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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– Quizá sería buena idea comprobar qué otros casos no resueltos pueden ser obra del artista de la muerte -sugirió Tapell.

– Por mí no hay problema -dijo Kate-. Pero revisar viejos casos no nos va a servir para mucho más que para demostrar que ha permanecido en activo todos estos años. El hecho es que durante los últimos diez años nadie conocía el ritual de este tipo porque no paraba de cambiar, siempre presentaba un «aspecto» diferente. Pero ahora sabemos que su ritual se basa en el arte. Nadie ha tenido antes esta información. Ahora el juego ha cambiado completamente. Podemos pillarle. Lo único que tenemos que hacer es esperar a que me envíe otra pista.

– ¿Y si decide no hacerlo? -preguntó Tapell.

– Lo hará -aseguró Kate-. Quiere que yo esté ahí. Lo sé.

– Estoy de acuerdo -dijo Freeman-. Y esta vez tenemos que trabajar rápido, tenemos que estar esperándolo.

– Ahí estaremos -dijo Tapell, mirando a Kate con el ceño fruncido-. He oído un rumor de que estás pensando en irte de la ciudad. ¿Te vas a Venecia?

Kate negó con la cabeza.

– Ni hablar -declaró, con un escalofrío, aunque en la habitación hacía calor. ¿Era eso lo que quería el artista de la muerte, controlar su vida, manipularla, tenerla aquí, llevarla allá?-. No me voy a ninguna parte.

Es cierto. La última vez estuvo increíblemente cerca. Pero se lo imaginó, ¿no? Tenía el tiempo calculado a la perfección. Fue culpa de aquella estúpida mujer, que no se presentó. Maldición. Le habría gustado haberse quedado a acabar la obra.

Ahora siente una punzada de pesar. Pero no, no lo permitirá. Eso es historia. El pasado. Ha acabado. No todo pueden ser obras de arte.

Al fin y al cabo, incluso él es humano. También se le permite una imperfección de vez en cuando, ¿o no? Y no quedó mal, no tiene que avergonzarse. Sí, de acuerdo, el color no era perfecto -la sangre del viejo era algo clara, como anémica-, pero el espíritu de la obra estaba ahí, y con eso bastaba. Ella lo captó.

«Lo captó demasiado rápido.» -No tanto -se dice, mirando a una pared de aluminio brillante-. Pero está bien, iré más despacio.

«No. Sigue. Hazlo.» La pared de aluminio le distorsiona la cara, le da un reflejo totalmente irreconocible. Se acerca, pasa la mano por el metal como si acariciara sus rasgos deformados.

– ¿Quién eres?

«Tú eres yo. Yo soy tú.» Niega con la cabeza y observa cómo la cabeza reflejada en el aluminio gira y se retuerce. Se retira y la imagen desaparece.

Aparta la mano de Nathan Sachs, que ahora ya tiene el aspecto de una garra reseca y arrugada de carne violácea y con los dedos agarrotados, y se sumerge en su caja de postales artísticas y reproducciones. Necesita algo que le devuelva a tierra firme, algo que le haga sentir seguro.

Sí. Debería hacerlo ahora, mientras goza de su máximo poder. ¿Y por qué no? Ha pensado en ello mucho tiempo, sabe exactamente el tipo de imagen que quiere usar, algo espectacular y mítico, algo perfectamente adecuado para ella.

Se pone manos a la obra. Cambia la hoja del cúter, comprueba el pegamento. Ni siquiera le distraen las voces.

Pasa una hora. Su mesa está hecha un lío, cubierta de restos de papel. Pero el producto acabado es de una gran simplicidad. Claro. Atrevido. Icónico.

Aun así, cuando lo levanta, la tristeza le embarga como una ola. No es como deshacerse de una de esas fotografías tontas o de un mechón de pelo. Esto es único. Es ella. La única.

¿Son lágrimas lo que le corre por las mejillas? No se sorprende al ver que se le ha mojado el guante cuando se pasa la mano por los ojos.

«Sé fuerte. Recuerda, eres sobrehumano.»

Se levanta. Sí, puede hacerlo.

Pero, ¿y después, cuando ella ya no esté? Dios santo, la va a echar de menos.

«Siempre puedes encontrar otra musa.»

