señor Lampalle, de Construcciones Lampalle, «las casas para la felicidad y la familia». Adiós suculento salario y expectativas de ascenso. Sólo dependía de ella que ese prometedor futuro se desvaneciera.

Los tenía cogidos. Una vez al año, les lanzaba advertencias. Era su gran momento. Se preparaba con semanas de antelación. Esta vez, Van den Brock había estado a punto de desmayarse. Ella tenía el informe completo de su «error» médico. Se rio para sus adentros y se imaginó la apertura de un nuevo juicio. Con todas sus amantes, presentes y pasadas. ¡Menudo montón de trapos sucios! Todo aquello la hacía muy poderosa. No bastaba para que le devolviesen el edificio y su hermoso piso de la fachada, pero eran deliciosas inyecciones de recuerdos del tiempo en el que ella era alguien, en el que los inquilinos le sonreían, le preguntaban cómo estaba. Hoy le cerraban la puerta en las narices. Era una vieja solterona inútil.

Entró en el ascensor, manteniendo a distancia la bolsa de basura que apestaba a salmón. Pulsó el botón del bajo. La nueva, con su mirada de cervatillo perdido, le había devuelto las fuerzas. Su dossier estaba vacío. ¿El libro escrito para su hermana? Un secreto desvelado. Pero su marido, en cambio… Aquel hombre no era trigo limpio. La santurrona no lo sabía todo. O prefería ignorarlo. No había renunciado a enterarse de algo sobre ella. Era la divisa de su tío: toda persona tiene su secreto, su pequeña maldad que, bien explotada, hará de él un servidor o un aliado.

Atravesó el patio y se dirigió al cuarto de la basura.

Abrió la puerta. Un olor a moho húmedo y a desechos podridos se agarró a su garganta. Se llevó la mano a la boca y se tapó la nariz. ¡Qué pocilga! ¡Y la conserje sin hacer nada! ¡Está demasiado ocupada pintando su portería! Pero aquello iba a cambiar, hablaría con el administrador. Ella sabía cómo hablarle.

Se congratuló de haberse puesto guantes de goma y levantó la pesada tapa del primer contenedor de basura, echándose atrás para no recibir en la nariz los gases nauseabundos. ¡Qué asco! En tiempos de mis padres no se habría soportado tanta mugre. Mañana mando una carta al administrador y reclamo el despido de esa chica. El, ahora, ya conoce el procedimiento de memoria, no necesito insistir, ni siquiera tendré que mencionar el nombre de su amante encarcelado. ¡Cuando pienso que ha contratado a esa chica sin preocuparse por sus relaciones! ¡El padre de sus hijos, un criminal! ¡Qué negligencia! Le pondré el dossier delante de sus narices.

1 ... 76 77 78 79 80 81 82 83 84 ... 155
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)