El vals lento de las tortugas
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
– ¡Se le da a usted bien! -dijo.
– A eso se le llama tener experiencia -replicó la chica, volviendo la cabeza hacia el hombre que se impacientaba y reclamaba su café.
– En todo caso, yo, ¡estoy con la boca abierta!
– ¡Ay! ¡Si pudiesen ser todos como usted! ¡Los hay que son auténticos tocapelotas! ¡Ya lo verá! -respondió descubriendo una fila de dientes blancos que reían.
– ¿Está usted siempre tan alegre? -siguió el señor Sandoz sin dejar de mirarla.
Ella sonrió con una amabilidad casi maternal. Un mechón de pelo cayó sobre sus ojos claros y sacudió la cabeza para devolverlo a su lugar.
– Voy a contarle un secreto: ¡estoy enamorada!
– ¡Pero bueno! ¡Señorita! ¡Esto es inadmisible! -gritó el hombre elegante agitando el brazo.
– ¡Vale, vale! ¡Ya voy!-dijo la camarera incorporándose, el café en equilibrio sobre su mano-. Y cuando se está enamorada, se ve la vida de color de rosa, ¿verdad?
– Eso seguro -respondió el señor Sandoz-. Pero para eso hay que ser dos…
Iphigénie no parecía sensible a las miradas ardientes que le lanzaba. Cuando tenía ganas de hablarle de él, de ella, le respondía clavos y tornillos, cola para madera y pincel. Si sentía la tentación de poner un índice sobre la arruga de la frente de Iphigénie para alisarla, ella giraba sobre sí misma y se iba a guardar los cubos de basura o a limpiar los cristales. Hacía tímidos acercamientos que ella no notaba. Extendió la servilleta de papel sobre su camisa blanca, cortó un trozo de salchicha, se llevó el tenedor a la boca y siguió con la mirada a Valérie, que se acercaba a la mesa del hombre elegante y de la libélula, café en mano.
En ese mismo instante, una mujer empujó su silla y golpeó a la camarera que, desequilibrada, tropezó. El café se volcó, salpicando el impermeable blanco del hombre elegante que dio un salto en su silla.
– Lo siento -dijo Valérie, cogiendo el trapo que llevaba sobre su hombro-, no he visto levantarse a la señora y…
Intentaba borrar los restos de café sobre la manga del impermeable. Frotaba y frotaba con la cabeza agachada.
– ¡Pero si me ha escaldado! -gritó el hombre incorporándose, furioso.
– ¡Bueno, no exagere! Ya le he dicho que lo siento…
– ¡Y encima me insulta!
– ¡No le estoy insultando! Le he dicho que lo siento…
– ¡Vaya forma de sentirlo!
– ¡No va usted a montar un drama! ¡Ya le he dicho que no he visto a la señora!
– ¡Y yo le digo que me ha insultado usted!
– ¡Pero bueno! ¡Qué tío! ¡No merece la pena ponerse en ese estado! ¿Tiene usted otros problemas en la vida? Lleve al tinte el impermeable que no le costará un céntimo, ¡para eso están los seguros!
El hombre elegante balbuceaba de indignación. Intentaba que la libélula tomase partido por él, y la libélula miraba a Valérie, con lo que parecía un brillo de apetito en su rostro de pergamino. Debe de encontrarla guapa como mujer indignada. Ella se había enfurecido y sus mejillas pálidas habían enrojecido. Es cierto que está aún más guapa cuando se anima. Con veinte años ¿qué podía saber de la vida? Sabía defenderse, estaba claro, pero con la impetuosidad de la juventud. Y el hombre elegante parecía ofuscado.
Se había levantado, había cogido su impermeable bajo el brazo y se disponía a abandonar la cafetería, dejando a la libélula para que se ocupase de la cuenta.
– Pero… ¡es usted un cretino! ¡Ya le he dicho que estamos asegurados! -repitió Valérie al verle marchar-. ¡Ese tío es un idiota!
El señor Sandoz creyó entonces que el hombre elegante iba a pegarle. Esbozó el gesto pero se contuvo y salió escupiendo su cólera.
La libélula se había quedado en la mesa y esperaba a que la camarera le trajera la cuenta. Tendió la mano hacia ella cuando la posó sobre el mantel, y la acarició con sus largos dedos esqueléticos.
