Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Ella me entendió. Pero era joven. Era sólo eso, una niña. Había estado entrenando desde los seis años. Pues bien, nos fuimos a Austin, Texas, donde empezaban las pruebas olímpicas. Se clasificó en tres pruebas, pero durante el período de entrenamiento que precedió a lo de Austin, yo la estuve observando. Ya se sabe, soy un pronosticados Estoy acostumbrado a observar.
Y me imagino que tenía dos opciones, poco o nada, y lo poco estaba fuera de la ciudad. Los entrenadores me dijeron:
– No la desanimes, Frank. Vas a echarlo todo a perder. Ve con cuidado, Frank.
Pero yo, mientras la acompañaba a casa después de un entreno le decía:
– Tienes que entrenar más duro, Stef.
Y ella respondía:
– No sabes lo que dices, papá.
En fin, lo supe antes de ir a Austin. La prueba principal. Los cien metros braza de espalda. Mi sobrino Mark Mendelson quería venir desde Chicago pero yo le dije que no subiera al avión hasta que llegara a la final. Estuvo en O'Hare esperando comprobar si Stef se clasificaba por la mañana para la final de la tarde. Tenía que acabar entre las ocho primeras. En aquella prueba iban a participar ciento y pico de personas. Las ocho primeras pasaban a la final; las dos primeras, a los Juegos Olímpicos.
De forma que él esperó en el aeropuerto y me hizo llegar un mensaje preguntando si tomaba el vuelo o no. En el fondo, yo sabía que no tenía la menor posibilidad. Vino a mi encuentro tres cuartos de hora antes de la prueba. Dijo que el entrenador le había comentado que estaba en plena forma. Yo respondí para mis adentros: «Que le den por culo a tu entrenador, por bocazas».
Estaba jugando con ella. Estaba echando un farol. Tal vez ella conseguiría un milagro. La verdad es que en deporte no hay milagros. Es uno contra uno.
Recuerdo el tiempo que hizo. Dos segundos y medio menos de la marca que había conseguido seis meses antes, cuando se clasificó. Bajó la cabeza. Bajé la cabeza. Luego corrí hacia el teléfono y dejé un mensaje para mi sobrino, que esperaba en el aeropuerto.
– Mark Mendelson, vuelve a casa -dije.
El Zurdo también volvió a casa. La casa de Laguna Niguel, que le había costado 365.000 dólares tenía una fuente de aguas termales en la entrada, un mirador y una consola de madera exótica en el dormitorio. Pero cuando Rosenthal decidió empapelar, descubrió que era imposible pues las paredes no eran rectas, defecto que hizo también imposible la instalación de puertas con apertura electrónica, ventanas y contraventanas nuevas. Él mismo comentó por aquellos días:
La casa se tambalea, se derrumba y se hunde. Hay una inmensa grieta en el muro del fondo, incluso el encargado de los cristales ha tenido problemas porque el edificio no es sólido. Me he puesto en contacto con el contratista para comprobar si reúne los requisitos legales.
El Zurdo los llevó ante el tribunal.
Dijo que no le quedaba más remedio, pues los constructores «ya ni siquiera respondían a mis llamadas telefónicas».
De no haber estado Mike Kinz en el elevado asiento de su tractor, jamás habría reparado en el pedazo de tierra yermo. Kinz había arrendado un campo de maíz de un par de hectáreas en Enos, Indiana, a unos setenta y cinco kilómetros al sureste de Chicago; el maíz tenía una altura de unos diez centímetros y en unos quince días habría crecido lo suficiente como para cubrir el campo y disimular las huellas sobre el suelo que daban la impresión de que se había arrastrado algo desde la carretera hasta aquel espacio yermo, es decir, en un recorrido de unos treinta metros.
Kinz sospechó que algún cazador furtivo habría enterrado los restos del cadáver de un ciervo en el campo tras descuartizarlo y llevarse sus partes comestibles. Otras veces había sucedido. Así pues, llamó a Dave Hudson, biólogo y conservador de la fauna y guarda de caza.
