El vals lento de las tortugas
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
– Suénate -dijo cogiendo un kleenex.
– ¡Eso! ¡Para arruinar mi maquillaje de Yves Saint Laurent que cuesta un ojo de la cara!
El hizo una bola con el pañuelo y lo tiró.
Estallaba la anunciada tormenta, el rímel chorreaba sobre las mejillas marcadas de negro y beige. Él miró el reloj. Iban con retraso.
– ¡Sois todos iguales! ¡Unos cobardes! ¡Unos cabrones cobardes! ¡Eso es lo que sois! ¡No os libráis ninguno!
Rugía como si se enfrentase a todos los hombres que habían abusado de ella, se habían echado encima de ella una noche y se habían despedido con un SMS.
¿Por qué, si tienes una idea tan pésima de los hombres, pareces extrañada?, pensó Philippe. ¿Por qué sigues teniendo esperanzas? Debería ser lo contrario: yo que les conozco bien, sé que no se debe esperar nada de ellos. Los uso y los tiro. Ya que no alcanzan el espesor de un kleenex.
Permanecieron silenciosos, cada uno emboscado en sus preguntas, su soledad, su cólera. Quiero una piel contra la que frotarme, pero una piel que me hable y que me ame, rumiaba Dottie. Me gustaría que Joséphine saltara a un tren y viniese conmigo, que me concediese una noche. Philippe, please! Love me!, imploraba Dottie. ¡Mierda! ¡Joséphine, una noche, una sola noche!, ordenaba Philippe.
Los fantasmas a los que se dirigían no respondían y se encontraron frente a frente, incómodos, cada uno, por un amor que no se podían intercambiar.
Philippe no sabía qué hacer con sus brazos. Los pegó a lo largo de su cuerpo, cogió su abrigo, su bufanda y salió. Iría a ver La Gioconda sin chica colgada del brazo.
Dottie lanzó una última queja antes de tirarse en la cama, en medio de sus pequeños cojines Won't you be my sweetheart? I'm so lonely que ella lanzó por toda la habitación como una violenta borrasca. Ya no sería nunca más la querida de un hombre. Había terminado con ellos. Sería como Marilyn: «I'm through with love…».
– ¡Vete! ¡Mejor para mí! -gritó una última vez volviéndose hacia la puerta.
Se levantó titubeando, introdujo el DVD de Con faldas y a lo loco en el lector y se enrolló entre las mantas. Al menos, esa historia acababa bien. En el último minuto, cuando todo parecía perdido, cuando Marilyn, envuelta en una fina muselina, lloraba su canción sobre el escenario, Tony Curtís se lanzaba sobre ella, la besaba y se la llevaba.
¿En el último minuto?
Un brillo de esperanza la iluminó.
Se precipitó hacia la ventana, levantó la persiana, escrutó la calle.
Y se insultó.
«La vida es bella. La vida es bella», canturreaba Zoé al salir de la panadería. Tenía ganas de bailar en la calle, de decir a los peatones: ¡Eh! ¿Sabéis qué? ¡Estoy enamorada! ¡De verdad! ¿Que cómo lo sé? Porque me río sola y tengo la impresión de que mi corazón va a explotar cuando nos besamos.
¿Cuándo nos besamos?
Justo después de salir de clase, vamos a un bar, nos sentamos en el fondo de la sala, allí donde estamos seguros de que nadie nos va a ver, y nos besamos. Al principio, no sabía cómo se hacía, era la primera vez, pero él tampoco lo sabía. Era su primera vez, también. Yo abría mucho la boca y él decía, no estás en el dentista. Así que lo hicimos como en las películas.
¡Eh! ¿Sabéis qué? Se llama Gaétan. Es el nombre más bonito del mundo. Primero, tiene dos «aes», y a mí me gustan las «aes», después hay una «G». Me gustan las ges. Y, por encima de todo, cuando hacen «Ga…».
¿Cómo es él?
Más alto que yo, rubio, ojos no muy grandes y muy serios. Le gustan el sol y los gatos. Odia las tortugas. No está muy cachas, pero cuando me estrecha entre sus brazos, es como si tuviese tres millones de músculos. Tiene un olor, no a perfume, huele bien, me encanta. Prefiere caminar a coger el metro y su chica se llama ZOÉ CORTÈS.
