El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
40
– Ya sale -dijo Liz.
Kate se sentó en el pequeño cubículo que tenía Liz en la oficina del FBI en Manhattan y vio primero un número de expediente y luego un nombre («Pringle, Ruby») apareciendo en la pantalla del ordenador de Liz. Tenía los ojos irritados por la falta de sueño.
La noche anterior había tardado casi tres horas en volver de Sag Harbor con Mead, Brown y Slattery, dándole vueltas y más vueltas al asesinato de Nathan Sachs. Si hubieran interpretado las pistas más rápidamente, si hubieran llegado una hora antes, si hubieran…
Entonces el FBI pidió que se les informara con todo detalle. La única razón por la que no habían asumido el caso era que Mitch Freeman les había convencido de que Kate y su equipo estaban cerca. Kate no estaba segura de si eso había sido una suerte o una desgracia.
Cuando llegó a casa, lo único que fue capaz de hacer fue quitarse los zapatos de sendas patadas y tirarse en la cama. Estaba contenta de que Richard hubiera tenido que volver a Chicago para tomar más declaraciones. Ella no habría sido capaz de responder a una pregunta más.
– Querría tener todas las fotos posibles de la escena del crimen, todos los informes de laboratorio -dijo Kate, atenta a la pantalla de Liz-. Y debería haber algo sobre una huella que intentamos identificar hace tiempo, pero que no pudimos.
– ¿Probasteis con el SAID? -preguntó Liz, refiriéndose al Sistema Automatizado de Identificación Dactilar.
– Sí, pero la huella no apareció. Puede que fuera antes de que se empezara a utilizar ese sistema.
– Espera -dijo Liz, echando un vistazo al documento.
Una serie de imágenes en blanco y negro fue llenando la pantalla. El contenedor. Basura. Esa pobre chiquilla muerta. Kate lo tenía todo tan fresco en la memoria que incluso sentía el calor de aquel día de verano.
– Puedo mejorar la resolución.
Liz pulsó unas cuantas teclas y la imagen ganó tanta definición que Kate incluso distinguía las muescas en la laca de uñas rosa intenso de Ruby Pringle, de un color parecido al del lápiz de labios, del que tenía manchada toda la mejilla. Ruby Pringle tenía los ojos completamente abiertos, y miraba a Kate igual que lo había hecho antes. En la pantalla se veían oscuros, pero Kate recordaba que eran azules.
Al cabo de un momento, Liz sacaba imágenes por la impresora láser y se las pasaba a Kate.
– Dios mío, pensé que no tendría que volver a verlas nunca más -suspiró Kate. Pero se fijó en los detalles: el papel de aluminio arrugado sobre la cabeza de la chica, a modo de halo, las alas de plástico ondulado. «Sí que parece un ángel. Podría ser obra del artista de la muerte», pensó. Volvió a mirar a la pantalla y, tras pensárselo unos instantes, dijo:
– ¿Puedes mirar si hay alguna nota en el archivo? ¿Algún tipo de petición de rescate? Estoy casi segura de que estaba documentada.
Liz fue pasando el archivo del caso por pantalla. Ahí estaba: SÉ DÓNDE ESTÁ PORQUE SÉ DÓNDE LA PUSE.
– Eso es -dijo Kate-. Se quedó mirando el texto en la pantalla y luego se imaginó la nota en el asiento de su coche, dirigida a ella, atrayéndola a aquella horrible escena, tantos años atrás.
Le temblaban los dedos cuando desplegó su fotografía de periódico con alas y halo y con la palabra «Hola» encima.
– Obviamente el FBI dispone de un departamento de análisis caligráfico.
– Claro. Pero aquí no -respondió Liz-. Puedo enviarlo a Quantico por fax para que lo analicen.
– ¿Cuánto tardaría?
– Depende. Si mi amiga Marie trabaja hoy, podrías tener la respuesta enseguida.
Liz pasó las dos muestras de escritura por el fax y luego volvió al archivo informático de Ruby Pringle.
– Aquí tienes lo del laboratorio. Y tu huella dactilar ampliada. Te la imprimiré en acetato para que puedas superponerla a cualquiera de las impresiones recientes que tengas en vuestro laboratorio, para ver si encajan.
