El vals lento de las tortugas
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
Ya no tenía noticias suyas.
Mañana entraría la primavera. El primer día de primavera. Quizás ha encontrado alojamiento… Y se está instalando.
Reflexionaba, todavía sentada sobre la cama. Estaba triste, vacía, como cada vez que se sentía impotente. Impotente para derribar el muro construido por Zoé, que no dejaba ninguna grieta por la que pasar. Zoé volvía del colegio y se encerraba en su habitación, Zoé se levantaba de la mesa y se marchaba al trastero para escuchar la batería de Paul Merson. Zoé soltaba un: «Buenas noches, mamá» y volvía a su habitación. Había crecido de golpe, bajo su jersey brotaban unos pequeños senos, sus nalgas se redondeaban. Se ponía brillo en los labios, negro en las pestañas. Pronto cumpliría catorce años, pronto sería tan guapa como Hortense.
Joséphine se esforzaba en conservar la esperanza. Se puede perder todo, los dos brazos, las dos piernas, los dos ojos, las dos orejas, si se conserva la esperanza, una está salvada. Cada mañana se despertaba y se decía: hoy va a hablarme. La esperanza es más fuerte que todo. Impide a la gente matarse cuando llegan a la tierra y ven que les ha tocado un suburbio o un desierto. La esperanza les da fuerzas para pensar: caerá la lluvia, crecerá un bananero, me tocará la lotería, un hombre magnífico me dirá que me ama con locura. Es algo que no cuesta caro y que puede cambiar la vida. Se puede esperar hasta el final. Hay gente que, dos minutos antes de morir, sigue haciendo proyectos.
Cuando sentía que le abandonaba la esperanza, que había trabajado sin poder descifrar una sola palabra, apagaba su ordenador y se refugiaba en la portería de Iphigénie para ver al señor Sandoz. Los muebles de Ikea habían sido entregados, sólo había que esperar a que la pintura se secara y colocar el parqué. El señor Sandoz era pintor. Le había enviado la oficina de empleo de Nanterre. Joséphine le había explicado la obra, él había respondido: «No hay problema, puedo hacerlo todo: ¡pintura, electricidad, fontanería y carpintería!».
A veces ella le echaba una mano. Clara y Léo se unían a ellos al salir del colegio. El señor Sandoz les prestaba un pincel y sonreía tristemente, repitiendo: «El pasado, el presente, el futuro, el presente y el pasado, el futuro y el presente, el futuro y el pasado». Sacudía la cabeza como si las palabras le enviasen al fondo de una charca. Llegaba cada mañana a la portería vestido con traje y corbata, se enfundaba su mono de pintor y, a la hora de la comida, volvía a ponerse el traje, la corbata, se limpiaba las manos y se iba a un bar. Daba mucha importancia a su dignidad. Había estado a punto de perderla, unos años antes, la había encontrado in extremis y cuidaba escrupulosamente de no perderla. No explicaba cómo había estado a punto de perderla. Joséphine no hacía preguntas. Sentía el dolor, la infelicidad dispuestos a saltar. No quería remover el agua de la charca para satisfacer su curiosidad.
Tenía unos hermosos ojos azules, muy tristes, pero muy azules. Era preciso, trabajador y estaba sujeto a crisis de melancolía. Dejaba su pincel y esperaba, mudo, a que la melancolía se alejase. Parecía entonces un Buster Keaton perdido en la marea de novias. Tenían largas conversaciones que a menudo partían de un detalle.
– ¿Qué edad tiene usted, señor Sandoz?
– La edad en la que nadie quiere ya nada de uno.
– Sea más preciso.
– Cincuenta y nueve años y medio… ¡Para tirar al vertedero!
– ¿Por qué dice eso?
– Porque, hasta ahora, no había comprendido que se puede ser viejo y tener veinte años.
– ¡Eso es formidable!
– ¡No, nada de eso! Cuando conozco a una mujer que me gusta, tengo veinte años, silbo, me rocío con agua de colonia, me pongo un pañuelo alrededor del cuello y cuando quiero besarla, y me rechaza, ¡tengo sesenta años! Me miro en el espejo, veo las arrugas, los pelos dentro de la nariz, el pelo blanco, los dientes amarillentos, saco la lengua, está blanca, huelo mal…, veinte años y sesenta no encajan.