No sabía que me produciría este efecto, ¡tengo ganas de gritar al mundo entero en la calle! De hecho no, tengo ganas de susurrárselo a todo el mundo como un secreto que no puedo impedirme contar. Me estoy liando. Bueno, tiene algo de secreto. Un secreto superimportante que no debería contar, pero que tengo muchísimas ganas de gritar. De todas formas, aparentemente, se desvela él solito, mi secreto. Lo cuento sin hablar. En mi cabeza empieza a haber un cacao de cuidado. Y además siento una cosa rara, porque tengo la impresión de brillar. Es como si fuese más grande, más alta y además, de golpe, me he vuelto guapa. ¡Ya no tengo miedo de nadie! Hasta las chicas del Elle me dan igual.
Al salir del colegio, esta tarde, hemos decidido ir al cine. El ha encontrado una excusa para sus padres. Yo no la necesito. A mi madre ya no le hablo en este momento. Me ha decepcionado demasiado. Cuando estoy frente a ella, veo a la que besa a Philippe en la boca, y no me gusta. No me gusta nada.
Pero, al final, no importa porque… Soy feliz, feliz.
Ya no soy la misma. Y sin embargo, soy la misma. Parece como si tuviese un gran globo en la garganta, como si tragara mucho aire. Parece como si el corazón se echase a volar, latiendo como una cacerola, justo antes de verlo, de tanto miedo que tengo a no ser lo bastante guapa, a que ya no me quiera y tal. Tengo miedo todo el tiempo. Voy a las citas de puntillas, por miedo a que cambie de opinión.
Cuando nos besamos, tengo ganas de reír y siento una sonrisa en sus labios. No cierro los ojos, sólo para ver sus párpados cerrados.
Cuando paseamos por la calle, me coge por los hombros y nos apretamos tan fuerte, que nuestros amigos se quejan porque no vamos lo bastante deprisa.
Sí porque ahora, gracias a él, ¡tengo muchos amigos!
Ayer yo llevaba un jersey sobre los hombros, él me estrechó en sus brazos y me di cuenta de que el jersey se había caído cuando era demasiado tarde… Era un jersey de Hortense, ¡se va a poner furiosa! Me da igual.
Ayer, él dijo: «Zoé Cortès es mi chica», con mirada muy seria, y después me estrechó con fuerza, y creí morir y subir al cielo.
Cuando nos besamos caminando, perdemos el equilibrio continuamente, podríamos componer una canción sobre eso. Él se burla de mí porque me pongo roja. Dice: «Eres la única chica que se sonroja y camina al mismo tiempo».
Ayer sentí ganas de besarle, así, de golpe, en medio de una frase, como si me hubiese picado una abeja. Él se rio cuando le besé, y después, como yo ponía mala cara, me dijo excusándose «es porque estoy contento» y sentí aún más ganas de besarle.
Siempre tengo ganas de que me estreche en sus brazos. No tengo ganas de hacer el amor con él, sólo de estar con él. De hecho, no hemos hecho el amor. No hablamos de eso. Nos abrazamos muy fuerte. Y volamos.
A mí me basta con estar entre sus brazos. Podría quedarme así horas. Cerramos los ojos y despegamos. Nos decimos: «Mañana nos vamos a Roma, el domingo a Nápoles». Tiene debilidad por Italia. Se burla de mí porque le digo que mi último amor era Marius, de Los miserables. Él prefiere a las actrices, a las rubias. Dice que yo soy casi rubia. Tengo reflejos en el pelo y, bajo cierta luz, se diría que soy rubia. Lo mejor, qué tontería, es cuando nos separamos. Tengo la impresión de que hay algo que va a salir de mi pecho y de mi vientre, de lo feliz que me siento. Algo va a explotar y sacar mis entrañas a la vista de todos.
En este momento, tengo una sonrisa que se pega ella sola a mis labios, y escucho una música guay en mi cabeza. Y al mismo tiempo tengo como una impresión de algo irreal, como si todo no fuese verdad. He formulado un deseo, el deseo de que me quiera todavía mañana por la mañana y pasado mañana, porque siempre tengo miedo de que esto se acabe.
No le he dicho nada a mi madre. Y me fastidia cuando lo pienso. Me pregunto si a ella, también, le explotan las entrañas cuando piensa en Philippe. Me pregunto si el amor es igual a todas las edades…