Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un asesinato musical
Un asesinato musical - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 124
Перейти на страницу:

– ¿Qué problema ve en eso? -preguntó Ruth Mashiah sorprendida-. ¿No le gustan las reglas del juego? Gabi solía decir que veía muchos puntos en común entre las novelas de detectives y la ópera, una lógica compartida.

– Todo está al servicio de la trama, del misterio -perseveró Michael-. No queda espacio para respirar, ni para la belleza. Ni para las digresiones del tema central. Todo es funcional. Una conversación como la que estamos manteniendo no podría aparecer en una historia de detectives, porque no es funcional. No tengo paciencia para leerlas. Mi trabajo ya me proporciona suficientes misterios. Y, pase lo que pase, el desenlace siempre es decepcionante. O bien sabes con excesiva antelación quién es el asesino, o bien tienes la impresión de que te han timado, de que el escritor se ha sacado un as de la manga.

– ¡A nadie le gustan las novelas de detectives sólo por el componente de misterio!

– ¿No? ¿Entonces por qué gustan?

– Por muchas cosas. El suspense, el misterio, no es más que una parte del pacto, del acuerdo entre el escritor y sus lectores, y lo cierto es… -Ruth Mashiah enmudeció a la vez que Michael despegaba los labios para hacer un comentario sobre los pactos secretos; comentario que al final se tragó.

Durante los segundos de silencio que siguieron, Michael cavilaba si realmente ella sería capaz de arrebatarle a la nena. ¿Cómo es posible que no comprenda que yo, y solamente yo, puedo darle muchísimas cosas? Una idea opuesta se mofaba de aquella queja. «Buscan a alguien convencional», se recordó, «una familia cariñosa y normal». ¿Qué iba a hacer si le quitaban a la niña?, se preguntaba aterrorizado mientras observaba a Ruth Mashiah, que lo escudriñaba con la cabeza ladeada. ¿Qué haría con todo lo que había comprado, con la cuna que había encargado, el armarito de la nena, los juguetes? Esa preocupación mezquina lo sorprendió y avergonzó. No iban a quitársela, se tranquilizó, no se la iban a quitar tan deprisa. Lucharía hasta el final.

– Por encima de todo, es el sentimiento de inocencia el que lleva a la gente a leer historias de detectives.

– ¿El sentimiento de inocencia? Ah, claro, ¡el sentimiento de inocencia!

– Sí, eso creo yo. Todos cargamos con un sentimiento de culpa -dijo ella sin tomar en cuenta las burlas de Michael.

– ¿Ya qué se debe ese sentimiento?

– No sé si aceptará lo que voy a decirle -dijo ella con un suspiro-. Pero, dicho en pocas palabras, el sentimiento de culpa emana del deseo de matar al padre. Al menos en el caso de los hombres.

– ¡Edipo, ay, Edipo! -exclamó Michael, y se quedó en silencio un largo rato-. Pues bien, no es de extrañar que a mí no me haga falta ese sentimiento de inocencia. Mi padre murió cuando yo era pequeño -luego, al ver desencanto en los ojos de ella, y cómo tensaba el cuerpo aprestándose a explicarle lo que él ya sabía, es decir, que no había relación alguna entre el hecho real de la muerte del padre y el sentimiento de culpa, y también a causa del exceso de simplificación en que había incurrido, exceso del que de pronto se avergonzaba, y movido asimismo por la rabia que le inspiraban aquellas explicaciones psicológicas de tres al cuarto, añadió-: ¿Está diciendo que el lector de novelas de detectives se siente aliviado de sus sentimientos de culpa porque no es el asesino?

– Se identifica por completo con el detective y su sentido de la justicia. Mientras está embebido en la novela, se cree uno de los buenos. Además, está tan solo y tan condenado a la eterna soledad como el detective. Al menos, hasta que se desvela la verdad.

– ¡No sé de qué me habla! -le espetó Michael de pronto. Para su sorpresa, las palabras de Ruth Mashiah despertaban en él mayor inquietud que si le hubiera planteado las previsibles cuestiones relativas al tiempo que podría dedicarle a la nena, a su capacidad para superar las crisis familiares, a Nita.