Charlie Kent puso su pasaporte y sus billetes de avión junto al programa de la Bienal de Venecia y lo introdujo todo en su portadocumentos de cuero brillante. Abrió el armario, un acto que nunca le había fallado cuando intentaba tranquilizarse, un ejemplo de magnificación del espacio, y el mayor lujo de que disponía su modesto apartamento.

Veinte estantes del suelo al techo. Ocho pares de zapatos por estante. Ante, cocodrilo, serpiente, charol. Zapatos de baile, bajos, con tacones. De vestir, informales, deportivos, elegantes. Con hebillas, lazos, pasadores, cordones. Dos estantes, más altos, sólo para botas. Todas ordenadas por colores: de blanco a beige, de beige a pardo, de pardo a marrón, de marrón a color óxido, de color óxido a naranja, de naranja a rojo. Tres estantes dedicados exclusivamente al negro.

Charlie suspiró, en una expresión de pura satisfacción. Seleccionó nueve pares para sus dos días y medio en Venecia y pasó los veinte minutos siguientes poniendo cada par en su bolsa de viaje de gamuza y entonces, y sólo entonces, los dispuso cuidadosamente entre las capas de ropa de la maleta. También introdujo un sugerente camisón rosa.

El pequeño consejo de administración del Museo de la Otredad prácticamente no había puesto ningún reparo en cubrir los gastos de Willie como acompañante de su viaje a Venecia, sobre todo después de que hubiera adquirido aquella importante obra de WLK Hand directamente del artista. Charlie pensó que Morty Bernstein, presidente del consejo y ávido coleccionista de la obra de Willie, se agacharía a besarle el culo si hacía falta.

Charlie sonrió, echó un vistazo al dibujo que Willie le había regalado, ya enmarcado, que colgaba sobre su cama con el resto de obras que había recibido a lo largo de los años como regalo de tantos artistas noveles.

Bueno, esto iba a ir muy bien.

Y tenía planes más importantes que el Museo de la Otredad. Ya se había entrevistado con algunos miembros selectos del consejo del Contemporáneo y les había hecho saber que ella, y sólo ella, tenía la visión necesaria para llevar a su museo al siglo XXI. No aquel falso de Raphael Perez, cuyo nombre ella se encargaba de ensuciar siempre que tenía ocasión; ni Schuyler Mills, por supuesto. No, el puesto iba a ser para ella.

Volvió a mirar en el armario abierto. Quizás un par de zapatos más, por si acaso, los Chanel azules y blancos, que casi nunca se ponía en Nueva York, pero que resultaban perfectos para Venecia.

Raphael Perez guardó cuatro bañadores en una pequeña bolsa de viaje de piel colocada sobre el sofá, justo debajo de un póster iluminado de su primera exposición para el Museo de Arte Contemporáneo: «La belleza del cuerpo: trastornos de la alimentación como arte.» Las imágenes de mujeres introduciéndose los dedos en la boca, aplicándose enemas y vomitando llevaron una sonrisa a los labios de Raphael.

Ya sabía que en Venecia tendría mucho trabajo. Muchas cosas que hacer: asistir a las mejores fiestas, revolotear alrededor de la gente indicada; tratar con aquella zorra de Charlie Kent; evitar a su compañero del departamento de conservación, Schuyler Mills… todo lo cual sería muy fácil con tantos coleccionistas y profesionales de los museos a los que tenía que hacerles la pelota.

Abrió el cajón superior de su estupendo armario y eligió dos pañuelos: su favorito, de seda azul, y otro con un estampado de cachemira verde oliva, que guardó con los bañadores. Director del Museo de Arte Contemporáneo. Sí, sonaba bien. Y al retirarse Amy Schwartz y teniendo en cuenta que Bill Pruitt estaba muerto, ¿quién iba a detenerle?

Willie lamentaba no saber qué tiempo iba a hacer en Venecia. ¿Debía llevar su nueva cazadora de piel? ¿Por qué no? Si hacía calor, siempre podría quitársela.

Dobló dos camisas blancas, la corbata negra lisa que le había comprado Elena para su primera exposición en una galería -su amuleto de la suerte- y lo introdujo todo en su mochila junto al disanan, seis o siete cedés, ropa interior y los artículos de tocador habituales.

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