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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Siguió al grupo hasta la galería que se ocupaba de los deportes y el entretenimiento; allí estaban las tenistas con sus diademas y sus molestas faldas largas, y los hombres con sus pantalones de franela blancos, perfectamente planchados; vio pósteres de excursionistas con sus mochilas y sus shorts, adentrándose en una campiña inglesa idealizada; miembros de la Liga Femenina de Salud y Belleza con pantalones bombachos de raso negro y blusas blancas, ejecutando sus ejercicios rítmicos en masa… Había carteles de ferrocarril originales en los que aparecían montañas azules y arenas amarillas, niños con el pelo cortado a lo paje blandiendo cubos y palas, padres en sus discretos trajes de baño aparentemente ajenos al clamor distante de una Alemania armándose para la guerra. Y también allí estaba el abismo omnipresente e insalvable entre ricos y pobres, entre privilegiados y marginados, subrayado por la inteligente disposición de las fotografías, en las que padres y amigos en el torneo de críquet de Eton-Harrow de 1928 podían compararse con los rostros sombríos e inexpresivos de los niños desnutridos fotografiados en su excursión anual de la escuela dominical.

A continuación subieron por la escalera en dirección a la Sala del Crimen. A pesar de que las luces ya estaban encendidas, la oscuridad del día se había intensificado y se percibía un desagradable olor a humedad en el ambiente. Caroline Dupayne, que hasta entonces había permanecido casi todo el tiempo en silencio, dijo:

– Aquí huele a cerrado. ¿No podemos abrir una ventana, James? Que entre un poco de aire fresco.

Calder-Hale se acercó a una ventana y, tras un ligero forcejeo, la abrió unos quince centímetros por la parte superior.

Ackroyd tomó el relevo. «¡Qué hombrecillo tan extraordinario!», pensó Kate, con aquel cuerpo regordete y cuidadosamente entallado, lleno de energía, y aquel rostro tan inocentemente entusiasmado como el de un niño encima de aquella ridícula pajarita de lunares. Dalgliesh había referido a los miembros del equipo su primera visita al Dupayne; siempre agobiado de trabajo, había dedicado un tiempo precioso a llevar a Ackroyd en coche al museo. Kate se preguntó, y no por primera vez, por la singularidad de la amistad masculina, esa camaradería que, aparentemente, no se cimentaba sobre ninguna base de la personalidad, sobre ninguna opinión compartida del mundo, sino, al menos gran número de veces, en un interés común o una experiencia mutua, poco exigente, poco expresiva y que no cuestionaba nada. ¿Qué diablos tenían Dalgliesh y Conrad Ackroyd en común? Sin embargo, saltaba a la vista que el segundo estaba disfrutando de lo lindo. Sin duda, sus conocimientos acerca de los casos de asesinato exhibidos era excepcional, pues hablaba sin consultar nota alguna. Trató durante largo rato el caso Wallace, y los visitantes examinaron con actitud diligente el cartel del Club Central de Ajedrez donde se aseguraba que aquél debía jugar la tarde anterior al asesinato, y contemplaron en respetuoso silencio el juego de ajedrez de Wallace, expuesto en la vitrina.

– La barra de hierro de la vitrina no es el arma del crimen -explicó Ackroyd-; de hecho, nunca la encontraron. Sin embargo, se descubrió que en la casa faltaba una barra similar empleada para rascar las cenizas de la parte inferior de la chimenea. Estas dos fotografías que la policía tomó del cuerpo de la víctima con escasos minutos de diferencia también son interesantes: en la primera se ve el chubasquero arrugado de Wallace, cubierto de manchas de sangre, tapando el hombro derecho de la víctima, mientras que en la segunda ha sido retirado.

La señora Ballantyne observó las fotografías con una mezcla de repugnancia y lástima. Su marido y el profesor McIntyre estaban hablando sobre los muebles y los cuadros de la abarrotada sala de estar, ese santuario, casi nunca utilizado, de respetabilidad de clase media-alta que a ellos, como historiadores sociales, les parecía obviamente más fascinante que la sangre y la masa encefálica destrozada.

