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El vals lento de las tortugas

Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:

La novela continúa con la vida de las y los protagonistas de Los ojos amarillos de los cocodrilos: Joséphine y Zoé se han instalado en un buen barrio de París gracias al éxito de la novela que finalmente ha reivindicado su verdadera autora.
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
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Estaba sentado en el borde de la bañera, con un vaso de whisky en la mano, y mirando cómo Dottie se maquillaba. Cada vez que levantaba el vaso, el codo golpeaba la cortina de plástico de la ducha, donde una exuberante Marilyn se dislocaba enviando besos. Ante él, vestida con medias y sujetador negros, Dottie se agitaba en un desorden coloreado de polvos, pinceles y coloretes. Cuando fallaba un trazo o una pincelada, juraba como un camionero y repetía:

– ¿Y bien? ¿Te ha contestado o no?

– No.

– ¿Nada de nada? ¿Ni siquiera una pestaña metida en un sobre?

– Nada…

– Pues yo, cuando esté enamorada de un chico, le enviaré una pestaña por correo. Es una prueba de amor, ¿sabes?, porque las pestañas no vuelven a crecer. Nacemos con un capital que no hay que dilapidar…

Se había echado el pelo hacia atrás, lo había aplastado con dos largas pinzas; parecía una adolescente maquillándose a escondidas. Sacó una cajita de barro negro, un pincelito de pelo duro, escupió y frotó el pincel sobre el barro negro. Philippe hizo una mueca. Ella, con los ojos fijos en el espejo, depositaba sobre sus pestañas un espeso escupitajo negro. Escupía, frotaba, apuntaba, colocaba y volvía a empezar. Una cadencia de cuatro tiempos que describían la costumbre, la habilidad, lo que arrastra la feminidad.

– Será por una frase como ésa que un día un chico se enamorará de ti -dijo él, para recordarle que, precisamente, él no era ese chico.

– Los chicos guapos enamorados de las palabras ya no existen. Crecen hablando con su game-boy.

Una gota de agua cayó de la alcachofa de la ducha sobre su cuello y se cambió de sitio.

– Tu ducha tiene goteras…

– No tiene goteras. He debido de cerrar mal el grifo.

La boca completamente abierta, la mirada al cielo, el codo en escuadra, se untaba las cejas cuidando mucho de que la pasta negra no se corriese. Dio un paso atrás, se examinó en el espejo, hizo una mueca y volvió al trabajo.

– No ha sucumbido al espíritu de Sacha Guitry -retomó Philippe, pensativo-. Y sin embargo la frase era bonita…

– Ya encontrarás otra cosa. Te ayudaré. ¡Nada mejor que una mujer para seducir a otra! ¡Vosotros habéis perdido la práctica!

Se mordisqueó los labios, apreció su reflejo en el espejo. Introdujo el índice en un kleenex para borrar la minúscula arruga que se llenaba de negro. Levantó un párpado con un gesto seco de cirujano para introducir en él un bastoncito de rímel gris, cerró el ojo, dejó caer el bastoncito y volvió a abrir un ojo de Nefertiti deslumbrada. Se volvió hacia él con un rápido movimiento de cadera que buscaba el cumplido.

– ¡Muy bonito! -dijo él con una sonrisa rápida.

– Es interesante -respondió ella, repitiendo la operación en el otro ojo-, ¿no crees? ¡Nos vamos a poner los dos manos a la obra para seducir a una mujer!

El la miraba fijamente, fascinado por el ballet de manos, bastoncitos y frascos de rímel, que manejaba como una experta sin derramar el polvo.

– Tú, Christian, y yo, Cyrano. En aquella época, un hombre contrataba a otro para hablar en su lugar.

– Es que los hombres ya no saben hablar a las mujeres… Yo, en todo caso, fracaso. Creo que nunca supe.

Una nueva gota cayó sobre su mano y decidió ir a sentarse sobre la tapa del retrete.

– ¿Has terminado el Cyrano? -preguntó secándose el dorso de la mano con la primera toalla que encontró.

Él le había regalado una edición inglesa de Cyrano de Bergerac.

– Me ha encantado… So french! [12]

Blandió su brocha de rímel, y la agitó recitando los versos en inglés:

Philosopher and scientist,

Poet, musician, duellist

He flew high, and fell back again!