– ¡Pero bueno, viejo Drácula perverso! ¡No vas a empezar tú también ahora! -exclamó ella fulminándolo con la mirada.
Él bajó la nariz, falsamente arrepentido, y se retiró como una corriente de aire.
– ¡Vaya! ¡Todos iguales! ¡Siempre intentando propasarse! Ni siquiera te piden opinión…
El señor Sandoz la miró, divertido. Debían de ser numerosos los que intentaban «propasarse» con ella.
La observó un momento. Llevaba anillos plateados en todos los dedos y eso los convertía en un puño americano. ¿Para defenderse? ¿Para rechazar clientes atrevidos? Dos hombres acodados a la barra la seguían con los ojos y, cuando se dirigió hacia ellos, la felicitaron. El señor Sandoz probó el puré, estaba casi frío, y se apresuró a terminarlo antes de que lo estuviese del todo. Era puré químico, puré en copos instantáneo y sabía, por experiencia, que ese puré se convertía pronto en escayola.
Cuando levantó la mano a su vez para pedir un café y la cuenta, la sala estaba casi vacía y la camarera volvió procurando no volcar nada.
– ¿Ocurren a menudo este tipo de incidentes? -preguntó buscando en su bolsillo algo de suelto.
– No sé qué le pasa a la gente de París ¡pero tiene los nervios a flor de piel!
– ¿No es usted de aquí?
– ¡No! -exclamó, volviendo a sonreír-. Yo soy de provincias y, en provincias, ¡le puedo decir que no nos indignamos así! Vamos más despacio.
– ¿Y qué ha venido a hacer a la tierra de los indignados?
– Quiero ser actriz, trabajo para pagarme las clases de teatro… A esos dos los tengo ya fichados desde hace mucho tiempo, siempre con prisas, siempre desagradables ¡y ni un céntimo de propina! ¡Como si fuera su chacha!
La recorrió un escalofrío y su sonrisa feliz se desvaneció de nuevo.
– ¡Vamos! No tiene importancia… -dijo el señor Sandoz.
– ¡Tiene usted razón! -dijo ella-. Sigue siendo una hermosa ciudad, París, ¡si nos olvidamos de la gente!
El señor Sandoz se levantó. Había dejado un billete de cinco euros sobre la mesa.
Ella se lo agradeció con una gran sonrisa.
– Pues usted… ¡Me reconcilia con los hombres! Porque si quiere que le diga un secreto, a mí no me gustan los hombres…
– ¿Y entonces? ¿Te ha respondido? -preguntó Dottie. Esa noche iban a la ópera.
Antes de encontrarse con Dottie, había cenado con Alexandre. «Mamá ha llamado, quiere venir el viernes, me ha dicho que si puedes llamarla», había dicho su hijo con los ojos puestos en su filete bien hecho, separando las patatas fritas, que guardaba para más tarde. Se comía el filete por obligación, y las patatas por glotonería.
– Ah… -había contestado Philippe, pillado por sorpresa-. ¿Teníamos planes para este fin de semana?
– No, que yo sepa… -había respondido Alexandre masticando la carne.
– Porque si tú quieres verla, puede venir. No estamos enfadados, ya lo sabes.
– Simplemente no estáis de acuerdo sobre la forma de ver la vida…
– Eso es. Lo has entendido muy bien.
– ¿Puede traerse a Zoé? Me gustaría ver a Zoé. La echo de menos…
Había pronunciado intensamente el «la» como si no retuviese la proposición de su madre.
– Lo pensaré -había dicho Philippe pensando que la vida se estaba volviendo muy complicada.
– En clase de francés nos han pedido que contemos una historia con un máximo de diez palabras… ¿Quieres saber cómo lo he hecho?
– Por supuesto…
– «Sus padres eran carteros, él acabó matado como un sello…».
– ¡Genial!
– He sacado la mejor nota. ¿Sales esta noche? -Voy a la ópera con una amiga. Dottie Doolittle. -Ah… Cuando sea mayor ¿me llevarás?
– Te lo prometo.
Había besado a su hijo, había caminado hasta el apartamento de Dottie, esperando que durante el paseo se impusiera una solución. No tenía ganas de ver a Iris, pero tampoco quería impedirle que viese a su hijo, ni hablarle demasiado pronto de separación o de divorcio. En cuanto esté mejor, sacaré el tema, se había dicho antes de llamar a la puerta de Dottie Doolittle. Siempre lo dejaba para más tarde.