– Y se siente usted con el alma de un viejo…
– Me siento con el alma de un marginado. Tengo un hijo de veinticinco años y yo quiero tener veinticinco años. Me enamoro de sus novias, corro en pantalón corto, me atiborro de vitaminas, hago pesas. Doy pena. Pero no veo la solución porque, hoy en día, ser joven no es sólo un momento de la vida, es una condición para sobrevivir. ¡Y eso no era así antes!
– Se equivoca -afirmaba Joséphine-. En el siglo XII, a los viejos se les echaba a la calle.
El dejaba de pintar, esperando una explicación. Joséphine se lanzaba:
– Conozco una fábula en verso que cuenta la historia de un hijo que echa a su padre: acaba de casarse y quiere vivir solo con su joven esposa. Se llama La Housse partie o, para entendernos, «la manta compartida». Es el hijo que habla al viejo padre que le suplica que no le eche a la calle:
Irá usted a la ciudad
Todavía hay diez mil
Que encuentran su sustento
Ya sería mala suerte
Que no encuentre usted alimento
¡Cada cual que se busque su suerte!
»Ya ve, ¡tampoco era el paraíso ser viejo en aquella época! Vivían en bandas, rechazados por todos, obligados a mendigar o a robar.
– Pero ¿cómo sabe usted eso?
– Estudio la Edad Media. Me gusta encontrar similitudes entre el pasado y el presente. ¡Y hay muchas más de las que se piensa! La violencia de los jóvenes, su desesperación ante un futuro incierto, las noches de borrachera, las bandas que violan chicas, el piercing, los tatuajes, las fábulas tratan todos esos temas.
– Entonces, ha existido siempre la misma infelicidad…
– … y el mismo miedo. El miedo ante un mundo que cambia y que no se reconoce. El mundo nunca ha sufrido tantos cambios como durante la Edad Media. Caos y renovación. Siempre hay que pasar por ahí.
Él cogía un cigarrillo, lo encendía y se manchaba la nariz con pintura rosa. Sonreía, con la expresión de alguien al que pillan en falta.
– ¿Y cómo se sabe que tenían miedo?
– Por los textos y la arqueología, los objetos que se encuentran en los yacimientos. Estaban obsesionados con su seguridad. Construían muros para protegerse del vecino, castillos y torres para desanimar a eventuales asaltantes. Se trataba de dar miedo a cualquier precio. Muchas fosas, fortificaciones y aspilleras no eran más que protecciones simbólicas y no se utilizaban nunca. Cerrojos, candados y llaves son objetos que se encuentran muy a menudo en las excavaciones. Todo estaba cerrado con cerrojo: cofres, puertas, ventanas y hasta la puerta del jardín. Era la mujer la que guardaba las llaves. Era la dueña de la casa.
– ¡El poder estaba ya en manos de las mujeres!
– Se aterraban ante los cambios climáticos, las inundaciones, el recalentamiento del planeta. Salvo que no se hablaba del planeta…
– Se hablaba del pueblo en el valle del Ubaye o de la Durance…
– Exacto. En el año mil hubo grandes fluctuaciones de temperatura y un recalentamiento que hizo subir el nivel de los lagos alpinos ¡dos metros! Numerosos pueblos acabaron bajo el agua. Los habitantes huían; el cronista Raoul Glaber, monje de Cluny, escribió que llovió tanto durante tres años, que «no se pudo abrir el surco capaz de recibir la simiente. Siguió una hambruna; un hambre rabiosa que empujó a los hombres a devorar carne humana».
Ella hablaba y hablaba. Qué curioso, hablando con él elaboro mi tesis, expongo mis argumentos, los pongo a prueba, los desarrollo.
Se acostumbró a ir a la portería con un cuadernillo donde garabateaba la concatenación de ideas. Los pensamientos llegaban mientras manejaba el pincel, el rodillo, el rascador, la escofina, el cepillo, dejándose la piel de los dedos mientras pegaba un trozo de parqué. Mucho más que quedándose sentada delante de su ordenador. De tanto pensar sentada, acaba una por reblandecerse. El cerebro reposa sobre el cuerpo y el cuerpo da energía al cerebro al agitarse. Como cuando corría por la mañana. Quizás por esa misma razón da vueltas el desconocido del lago. ¿Busca acaso palabras para una novela, una canción o una tragedia moderna?