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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Mis palabras iluminaron la cara de Taylor. Mackra se encogió y England me miró como si fuera una aparición. Saqué mi machete y lo clavé en la mesa con tal fuerza que la empuñadura quedó temblando. El miedo se pintó en los ojos de Mackra; ni siquiera Taylor estaba tranquilo. Sabía, o al menos eso creía él, lo que pretendía yo con mi aparición, y sintió el miedo mezclado con el entusiasmo.

Me acerqué a Taylor; él a su vez no pudo evitar retroceder un paso. Después llené de ron cuatro vasos bien grandes y alcé uno de ellos.

– Un brindis por un capitán valeroso.

Taylor me miraba dubitativo, pero a pesar de todo comprendió que no me refería a él.

– Un brindis por un capitán al que ha abandonado su propia gente -continué-, y que de todas formas se defiende con el triple de fuerza. Bien distinto es de todos vosotros, mariconazos, que no os atrevéis a acercaros a una mosca sin ser diez contra un solo enemigo.

Miré durante un rato bastante largo a England y a Taylor.

– Es decir, un brindis por el capitán Mackra -bramé con la mano en el machete.

Primero Taylor, de golpe, y después England, despacio, con un asomo de sonrisa en los labios, levantaron los vasos y brindaron.

– ¡Que nos sobreviva a todos! -exclamé yo después de haber apurado de un trago el vaso, dejándolo en la mesa con tal fuerza que se hizo añicos.

– ¡Por todos los diablos! -dijo Taylor lleno de admiración.

Tenía buen olfato para aquel tipo de actuaciones, no cabía ninguna duda.

Aquellos capitanes piratas tan crueles en el fondo casi siempre eran así de veletas. Iban a acabar con medio mundo, rugían, y al momento siguiente ya se habían esfumado las ganas, el afán y el entusiasmo. Perdían todo el interés, permitían que los capitanes de la peor ralea siguieran con vida, cuando habían jurado que morirían entre atroces sufrimientos. No, nunca fueron buenos asesinos, aunque pareciera lo contrario, y habrían sido unos malos verdugos porque enseguida se habrían cansado de un trabajo tan monótono. Y así van las cosas cuando uno no sabe qué quiere ni para qué sirve. Si me lo preguntan, diré que Taylor, Flint y Low están a la misma altura de grandes personajes como Cromwell y santo Domingo. Permítame decírselo, señor Defoe, ya que no hizo usted tales comparaciones; permítame decírselo a todos los que claman venganza contra tipos como yo.

De esta manera salvé la vida de Edward England y también la del capitán Mackra, porque a partir de entonces Taylor quiso estar a buenas conmigo, como si yo fuera el más importante de mi territorio. A Mackra le dieron el viejo y desvencijado Fancy y le dejaron hacer lo que quisiera o lo que pudiera con él. Consiguió levantar un palo de emergencia y se hizo con provisiones y agua para llegar a Malabar. Allí le hicieron toda clase de honores, lo nombraron gobernador y después lo enviaron al frente de una escuadra a la caza y destrucción de los piratas. Una cosa es bien segura: si en algún momento me lo hubiera encontrado con el Walrus, no me habría costado nada acabar con su preciosa vida. Y el diablo sabrá si incluso Edward England, que a estas alturas está en el Cielo o en el Infierno, si es que existe, no me lo hubiera agradecido, a pesar de todo. En el fondo, Edward England no era mal hombre.

Lo que pasa es que no fue suficiente para continuar como capitán, desde luego que no. Nos dirigimos hacia la isla Mauricio en compañía de Taylor, pero sin encontrar presa alguna. Los hombres lo tomaron como pretexto, llamaron a consejo y despidieron a England. En el libro de a bordo se inscribió, pues éramos muy cuidadosos con eso, que England había demostrado demasiada humanidad en el caso de Mackra y que por tanto no servía para ser capitán. En caso de lucha entre la vida y la muerte, alegó alguno, no se podía tener un capitán con esa debilidad por el bien y el mal de la gente. «Sería muy peligroso», se dijo, no sin cierta razón.

A England se le dejó en un pequeño bote para que llegara a Madagascar si es que podía, pero sin su loro. Me lo tuve que quedar yo.

