Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
Era el último de la fila, en una columna tan recta que lo único que podía ver eran las tres espaldas que había delante de éclass="underline" una negra emparedada entre dos espaldas blancas.
Mientras enfilaban hacia la puerta de la prisión, cayó en la cuenta de por qué quería mirar hacia el alambre electrificado: durante la hora de ejercicios del día anterior, un pedazo de paño rojo colgaba del alambre y el anciano presidiario con el que al principio había compartido la celda le miraba fijamente. El malicioso convicto de mediana edad se acercó y guiñó un ojo a Gao Yang.
– Mañana te van a interrogar -dijo-, y tu esposa ha venido a visitarte.
Gao Yang se quedó allí parado, con la boca abierta, incapaz de decir una sola palabra. El otro hombre cambió de tema.
– El viejo cabrón ha perdido el juicio. Lo que cuelga allí es el cinturón de su nuera. ¿Sabes lo que hace el viejo bastardo? ¿Sabes cómo se llama? ¿Sabes cómo engañó el viejo cabrón a su nuera? ¿Sabes quién es su hijo?
Gao Yang sacudió la cabeza en respuesta a cada una de las preguntas.
– Muy bien, pues te lo voy a decir -prosiguió el hombre-. Te vas a quedar de piedra.
Mientras caminaban, se retorció por la fuerza con que le sujetaban los dos policías, y eso sólo hacía que le agarraran con más fuerza.
– Sigue avanzando -le susurró en el oído izquierdo uno de ellos-, y no trates de hacer nada extraño.
Los presos se alineaban a lo largo de la carretera, con la mirada fija y la boca suelta, como si esperaran atrapar algún objeto flotante.
Bajaron por la calle, mientras los pájaros seguían su caminar por encima de sus cabezas y enviaban una lluvia fétida tanto sobre los prisioneros como sobre los guardias. Pero nadie lanzó una sola protesta, como si no se hubieran percatado del ataque, y ni un solo hombre levantó la mano para apartar los excrementos blancos y negros de pájaro que les caían en la cabeza o en los hombros.
La carretera parecía ser interminable mientras Gao Yang pasaba por delante de unos cuantos edificios aislados con una serie de proclamas pintadas en los laterales, o de una obra con grúas de color amarillo pálido que se elevaban hasta las nubes; pero siempre había una multitud de curiosos boquiabiertos, incluyendo un joven de aspecto abominable, con el culo al aire, que les lanzó un excremento de vaca, aunque era imposible saber si su intención era golpear a un prisionero o a un policía, o a ambos, o si sólo trataba de dar a algo. Fuera cual fuera su propósito, el misil provocó una breve alteración en la procesión, pero no la suficiente como para detenerla.
Penetraron en una zona arbolada y avanzaron por un camino que apenas era lo bastante ancho como para que pasaran tres personas hombro con hombro. Los policías se frotaron contra la corteza musgosa de los árboles, emitiendo suaves sonidos al rasparse. Algunas veces, el camino estaba sembrado de hojas doradas, otras estaba cubierto de charcos de agua verde estancada donde una serie de diminutos insectos nadaban y chapoteaban como si fueran gambas en miniatura; la superficie estaba llena de insectos rojos que despegaban o aterrizaban.
Mientras cruzaban algunas vías de ferrocarril comenzó a llover con intensidad y las gotas caían sobre las cabezas rapadas como si fueran guijarros. Mientras Gao Yang hundía la cabeza entre los hombros, se golpeó sin querer el tobillo contra un tramo del ferrocarril y le inundó un terrible dolor desde la parte exterior del pie hasta el hueco de su rodilla. La piel que se encontraba sobre el tobillo se quebró, y salió un chorro de pus que se deslizó hasta el interior de su zapato. ¡Mis zapatos nuevos!, pensó con tristeza.
– Oficiales, ¿puedo detenerme para apretar el pus de mi pie? -rogó a sus escoltas policiales.
Estos ignoraron su súplica, como si fueran sordomudos. No era extraño: se apartaron de las vías justo cuando pasaba resoplando un tren de mercancías cuyas ruedas levantaron en el aire nubes de polvo y pasaron tan cerca que casi engancha a Gao Yang por la parte trasera de sus pantalones. También dio la sensación de que se llevaba la lluvia con él.
