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Las Baladas Del Ajo

Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:

Una tragedia oriental que nos introduce en una China recóndita y contemporánea, que aún continúa siendo algo desconocida a ojos occidentales.
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
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Después de reunir a la comitiva y de formar de nuevo en tres columnas, la procesión penetró en un túnel sin iluminar, donde el agua llegaba a la altura de los tobillos y goteaba de un arco que se extendía por encima de sus cabezas, creando un sonido hueco en la negra oscuridad. Pasaron algunos carromatos, cuyos caballos hacían sonar con fuerza sus pezuñas al salpicar en el agua.

Para su sorpresa, después de salir del túnel se dirigieron al bulevar Primero de Mayo, y cinco minutos después se encontraron en la plaza Primero de Mayo, caminando sobre una capa de ajo podrido y repugnantemente resbaladizo. Gao Yang se sintió desolado por tener que estropear sus zapatos nuevos.

Una multitud de campesinos se alineaba en la plaza. El hielo de sus rostros, cubiertos de mugre, no daba la sensación de que pudiera llegar alguna vez a derretirse. Las lágrimas resbalaban de las mejillas de los pocos transeúntes que permanecían mirando al sol, casi cegados por sus rayos. Uno de ellos tenía aspecto de ser un hombre mono, como los que había visto en los libros de texto: frente estrecha y abultada, boca ancha y brazos largos como los de los simios. Huala-la, hua-lala, una mano en una enorme y preciosa teta, añade salsa de soja y vinagre… Gao Yang no tenía la menor idea de qué quería decir aquello, pero escuchó al policía enjuto que le escoltaba murmurar enfadado:

– ¡Un chiflado, un verdadero chiflado!

Después de pasar por la plaza, se metieron en un callejón estrecho, donde un muchacho vestido con una chaqueta de nailon sujetaba a una chica con cola de caballo contra un hueco que había en la pared y le mordisqueaba el rostro. La muchacha trataba por todos los medios de desembarazarse de él. Detrás de ellos, un ganso salpicado de barro se pavoneaba de un lado a otro. La procesión pasó tan cerca de la espalda del muchacho que la chica rodeó con los brazos la cintura del muchacho y le arrimó a ella para que la columna pudiera seguir avanzando.

Unos segundos después salieron del callejón y, sorprendentemente, delante de ellos estaba el bulevar Primero de Mayo… de nuevo. Al otro lado de la calle se elevaba un edificio multiusos detrás de una retumbante hormigonera vigilada por un chico y una chica que no tendrían más de once o «doce años. El estaba echando paladas de arena y vertiendo cal y cemento en el embudo, mientras ella vaciaba agua con una manguera de plástico negro que se agitaba tanto por la violenta presión que apenas podía sujetarla. El remo mezclador rozaba ruidosamente el embudo. Entonces, la grúa de color amarillo pálido levantó lentamente una losa de hormigón prefabricada que tenía agujeros para que pasara el aire. Cuatro hombres tocados con cascos se sentaban sobre ella jugando al póquer y desconcertando a los observadores por su indiferencia.

Después de dar otro giro a la plaza, volvió a encontrarse delante de ellos el muro de la prisión, el alambre electrificado crujió y emitió algunas chispas azules. El pedazo de tela roja todavía permanecía colgado de él.

– Líder del equipo Xing -gritó uno de los policías-, ¿no deberíamos regresar para descansar?

Un compañero alto y corpulento con el rostro oscuro miró su reloj de pulsera y luego levantó la vista hacia el cielo.

– Media hora -gritó.

La puerta de la prisión se abrió con un golpe seco y la policía congregó a los prisioneros en el interior del patio. En lugar de devolverlos a sus celdas, hicieron que se sentaran formando un círculo sobre el exuberante y verde césped, donde les ordenaron que estiraran las piernas por delante del cuerpo y colocaran las manos en las rodillas. Los policías salieron perezosamente, sustituidos por un guardia armado que no cesaba de vigilar a los prisioneros. Algunos de los policías fueron al cuarto de baño y otros realizaron algunos ejercicios de estiramiento sobre una barra horizontal.