– Fue un caso único en tres aspectos -concluyó Ackroyd-: el Tribunal de Apelación anuló el veredicto basándose en que era «incierto teniendo en cuenta las pruebas», con lo que venía a decir que el jurado se había equivocado. Aquello debió de ser mortificante para el presidente del tribunal, lord Hewart, quien vio la apelación y según cuya filosofía el sistema judicial británico era prácticamente infalible. En segundo lugar, el sindicato de Wallace financió la apelación, pero no hasta después de haber convocado a las personas relacionadas en la oficina de Londres y haber celebrado una especie de juicio en miniatura. En tercer lugar, fue el único caso para el que la Iglesia anglicana autorizó una plegaria especial para guiar al Tribunal de Apelación a la decisión correcta. Se trata de una oración magnífica (la Iglesia sabía cómo redactar la liturgia en aquellos tiempos) y pueden verla impresa en el programa del oficio religioso expuesto en la vitrina. A mí me gusta sobre todo la última frase: «Y oremos por los sabios consejos de nuestro soberano el Rey, que sean fieles a las órdenes cristianas del apóstol Pablo. Que nada se juzgue hasta que Nuestro Señor ilumine los secretos ocultos de la oscuridad y haga manifiestos los consejos del corazón.» Al fiscal, Edward Hemmerde, le enfureció la oración y probablemente aún más cuando ésta surtió efecto.

El profesor Ballantyne, el mayor de los dos visitantes masculinos, comentó:

– Los consejos del corazón… -Extrajo una libreta y el grupo esperó pacientemente mientras él, leyendo el oficio religioso, anotaba la última frase de la oración.

Ackroyd no tenía tantas cosas que decir acerca del caso Rouse y se concentró en las pruebas técnicas de la posible causa del incendio, sin mencionar la alusión de Rouse a una hoguera. Kate se preguntó si lo habría hecho por prudencia o por sensibilidad; no esperaba que Ackroyd mencionase la similitud con el asesinato de Dupayne, y el experto consiguió eludir el tema con una cierta habilidad.

Kate sabía que sólo las personas directamente relacionadas con el caso habían sido informadas acerca del misterioso conductor y de que las palabras que éste le había dirigido a Tally Clutton habían sido exactas a las de Rouse. Miró a Caroline Dupayne y a James Calder-Hale durante el cuidadoso relato de Ackroyd, pero ninguno de los dos reveló siquiera un atisbo de interés especial.

Pasaron al asesinato del baúl de Brighton. Para Ackroyd se trataba de un caso menos interesante y resultaba más difícil justificarlo como típico de su época. Se concentró en el baúl.

– Éste era precisamente el baúl de hojalata que usaban los pobres cuando viajaban -explicó-. Podía dar cabida a casi todas las pertenencias de Violette Kaye, y al final fue su ataúd. Su amante, Tony Mancini, fue juzgado en el tribunal de Lewis Assize en diciembre de 1934 y absuelto tras una brillante defensa del señor Norman Birkett. Fue uno de los pocos casos en que las pruebas del patólogo forense, sir Bernard Spilsbury, fueron cuestionadas con éxito. El caso es un ejemplo de lo que de verdad importa en un juicio por asesinato: la calidad y la reputación del abogado defensor. Norman Birkett, que más tarde se convertiría en lord Birkett de Ulverston, tenía una voz extremadamente melódica y persuasiva, que constituía un arma de lo más poderosa. Mancini le debía la vida a Norman Birkett y confiamos en que le mostró su debido agradecimiento. Antes de morir, Mancini confesó que había matado a Violette Kaye. Si quería matarla en realidad o no, es otra cuestión.

A juicio de Kate, el pequeño grupo examinó el baúl más por educación que por auténtico interés. La atmósfera parecía cada vez más cargada. En ese momento deseó que el grupo siguiese avanzando. La Sala del Crimen, y en realidad el museo entero, le habían producido una sensación opresiva desde el instante en que había entrado por primera vez. Había algo ajeno a su espíritu en aquella cuidadosa reconstrucción del pasado. Durante años había intentado olvidar su propia historia y le molestaba y sentía cierto temor ante la claridad y la terrible inevitabilidad con que regresaba, mes a mes. El pasado estaba muerto, acabado, era inalterable. No había nada de él que pudiese compensarse y sin duda nada que pudiese comprenderse del todo. Las fotografías en sepia que la rodeaban no tenían más vida que el papel sobre el que estaban impresas. Los hombres y mujeres muertos hacía tanto tiempo ya habían sufrido y causado sufrimiento y se habían ido. ¿Qué impulso extraordinario había empujado al fundador del Dupayne a exhibirlos con tanto esmero? Lo más probable era que no tuviese más relevancia para su época de la que tenían aquellas fotografías de coches antiguos, la ropa, las cocinas, los artefactos del pasado. Algunas de aquellas personas estaban enterradas en cal viva y otras en cementerios, pero si las hubiesen arrojado a una fosa común habría dado exactamente lo mismo. «¿Cómo vivir con seguridad sino en el momento presente -se preguntó-, el momento que, incluso mientras lo mido, se convierte en pasado?» La incómoda convicción que había experimentado al salir de la casa de la señora Faraday se apoderó de ella de nuevo. No podía enfrentarse con tranquilidad a aquellos años anteriores ni anular su poder siendo una traidora para su pasado.

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