– Le estoy hablando de que le he analizado y tiene usted la típica mentalidad de detective. Un detective no se puede permitir casarse, y si se casa, se mete en problemas. Y, en todo caso, es incapaz de crear una familia. Así han sido las cosas desde Sherlock Holmes, tal vez incluso desde Edgar Allan Poe.

– De joven leía novelas de detectives -dijo Michael enfadado-, y no recuerdo que plantearan nada de eso.

– Pero tal vez sí recuerde la soledad del detective de las novelas -comentó ella con un deje de burla-. En la ficción se exagera más, sin duda, pero ahí está la idea, siempre presente. Incluso en el inspector Maigret. Estoy segura de que ese personaje de Simenon le gusta.

Michael asintió con un gesto.

– Y hay una señora Maigret -recordó de pronto.

– Sí -ratificó ella-, está ahí para traerle las zapatillas por la noche y servirle la sopa. ¿Recuerda que Maigret hable en serio con ella una sola vez? Viven como dos desconocidos.

– ¿Porque él es detective? ¿Qué tiene que ver con que sea detective? La señora Maigret es una mujer simple, mientras que el inspector…

– No puede saber si es simple o no. No la conoce en absoluto. Sólo sabe que cumple con sus funciones de ama de casa y que Maigret ni siquiera se ha enamorado en los últimos años. Sentirse atraído por alguien es lo máximo a lo que ha llegado, y fundamentalmente por curiosidad y por el deseo de descubrir la verdad. Los detectives no se enamoran de verdad. Sienten una atracción pasajera y nada más. En la mayoría de los casos, al menos.

– Suponiendo que tenga razón -se rindió Michael al fin-, ¿qué tiene eso que ver con mi niña?

– No diga «mi niña». ¡No es suya! -dijo ella abruptamente-. Usted es una solución temporal. La policía está buscando a la madre. Debe estar preparado para despedirse de ella.

– No puedo ni pensarlo -dijo él con la cabeza gacha.

– Tiene que pensar en lo que es mejor para ella. Tal vez no está usted hecho para ser padre de familia -le explicó. Al verle despegar los labios, añadió-: Discúlpeme. Quizá ya está preparado para serlo, pero es demasiado pronto para saberlo. Los detectives casi nunca tienen relaciones íntimas. Les falta la confianza de base. La manera en que usted trabaja también indica que no confía en los demás.

Michael se sintió palidecer de ira.

– Estamos en la vida real -dijo con voz estrangulada-. ¡Debería aplicar unos criterios serios! ¡Aunque esto sea una conversación entre usted y yo! Cómo es posible que, basándose en noveluchas de detectives… una persona de su categoría profesional… hable con tanta irresponsabilidad…

– ¿Noveluchas por qué? -protestó ella-. ¿Son noveluchas las obras de Simenon? ¿O las de Chandler? En ellas se muestra la tragedia esencial de la figura del detective. El precio que ha de pagar por conocer la verdad.

– Estoy harto de hablar de novelas de detectives -dijo Michael, nervioso pero tajante-. Me ha dejado pasmado al afirmar que no valgo para padre de familia. Es una irresponsabilidad, por no decir una impertinencia -dijo alzando la voz.

– Está enfadado porque sabe que quizá tenga razón -replicó ella serena.

Michael sintió un hondo temor al darse cuenta de que se encontraba en una de esas raras ocasiones en que un interrogatorio se le escapaba de las manos. Al mirar a aquella mujer menuda, los ojos rasgados que lo observaban con fijeza, los pequeños y hábiles dedos, el pulgar amoratado, sentía que ella no pretendía tenderle una trampa, que hasta cierto punto merecía su confianza, mas no por ello dejaban de hacerle daño sus palabras. Se reafirmó en su impresión de que las rotundas aseveraciones lanzadas por su interlocutora no reflejaban en absoluto sus más vivos deseos. Quería hablarle de lo que pretendía decir al acusarla de «impertinente» e «irresponsable», quería hablarle de Avigail, de aquella relación predestinada al fracaso. Quería contarle que no había sido culpa suya, que él no había tomado la decisión de romper. Pero esos deseos quedaban en un segundo plano en comparación con el de protegerse de ella y reencauzar el interrogatorio por la vía normal. Al propio tiempo, sabía que la vía normal no existía. Sintió súbitamente que aquella conversación irrelevante, tan amenazadora para él, podría llevarlo a lugares que desconocía por completo.

1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 124
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)