Pasados unos diez minutos, las escoltas de Cuarta Tía aparecieron con bandejas de esmalte rojo con unas botellas de refrescos abiertas en cuyo interior flotaba una pajita. Los refrescos eran de dos clases: «Los colores son distintos, pero el sabor es exactamente igual -anunciaron-. Coged una botella cada uno». Una de ellas se agachó delante de Gao Yang:

– ¿Cuál quieres?

Gao Yang observó dubitativo las botellas que estaban sobre la bandeja. Algunas tenían el color de la sangre; otras daban la sensación de estar llenas de tinta.

– Date prisa, elige una. Y luego no cambies de opinión.

– Tomaré la roja -dijo firmemente.

La guardiana le entregó una botella llena de líquido rojo, que Gao Yang aceptó con ambas manos, sujetándola con fuerza, sin atreverse a empezar a beber.

Una vez repartidas todas las bebidas, Gao Yang advirtió que todo el mundo, salvo Gao Ma, había elegido la roja.

– Adelante, bebed -dijo una mujer policía.

Pero los prisioneros se limitaron a mirarse entre sí, sin atreverse a dar un sorbo a la bebida.

– ¡No se puede reparar una pared con mierda de perro! -se quejó amargamente una mujer policía-. ¡Bebed os digo! ¡A la de tres: una, dos, tres!

Gao Yang tomó un sorbo tímido. Un líquido que sabía como el ajo resbaló haciéndole cosquillas por la garganta.

Cuando se acabaron los refrescos, la policía se reagrupó, ocupando sus puestos junto a los prisioneros hasta formar tres filas. Después de salir por la puerta de la prisión, giraron hacia el norte, cruzaron la calle y ascendieron los escalones de un enorme edificio que tenía un amplio vestíbulo. Estaba abarrotado de espectadores y se podía escuchar el sonido de un alfiler al caer al suelo. Aires solemnes.

Una voz fuerte y profunda rompió el silencio:

– ¡Traed a los prisioneros que están detenidos por los incidentes del ajo en el Condado Paraíso!

Dos policías quitaron las esposas a Gao Yang, tiraron de sus hombros hacia atrás y le obligaron a bajar la cabeza. A continuación, le arrastraron y le llevaron hasta el banquillo de los acusados.

Lo primero que vio Gao Yang cuando miró más allá de las vías fue una réplica enorme y brillante del sello nacional. Estaba atrapado incómodamente entre dos escoltas, uno grueso y el otro demacrado. Un oficial uniformado con aspecto de ser muy culto y con una enorme papada, se sentó detrás del sello y siete u ocho hombres uniformados más se desplegaron a su lado en forma de abanico. Todos ellos parecían ser personajes sacados de una película.

El hombre que se encontraba en medio, que era de mayor edad que los demás, se aclaró la garganta y habló por un micrófono envuelto en un paño rojo:

– ¡Se va a llevar a cabo la primera sesión del proceso por los incidentes del ajo acaecidos en el Condado Paraíso!

Después se levantó, aunque los guardias que estaban a su lado permanecieron sentados, y comenzó a leer una serie de nombres escritos en una lista. Cuando leyeron su nombre, Gao Yang no sabía qué hacer.

– Di «presente» -dijo su escolta enjuto, dándole un codazo.

– Todos los acusados están presentes -anunció el oficial-. Ahora pasaremos a leer los cargos. El día veintiocho de mayo, los acusados Gao Ma, Gao Yang, la mujer Fang née Wu, Zbeng Changnian… -leyó empleando un tono monótono- destrozaron, saquearon y demolieron las oficinas del gobierno del Condado, golpeando y lesionando a una serie de funcionarios civiles. El Tribunal del Pueblo del Condado Paraíso, acordando estudiar el caso según el artículo 105, sección 1, libro 3 del Código Penal, ha decretado la celebración de un juicio público ante un jurado.

Gao Yang escuchó cómo los espectadores que se encontraban detrás de él cuchicheaban excitados.

– ¡Orden en el tribunal! -exigió el oficial, golpeando la mesa con el puño. Después, dio un sorbo de té y dijo-: El jurado está compuesto por tres jueces, encabezados por mí, Kang Botao, magistrado del Tribunal del Pueblo del Condado Paraíso. Mis colegas son Yu Ya, miembro del Comité

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