Kate observó cómo salía la huella dactilar de la impresora. ¿Le llevaría hasta él? ¿O a otro cadáver? Kate hizo unas cuantas respiraciones profundas de yoga.
– Cada vez se te da mejor esto, Liz.
– Gracias. -Liz le pasó la impresión en acetato-. Te avisaré en cuanto sepa algo de Quantico sobre la caligrafía.
Durante todo el camino de vuelta a la comisaría Kate no pudo dejar de pensar en ello. ¿Había escrito «Hola» como pista, para hacerle saber el tiempo que llevaba formando parte de su vida, o no era más que un error? No. El artista de la muerte era demasiado listo, demasiado meticuloso para eso. Quería que ella lo supiera.
Muy bien, o sea que él la estaba dirigiendo. Pero ahora ella ya sabía que la dirigían.
– Fin de la búsqueda -dijo Hernandez.
Kate estaba mirando la pantalla de otro ordenador, en el que habían introducido la huella que le había impreso Liz. Había estado comparando huellas dactilares una por una durante unos noventa segundos hasta que de pronto encontró una idéntica.
– ¿Con cuál coincide? -preguntó Kate-. ¿Qué caso?
– Es de la escena del caso Stein -explicó Hernandez, comprobando los informes-. Veamos: según esto, la huella se sacó de un cuadro, uno que tenía una imagen de un pequeño violín pegada.
Gracias a Dios que les había hecho volver a buscarlo, que había reconocido que el violín era parte de la decoración, del atrezo usado por el artista de la muerte para representar el Marsias desollado de Tiziano.
– Vuestro sujeto desconocido debió de quitarse los guantes para pegar la imagen del violín sobre el cuadro y dejaría sin querer la huella en el lienzo. Luego limpió las huellas en el violín, pero no en el cuadro.
– Aunque hubiera limpiado el cuadro la superficie permeable del óleo es muy sensible a las huellas, ¿no? -preguntó Kate.
– Exacto.
– ¿Así que ésta es la única coincidencia con las huellas que tenemos de todas las escenas del crimen del artista de la muerte?
– Hasta ahora sí -admitió Hernandez. Y le entregó a Kate la impresión de la huella en acetato junto con unos cuantos faxes de Quantico-. Ha llegado esto para usted.
Al cabo de unos minutos, Kate tenía a toda la brigada reunida frente a las fotocopias de la escena del crimen de Ruby Pringle, extendidas por encima de la mesa de reuniones; además de los resultados de los análisis de huellas dactilares, los caligráficos de Quantico y dos grandes libros de arte: Pintura del Renacimiento y Arte cristiano antiguo.
Tras ella, colgadas de la pared con alfileres, había imágenes a todo color de la escena del crimen de Nathan Sachs, escabrosas y sangrientas. Al lado estaban las obras de De Kooning extraídas de los libros de Kate.
Todos los miembros del equipo parecían exhaustos, incluido Mitch Freeman, con ojeras y arrugas a los lados de la boca de tanto fruncir el ceño.
– Con la coincidencia de huellas dactilares y puesto que los del departamento de caligrafía de Quantico dicen que las notas encajan en un setenta por ciento, parece bastante claro que es obra del artista de la muerte -explicó Kate.
– ¿Quién nos ha proporcionado la información? -preguntó Freeman hojeando los documentos oficiales.
– El FBI -respondió Kate bruscamente y encogiéndose de hombros-. ¿Quién si no?
Freeman no insistió. Asintió.
– Por Dios -exclamó la comisaria Tapell-. Este tipo te ha seguido los pasos desde Astoria.
– Pero desapareció durante años -apuntó Mead.
– Desapareció para McKinnon -sugirió Freeman-, pero pudo haber seguido trabajando sin hacerse notar.
– Y entonces escribí el libro de arte, hice la serie de televisión y volví a aparecer en la pantalla de su radar -dijo Kate. Pasó unas páginas de los libros de arte-. Prácticamente en todos estos cuadros hay ángeles. Su nombre correcto es «angelotes». -Y enseñó algunos ejemplos al grupo-. No he encontrado nada en particular, pero ya veis el efecto que buscaba con Ruby Pringle. Fue un primer ensayo. Aún no había perfeccionado su ritual.