Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Después, cuando el viento soplaba de donde estaba Taylor, se oían sus juramentos y maldiciones por la blandenguería y el poco carácter de algunos, es decir, de aquellos que no deberían estar a las órdenes de Jolly Roger, los que eran la vergüenza y la deshonra del orgulloso gremio de los caballeros de fortuna, los que arrastraban por los suelos su reputación, que era tan preciada para asustar a la mayoría. No pasó mucho tiempo hasta que de nuevo empezaron las murmuraciones entre nuestros propios hombres. Yo defendía a England, por supuesto, y les recordaba que con él nos habíamos enriquecido bastante, y que no eran muchos los que podían presumir de estos éxitos. «Mirad a Taylor», les dije: no hacía más que jurar y obstinarse. Era pura envidia. Quería apropiarse de nuestro botín haciéndose elegir capitán, pues ¿qué había conseguido Taylor, sino un puñado de desgraciados barcos de cabotaje y nada más? Éste era el único idioma que entendían. Estuvieron tranquilos durante un tiempo, y sólo replicaban cuando los hombres de Taylor se mofaban de ellos porque habían elegido como capitán a un pobre cobarde como aquél, que no soportaba ver la sangre.
Nunca llegaron más allá de algunas escaramuzas, y habríamos podido largarnos de allí de no haber sido por el capitán Mackra, capitán del Cassandra, que de pronto salió con una petición de salvoconducto para sí y para lo que quedaba de su tripulación. ¡Pedir un salvoconducto y que le devolviéramos su barco, después de haber matado a cuatro veintenas de los nuestros! De no ser por England, no me habría opuesto a que se diera una muerte lenta y cruel al capitán Mackra, tal como deseaba la tripulación.
Mackra tuvo suerte cuando supuso que England era el lugarteniente del Cassandra. Taylor había prometido una recompensa de diez mil dólares de plata a aquel que, indígena o aventurero, le sirviera a Mackra en un plato, vivo o muerto. De mala gana, England admitió a Mackra a bordo, pero era evidente que éste no había entendido la forma de hacer negocios de los caballeros de fortuna para provecho de todos. Mackra se imaginaba que England podía decidir, cuando quisiera y según le pareciera mejor, que era un elegido de Dios, igual que Mackra.
– Señor Mackra -dijo England-, creo que desgraciadamente no ha entendido con quién está tratando. Estos hombres odian a los capitanes, a todos los capitanes, incluso a los suyos propios, menos a los más crueles como Taylor. A usted lo detestan especialmente porque le hacen responsable de ochenta muertes.
– Sólo cumplí con mi obligación -declaró el capitán Mackra con vehemencia.
Yo, que estaba sentado representando a los hombres, solté una carcajada.
– Si quiere salir con vida de ésta -dije-, acepte un buen consejo. No pronuncie nunca más la palabra «obligación». Con ciento veinte muertos sobre su conciencia, sería una locura.
– ¿Sobre mi conciencia? -exclamó Mackra, molesto-. ¿Quién fue el que atacó? ¿Acaso no tenía todo el derecho y la obligación de defenderme?
– No -replicó England con sequedad.
– Pero habrían descuartizado hasta el último hombre -replicó Mackra.
– ¿Y usted qué sabe? -espetó England, como cabía esperar-. Le voy a decir una cosa, capitán: la única obligación que tiene el hombre es guardarse la vida. Sólo por eso voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que se pueda ir de aquí con sus hombres, pero no espere de mí misericordia ni compasión. No se merece usted ni lo uno ni lo otro, igual que nosotros.
Mackra miró a England sin comprender lo que pasaba.
– No será fácil -continuó England-. Voy a hacer lo que pueda, pero usted también tendrá que ablandar a Taylor si es que pretende salir bien librado.
– Y ¿cómo? -preguntó Mackra.
England dejó caer los brazos.
– ¡Eso sólo el Diablo lo sabe! -dijo-. Pero pregunte a Silver: nadie conoce a esos bárbaros mejor que él.
Mackra se dirigió hacia mí.