Naturalmente, se eligió a Taylor capitán tanto del Victory como del Cassandra. Yo fui elegido su contramaestre y me enfrentaba a él cada vez que había una queja de la tripulación, pero también era yo el que castigaba en su nombre, como dictaba la costumbre. Y así fueron las cosas también por aquí, me temían y me respetaban en todos los sentidos. Insobornable: ésa era mi reputación, la de un tipo que no se podía comprar ni por dinero ni por otra cosa.

Navegué con Taylor medio año. Nos hicimos con importantes presas y éramos crueles como pocos ahora que England ya no estaba. Me hice rico, igual que muchos otros, cuando apresamos al virrey de Goa en persona y pudimos pedir rescate. Ya era casi un potentado cuando tocamos puerto en Madagascar, y no tenía demasiados ánimos de seguir aquella vida monótona.

No porque en su lugar dispusiera de otra. Me licencié en la isla de Sainte-Marie con permiso del consejo, y por eso me dieron la parte que me correspondía del botín, a pesar de que el grupo no se había disuelto. Iba en contra de las reglas, pero creo que la mayoría quedó contenta al poder deshacerse de mí, la única conciencia con que se podían encontrar. Me fui a Plantain, en la bahía de Ranter, que era donde había conseguido England su último refugio, y allí le vi morir. Si mi compañía le alegró algo, no me lo demostró. Yo era y seguí siendo su espíritu malo, el que lo había llevado a la ruina.

Lo cierto es que fue un hombre recto. No se rindió ante nadie, dejó siempre que cada uno viviera a su antojo, pero fue en su propio detrimento, de verdad: tan cierto como que me llamo John Silver. Porque si alguien tuvo una muerte dolorosa y desdichada, por los remordimientos de conciencia y la angustia, ése fue Edward England. Sin provecho ni alegría para nadie.

Capítulo 30

Así pues, al final lo ha conseguido, señor Defoe. Ahí tiene mi relato sobre England con pelos y señales, y no sólo los nombres de los barcos que apresaron Taylor y él, juntos o por separado. Admita que su propia historia sobre Edward England era bastante limitada, poco más que un esquema que nadie se hubiera creído de no ser por la fama que usted tenía.

La vida es, de todas formas, algo muy especial. Ya lo decía England a su manera. ¿No le parece, señor Defoe? A pesar de todo, he empezado a preguntarme cuál fue el sentido de un destino como el de England. ¿Sirve de algo ser como era England? Seguramente usted, señor Defoe, se estará frotando las manos al pensar que empiezo a arrepentirme de mi vida criminal, como England, y que debería quedarme en vela por las noches, carcomido de arrepentimiento por mi vida pecaminosa y atea. Pues está muy equivocado. Yo no era tan bueno como England ni tan malo como Taylor, y eso es lo que hay. Mi norma era tener la espalda a cubierto, eso es una cosa, y las consideraciones sobre el bien y el mal es otra muy distinta. Es una pena que no podamos hablar de esto porque usted, dondequiera que se encuentre, sigue tan callado como una tumba.

Incluso aquí, en mi roca, se extiende el silencio cada vez más; por lo que sé, no me estoy quedando sordo. De cualquier forma, ya no existe aquel alboroto, ni se oyen los ruidos de antes. La mayor parte de los negros me han abandonado a mi suerte, lo cual me parece justo. Ni siquiera tengo ya ganas de irritarme cuando vienen a pedirme permiso antes de marcharse. Me agota escribir una vida como la mía, me quedo sin fuerzas. Sí, seguramente me estoy matando al intentar darle algo de vida al cadáver de la memoria. En eso parece que hago lo mismo que usted, señor Defoe. Usted siempre llegaba sin resuello a nuestras charlas en el Angel Pub. Ya fuera por una cosa o por otra: un político cuyos puntos de vista usted rechazaba furiosamente, como si el mundo se hubiera de venir abajo; un acreedor que le pisaba los talones; uno que no tenía la misma opinión que usted y al que iba a hacer callar para siempre; un impresor que usted quería que ardiera en el Infierno porque, para salvar el pellejo, había revelado que había sido usted quien se ocultaba tras una incómoda diatriba; un crítico al que hubiese aplastado porque lo había acusado de falsedad o porque no había entendido del todo alguno de sus escritos, si es que los leyó. Siempre había algo que lo sacaba de sus casillas, y hacía que usted se enfureciera contra la incomprensión de la gente.

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