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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—¿Sabe alguien qué es eso? —preguntó mientras señalaba. Examinarlo a través del visor de lentes no le revelaba nada salvo que parecía construido con la misma piedra gris de las murallas. Era demasiado estrecho para ser un puente. No tenía antepechos y no parecía que hubiera nada que precisara cruzarse por un puente.

—Es para llevar agua —contestó Sulin—. Se extiende unos ocho kilómetros, hasta un lago. No sé por qué no construyeron su ciudad más cerca, pero la mayor parte del terreno que rodea el lago da la impresión de que será barro en cuanto pase el frío. —Ya no se trabucaba con palabras desconocidas para los Aiel, como «barro», aunque todavía quedaba un dejo de pasmo en «lago», en la idea de tanta agua junta en un sitio—. ¿Estás pensando en cortarles el suministro de agua? Eso los haría salir, sin duda. —Sulin conocía bien la lucha por el precioso líquido. La mayoría de los enfrentamientos en el Yermo empezaban por el agua—. Pero no creo que…

El remolino de colores estalló en la cabeza de Perrin; fue una explosión de tonalidades tan fuerte que hizo desaparecer visión y oído. Salvo la capacidad de ver los colores, por supuesto. Eran una vasta oleada, como si todas las veces que los había apartado a la fuerza de su cabeza hubieran construido una presa que ahora reventaba por el empuje imparable del torrente silencioso, girando en mudos remolinos que intentaban arrastrarlo al fondo. Una imagen se aglutinó en el centro de la vorágine, Rand y Nynaeve sentados en el suelo, enfrente el uno del otro, tan claro como si se encontraran ante él. No tenía tiempo para Rand ahora. ¡Ahora no! Abriéndose camino a manotazos entre los colores como haría un hombre que se está ahogando para salir a la superficie, los obligó a salir de su cabeza.

La vista y el oído, el mundo en derredor, reaparecieron con un violento choque, casi aplastándolo.

—… es una locura —decía Grady con un timbre preocupado—. ¡Nadie puede manejar suficiente saidin para que pueda percibirlo tan lejos! ¡Nadie!

—Tampoco nadie puede manejar tanto saidar, pero alguien lo está haciendo —murmuró Marline.

—¿Los Renegados? —La voz de Annoura tembló—. Los Renegados utilizando algún sa’angreal que no conocemos. O… O el propio Oscuro.

Los tres oteaban fijamente hacia el noroeste, y si Marline parecía más tranquila que Annoura o Grady, olía tan asustada y preocupada como ellos. A excepción de Elyas, los demás observaban a los tres con la expresión de quien espera el anuncio de que había empezado un nuevo Desmembramiento del Mundo. El semblante de Elyas denotaba resignación. Un lobo lanzaría mordiscos a un desprendimiento que lo arrastrara a la muerte, pero también sabía que la muerte llegaba antes o después y no se la podía combatir.

—Es Rand —murmuró Perrin con voz sorda. Se estremeció ante el nuevo embate de colores que intentaban regresar, pero los aplastó—. Esto es cosa de él. Se encargará de ello, sea lo que sea. —Todo el mundo lo miraba ahora de hito en hito, incluso Elyas—. Necesito prisioneros, Sulin. Por fuerza han de salir partidas de caza. Elyas dice que tienen centinelas a varios kilómetros, pequeños grupos. ¿Podéis conseguirme prisioneros?

—Escúchame atentamente —intervino Annoura, que habló con precipitación. Se incorporó en la nieve lo suficiente para alargar el brazo por encima de Marline y agarrar la capa de Perrin—. ¡Algo está ocurriendo, quizá maravilloso, quizás horrible, pero en cualquier caso trascendental, más que ninguna otra cosa recogida en la historia conocida! ¡Tenemos que saber qué! Grady puede llevarnos allí, lo bastante cerca para verlo. Yo podría trasladarnos si conociera el tejido. ¡Hemos de saberlo!

Perrin sostuvo su mirada, alzó la mano y la mujer enmudeció, abierta la boca. No era fácil que una Aes Sedai se callara, pero Annoura lo hizo.

—Os he dicho lo que es. Nuestra tarea está justo ahí abajo, delante de nosotros. Sulin…

Sulin giró la cabeza alternativamente hacia él, a la Aes Sedai, a Marline. Finalmente se encogió de hombros.

—Descubrirás pocas cosas útiles si los sometes a interrogatorio. Abrazarán el dolor y se reirán de ti. Y la vergüenza será un proceso lento… si es que a esos Shaido todavía se los puede hacer avergonzar.

—Lo que quiera que descubra será más de lo que sé ahora —replicó.

Su tarea estaba ante él. Un rompecabezas que resolver, liberar a Faile y destruir a los Shaido. Eso era lo único que importaba. Por encima de todo.

9

Trampas

Y se quejó de nuevo de que las otras Sabias son tímidas —concluyó Faile en un tono sumiso mientras acomodaba mejor el cesto alto que portaba sobre un hombro y cargaba alternativamente el peso en uno y otro pie sobre la embarrada nieve. El cesto no pesaba mucho aunque iba repleto de ropa sucia, y su túnica blanca era de paño grueso y cálido, además de llevar debajo dos camisolas, pero las botas de suave cuero, decoloradas para que quedaran blancas también, apenas protegían de la fría nieve derretida—. Se me ordenó que informara lo que la Sabia Sevanna decía exactamente —se apresuró a añadir. Someryn era una de las «otras» Sabias, y su boca se había curvado hacia abajo al oír la palabra «tímidas».

Con los ojos bajos, era lo único que Faile alcanzaba a ver del rostro de Someryn. A los gai’shain se les exigía mantener una actitud humilde, sobre todo si no eran Aiel, y aunque miró hacia arriba a través de las pestañas para atisbar la expresión de la Sabia, la otra mujer era más alta que muchos hombres, aun que los Aiel; una gigantona de cabello amarillo que la superaba mucho en estatura. Lo que veía principalmente era el enorme busto de Someryn, con el inicio de los senos expuesto al llevar los lazos de la blusa sueltos hasta la mitad de la pechera, aunque en parte se lo cubría la ingente colección de collares cuajados de gotas de fuego, esmeraldas, rubíes y ópalos, tres hilos de gruesas perlas de longitud escalonada y cadenas de oro de intrincado diseño. A la mayoría de las Sabias parecía caerles mal Sevanna, que «hablaba en nombre del jefe» hasta que se eligiera a un nuevo jefe de clan, un suceso que no era probable que tuviese lugar pronto, e intentaban debilitar su autoridad cuando no peleaban entre ellas o formaban camarillas, pero muchas compartían con Sevanna su gusto por las joyas de las tierras húmedas y algunas incluso habían empezado a llevar anillos, como ella. Someryn lucía en la mano derecha un enorme ópalo que emitía destellos rojizos cada vez que la mujer se ajustaba el chal, y en la izquierda un gran zafiro rodeado de rubíes. Sin embargo no había adoptado las ropas de seda. Llevaba una blusa de sencillo algode blanco, del Yermo, y la falda y el chal eran de grueso paño tan oscuro como el pañuelo doblado que le ceñía las sienes para apartarse de la cara el rubio cabello, largo hasta la cintura. El frío no parecía incomodarla lo más mínimo.

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