Un gallo que todavía no había acabado de echar las plumas apareció aleteando por entre los arbustos que crecían a lo largo de la carretera, ladeó la cabeza y se quedó mirando a un desconcertado Gao Yang. ¿Qué está haciendo aquí un gallo en mitad de la nada? Mientras estaba inmerso en esta cuestión, el gallo se acercó hacia él por la espalda, balanceando el cuello a cada paso, y le picó en su tobillo dañado y lleno de pus, provocándole un dolor tan intenso que casi rompe la cadena de hierro que sujetaban los policías a cada lado de él. Sorprendidos por el movimiento repentino y violento, colocaron las manos sobre los antebrazos de Gao Yang.
El pequeño gallo estaba pegado a él como si fuera cola de contacto y le picaba cada dos pasos, mientras los policías, ignorando sus gritos de dolor, siguieron empujándole hacia delante. Entonces, mientras acometían el descenso de una colina, el gallo arrancó un tendón del tobillo abierto de Gao Yang. Clavó en él sus garras, con las plumas de la cola tocando el suelo, las plumas del pescuezo desplegadas en forma de abanico y su cresta adoptando un intenso tono rojizo, tiró del tendón con todas sus fuerzas y lo extrajo un par de centímetros hasta que se partió en dos. Gao Yang, tambaleándose, se giró para ver cómo el gallo lo engullía como si fuera un enorme fideo. El policía enjuto se agachó y pegó su boca puntiaguda sobre la oreja de Gao Yang:
– Muy bien -susurró-, el gallo ya ha arrancado de raíz tu problema.
La barba incipiente que crecía alrededor de la boca de aquel hombre rozó a Gao Yang, quien involuntariamente giró el cuello. Ei aliento a ajo que desprendía casi le tumba.
Después de cruzar las vías, se dirigieron hacia el oeste y más tarde hacia el norte. Poco después de avanzar hacia el este, doblaron de vuelta al sur, o al menos eso le pareció a Gao Yang. Estuvieron caminando a través de los campos por entre unas plantas que les llegaban a la cintura y sobre cuyas ramas crecían objetos del tamaño de pelotas de ping-pong. Las vainas de color verde estaban cubiertas de una pelusa pálida. Gao Yang no tenía la menor idea de dónde se encontraban. Pero el policía obeso se agachó, cogió una, se la introdujo en la boca y la masticó hasta que una baba espumosa y verde resbaló por su barbilla. A continuación, escupió un salivazo pegajoso en la palma de su mano. Tenía aspecto de haber salido del estómago de una vaca.
El policía obeso le alcanzó rápidamente mientras su compañero enjuto seguía empujándole para que avanzara. Los brazos de Gao Yang se retorcían mientras daba bandazos lateralmente, chasqueando la tensa cadena de las esposas. Por un instante, se encontraron en un punto muerto, hasta que el policía enjuto se quedó parado, respirando con dificultad. Sin embargo, aunque ya no empujaba a Gao Yang, su agarre de hierro se intensificó. El policía obeso se agachó y pegó la masa viscosa sobre el tobillo herido de Gao Yang y, a continuación, lo cubrió con una hoja blanca y espinosa. Gao Yang sintió cómo al instante ascendía por su pierna una sensación de frescor.
– Es un viejo remedio tradicional para curar lesiones -dijo el policía-. Tu dolor se va a curar en tres días.
La procesión les llevaba tanta ventaja que lo único que podían ver era una vasta extensión de esa extraña cosecha. No se veía un alma por los alrededores, pero encontraron signos inequívocos de que una serie de personas había pasado a través del follaje. Los blancos enveses de las enormes hojas verdes mostraban el camino que había tomado la procesión. Levantando en volandas a Gao Yang hasta que sus pies se despegaron del suelo, los policías comenzaron a trotar con su prisionero.
Finalmente, se toparon con los demás en un cruce de ferrocarriles que, por lo que sabían, podría haber sido el mismo que atravesaron hacía un tiempo. Nueve prisioneros y dieciocho policías, de pie en tres filas, estaban esperándoles en el lecho elevado de las vías. Tras realizar un medio giro, la procesión triplicó su longitud, quedando uno negro emparedado entre dos blancos, como si fuera una rígida serpiente blanca y negra. Cuarta Tía era la única prisionera y su escolta estaba formada únicamente por mujeres policía. No paraba de gritar y de emitir un sonido estridente y continuo, aunque sus palabras eran ininteligibles.