Hudson estuvo media hora escarbando en la mullida y arenosa tierra hasta topar con material firme. Observó el agujero de metro y medio y en él vio un pedazo de piel blanca.
«Aparté un poco la arena -explicó Hudson-, y vi que había ropa interior.»
En una fosa de un par de metros habían arrojado dos cadáveres, uno encima del otro. No llevaban más que calzoncillos. Tenían el rostro tan desfigurado que el laboratorio del FBI no pudo examinar las huellas dactilares, cuatro días más tarde, pudieron identificarse los cadáveres como el de Anthony Spilotro, de cuarenta y ocho años, y el de su hermano Michael, de cuarenta y uno.
Anne, la esposa de Michael había denunciado la desaparición de éstos nueve días antes, y corrían rumores de que los Spilotro, quienes tenían que presentarse a juicio en unas semanas, habían desaparecido por decisión propia. Spilotro había conseguido permiso del tribunal para pasar ocho días en Chicago en visita familiar y para que su hermano dentista le arreglara la boca.
A Spilotro le esperaban unos días de gran actividad. Iban a juzgarle por el desvío de dinero del Stardust. Tendría que presentarse de nuevo a la sala por el caso del agujero en la pared; la primera vista había acabado en juicio nulo por desacuerdo del jurado a causa de un intento de soborno a uno de los miembros. Le preparaban asimismo otro juicio por violación de los derechos civiles de un testigo del gobierno al que se sospechaba que había asesinado. Su hermano Michael estaba a la espera de un juicio en Chicago pues una investigación encubierta sobre extorsiones demostró los vínculos entre el hampa y los clubs de alterne de los barrios situados al oeste de Chicago.
La consideración de Tony Spilotro en el seno de la mafia de Chicago había disminuido mucho en los últimos años. Como afirma Frank Cullotta: «Tony había llenado un montón de negativos». Y las escuchas a Spilotro acusando a algunos de sus socios, en concreto a Joe Ferriola -que se reproducían en la sala-, servían de poca ayuda. La noche del 14 de junio, cuando Michael y Tony salieron de la casa de aquél, en uno de los barrios periféricos de Chicago, Michael dijo a su esposa Anne: «Si no hemos vuelto a las nueve, es que las cosas se han complicado mucho».
La fosa se encontraba a unos seis kilómetros de una casa de campo propiedad de Joseph J. Aiuppa, ex capo de la mafia de Chicago, quien se encontraba a la sazón en la cárcel cumpliendo condena por desvío de dinero en los casinos de Las Vegas.
Edward D. Hegarty, agente del FBI de Chicago encargado del caso, afirmó:
No estaba previsto que se encontraran los cadáveres, pero quien los asesinó no tuvo en cuenta que el granjero podía esparcir herbicida por el campo.
Los hermanos murieron a causa de «unas contundentes heridas que se les infligieron en el cuello y la cabeza», según el doctor John Pless, jefe de medicina forense de la Universidad de Indiana, quien llevó a cabo las autopsias. Los dos habían sido golpeados duramente, pero no se observaron fracturas ni huesos rotos. Se supuso que los golpes se los habían propinado a pocos metros de la fosa. Cerca de allí se encontraron sus ropas. La fosa había sido excavada a una profundidad que impidiera el afloramiento de los cadáveres al arar los campos durante la siguiente primavera.
Tal como afirmó el ex agente del FBI Bill Roemer antiguo perseguidor de Spilotro:
Los asesinos tenían que actuar movidos por un terrible rencor. Normalmente, se encuentran un agujero, dos o máximo tres limpios en la nuca, procedentes por lo general de un veintidós. Es algo rápido y el individuo no sufre. A ésos los apalearon hasta matarlos. Los torturaron.
Hoy en día, los del sombrero de fieltro que levantaron la ciudad se han esfumado. Los jugadores sin alias ni maletas repletas de dinero en efectivo se resisten a aparecer por el nuevo Las Vegas por temor a que un universitario de veinticinco años del ramo de hostelería que trabaja en la sección de crédito de los casinos los entregue al fisco.