– Lo mejor sería que Taylor decidiera si va a colgarlo o a partirlo en dos -contesté después de reflexionar un momento-. Es posible que se ablandara, de manera que sus hombres quedasen liberados. Claro que eso no es ninguna solución. England se opondría, y usted mismo no tiene lo que hay que tener. Así pues, propongo que invite a Taylor, lo atiborre de ron, le demuestre el respeto y admiración que se merece un capitán como él y confíe en lo mejor. No puedo hacer nada más.
Taylor subió a bordo ese mismo día, ya más tarde. Estaba de un humor de perros; gritaba y juraba cuando lo subieron a bordo. Con sus inútiles manos no podía subir él solo por la escala. Ni England ni yo lo ayudamos, porque a Taylor le molestaba y le humillaba que se notase su incapacidad ante los que no estaban a sus órdenes, es decir, ante los que no podía amenazar con la muerte cuando le viniera en gana.
– ¿Dónde demonios está el cobarde de Mackra? -gritó tan pronto como puso los pies en cubierta-. Le voy a cortar las orejas a ese diablo.
Claro que esto era para la galería. Ni siquiera Taylor podía pensar que Mackra fuera tan imbécil como para haberse vuelto con las manos vacías.
Le arreó una patada a la puerta del camarote y gritó de manera que nadie dejara de oírlo.
– Por todos los demonios, England, ¿aún no le has partido el cuello a esa carroña?
Sin embargo, cerró la puerta tras de sí para saber cuál era la propuesta de Mackra antes de tomar medidas. Yo me puse en un vento en el castillo de popa para oír bien todo lo que pasara.
Mackra se sentía envalentonado, protegido por sus cañones, pero se puso de rodillas y se deshizo en halagos hacia Taylor, Éste no dijo mucho; no hizo más que beber un vaso de ron tras otro esperando el mensaje de Mackra. Pero no hubo nada de eso, y al final Taylor perdió la paciencia.
– Habla de una vez -gritó-. ¿Qué es lo que quieres?
Y Mackra, sin haber entendido nada, contestó que necesitaba un barco, el que fuera, para poder irse a casa con sus hombres.
– Vaya -dijo Taylor, dulce como el almíbar-. Y ¿qué recibiríamos a cambio? ¿El señor capitán nos puede pagar de alguna manera?
– Ya han recibido ustedes mi barco, el Cassandra, con toda su carga. ¿No es suficiente pago?
– ¿Recibido? -gritó Taylor, lleno de ira y desprecio-. ¡Recibido! Lo hemos apresado, al precio de ochenta expertos marineros muertos. Hemos pagado cien veces más de lo que vale esta maldita chatarra. Y creéis que podéis comprar el salvoconducto con algo que ya es de nuestra propiedad. ¿Habéis perdido el juicio?
Taylor dio una patada en el suelo, como siempre que estaba furioso, ya que no podía cerrar el puño y dar un golpe en la mesa.
England estaba sentado en silencio. Entonces oí que Taylor se levantaba y se dirigía hacia la puerta.
– Mackra -dijo cuando se iba-, si de verdad piensas que te debemos algo, estás muy equivocado. Mis hombres te odian como a la carroña que eres, así que nos lo pagarás muy caro.
Le dio una patada a la puerta.
– Taylor -dijo England con voz autoritaria-, por una vez estoy de acuerdo contigo. El capitán Mackra no se ha hecho merecedor de clemencia. Tiene en su conciencia ochenta muertes, pero en eso ni tú ni yo somos mucho mejores. Ya lo he dicho una vez sin que me escucharas. Ya hemos visto suficiente sangre en esta maldita bahía. Te estoy diciendo, Taylor, que si le pones la mano encima a Mackra será por encima de mi cadáver.
Se hizo el silencio y después oí resoplar a Taylor.
– Será como dices, England. Por encima de tu cadáver. ¡Aquí el contramaestre! -añadió Taylor.
En su enfurecimiento, había olvidado que no se encontraba a bordo de su barco. Sin embargo, yo me dirigí hacia el camarote con una expresión que podía asustar al más valiente.
– ¿Dónde está Mackra, el capitán del Cassandra? -bramé.