A pretty wit – whose like we lack –

A lover… not like other men [13]

– ¡Es tan hermoso que creí que me moría! Gracias a ti, palpito. Me duermo con la sonata de Scarlatti, leo obras de teatro. Antes palpitaba soñando que me regalaban abrigos de visón, coches, joyas…, hoy espero un libro, ¡una ópera! ¡No soy una amante muy cara!

La palabra «amante» sonó como un gallo soltado por una diva mientras cae al foso de la orquesta. La había pronunciado adrede, para ver si él reaccionaba, si dejaría pasar aquella palabrota, invisible, consolidando el lugar que ella ocupaba cada día en su vida; él lo escuchó como una primera vuelta de llave que lo encerraba. Ella esperó, suspendida ante la imagen tramposa del espejo, rezando para que dejase pasar la palabra, para poder repetirla más tarde, y para que más tarde aún pudiese clavarla mejor. Él se preguntó cómo tirarla por la borda sin herirla. No dejar que se incruste, despegarla suavemente, tirarla a la papelera rebosante de cajas de cartón y de algodones. Se instaló un silencio tembloroso de espera y reticencia. Él reflexionó, y se dijo que no había más que una forma de retirar esa palabra convertida en obstáculo.

– ¡Dottie! Tú no eres mi amante, eres mi amiga.

– Una amiga con la que uno se acuesta es una amante -aseguró ella, reforzada por su entrega de la noche anterior. Él no había hablado, sino que gritó su nombre como si descubriese un nuevo mundo. ¡Dottie! ¡Dottie! No era un grito de amigo, era un grito de amante que se somete al yugo del placer. Ella conocía ese grito, y podía sacar conclusiones de él. Esa noche, se dijo, en su cama, él se había rendido.

– ¡Dottie!

– Sí… -murmuró ella, rectificando una ceja que se curvaba al revés.

– Dottie, ¿me escuchas?

– De acuerdo -suspiró Dottie, que no quería escuchar-. ¿Adónde me llevas esta noche?

– A ver La Gioconda.

– De…

– Ponchielli.

– ¡Qué bien! Pronto estaré lista para Wagner. ¡Unas cuantas salidas más y escucharé la Tetralogía sin rechistar!

– Dottie…

Ella bajó los brazos, ante el espejo, y vio a la vencida, de frente, que hacía una mueca. Ya no tenía un aspecto tan jovial, y un rastro de rímel bajaba por su mejilla formando una pista negra.

Él la cogió de la mano y la atrajo hacia sí.

– ¿Quieres que dejemos de vernos? Lo comprendería, ya sabes.

Ella se estiró y volvió la mirada. ¿Acaso le daría igual que no nos viésemos más? Soy superflua. Vamos, tío, vamos, mátame, hunde más el cuchillo en la herida, todavía respiro. Odio a los hombres, me odio por necesitarlos, odio los sentimientos, me gustaría ser una mujer biónica que dé patadas cuando quieran besarla y no deje que nadie se le acerque.

Se sorbió los mocos, la mirada esquiva, el cuerpo como una marioneta.

– No quiero hacerte infeliz -dijo él-. Pero tampoco quiero que creas que…

– ¡Basta!-gritó ella tapándose las orejas con las manos-. ¡Sois todos iguales! Ya estoy harta de ser la amiguita. ¡Quiero que me quieran!

– Dottie…

– ¡Estoy harta de estar sola! Quiero frases de Sacha Guitry, ¡yo me arrancaría las pestañas una por una y las enviaría envueltas en papel de seda! ¡No me haría la difícil!

– Lo comprendo muy bien… Lo siento.

– ¡Déjalo, Philippe, déjalo o te voy a matar!

Dicen que un hombre se siente impotente ante las lágrimas de una mujer. Philippe veía llorar a Dottie, extrañado. Teníamos un contrato, pensaba como el Cortès hombre de negocios que era, no hago más que recordarle los términos.

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[12] «¡Es tan francés!».

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[13] Philosophe, physicien, / Rimeur, bretteur, musicien, / Et voyageur aérien, / Grand risposteur du tac au tac, / Amant aussi -pas pour son bien!- («Filósofo, físico, poeta, músico, espadachín, viaja por los cielos, gran polemista, amante, pero no por su bien».)

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