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Casino: Amor y honor en Las Vegas

Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:

Frank Rosenthal, El Zurdo, tuvo algo de simbólica: como la traca final de una era en la historia de la capital mundial del juego, Las Vegas.
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
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Al cabo de una media hora de estar en casa, sonó el teléfono. Era Joey Cusumano.

– ¿Te encuentras bien? -pregunta él.

– Sí, ¿y tú? -respondo enseguida.

– Gracias a Dios. Gracias a Dios -dice-. ¿Necesitas algo, Frank?

– No, nada, Joe -digo-, pero si necesito algo serás el primero en saberlo.

Yo le sigo la corriente, porque sé que Tony Spilotro está allí con él. Cusumano está al aparato, pero es Tony quien formula las preguntas. Pero en aquellos momentos, me encontraba calmado. Trataba de repasar las cosas. Entonces, el dolor ya no era tan fuerte. La morfina seguía actuando. Intentaba reconstruir lo que había sucedido y trataba de descubrir quién lo había hecho.

La explosión fue una importante noticia. Los periódicos y los noticiarios de la televisión tuvieron pasto durante días. Surgió de inmediato la especulación sobre si Spilotro tenía algo que ver con la bomba y sobre si el odio entre los dos viejos amigos a raíz de la historia de Spilotro con la mujer de la que se había separado El Zurdo podía haber constituido el detonante de la bomba.

El agente del FBI Charlie Parsons comentó a la prensa que Spilotro y la mafia de Chicago probablemente estaban detrás del intento de asesinato. Apuntó que la persistente amargura y el resentimiento entre Spilotro y Rosenthal a causa de Geri fueran probablemente la causa.

Parsons dijo que incluso le había hecho a Rosenthal la oferta de ser testigo del gobierno: «Zurdo, la mafia no se arriesga a que tú no hables. Tienen que matarte. ¿Vas a arriesgarte tú por lo que ellos no van a hacer? Ven con nosotros. Te ofrecemos protección para ti y tus hijos».

Joseph Yablonsky, el jefe del FBI de Las Vegas, dijo que Rosenthal se libró por «milagro» y que «el asesino seguramente no era de la ciudad; si bien en Las Vegas hay personas capaces de fabricar un artefacto de esas características».

Al día siguiente de la explosión, El Zurdo recuerda que los polis locales y los agentes federales seguían llamando a su puerta con preguntas. El Zurdo estaba preocupado por qué iba a hacer la policía para protegerlo a él y a su familia, pero los polis sólo querían saber cuál era su relación con Spilotro y si los dos tipos tenían alguna pelea entre manos. El Zurdo comentó que Parsons hasta le había ofrecido carta blanca en el programa federal de testigos.

«Después de la típica acción mafiosa que han intentado contra ti -insistió Parsons-, no les debes ningún tipo de lealtad.»

El jefe del servicio de inteligencia Kent Clifford lo planteó sin ningún tipo de rodeos: «Zurdo, eres un muerto andante y no recibirás protección policial a menos que nos proporciones información».

Rosenthal respondió a Clifford con una llamada al sheriff y a los periódicos para quejarse del trato de Clifford, indicando que, como contribuyentes sin ninguna acusación, él y su familia tenían derecho a protección policial independientemente de lo que el jefe del servicio de inteligencia pensara de él a título personal.

Al día siguiente, en los editoriales de Las Vegas se criticó el trato de Clifford hacia El Zurdo, y el sheriff John McCarthy se disculpó públicamente por las observaciones de Clifford. Dijo que Rosenthal tenía derecho a protección policial sin tener en cuenta su personalidad o su falta de cooperación a la hora de ayudar a los agentes de la ley. Los editoriales, tanto en los diarios como en la televisión, se aliaron en la batalla de El Zurdo, señalando que sus hijos pequeños y el ama de llaves podían haber estado perfectamente en el coche en ese momento y que todos los ciudadanos tienen derecho a protección según la ley.

Kent Clifford llevó a cabo una proeza que Rosenthal, El Zurdo, fue incapaz de conseguir en años: lograr que la prensa le fuera favorable.

La atención de los medios de comunicación y de la policía fue tan intensa que El Zurdo decidió realizar una rueda de prensa en su propia casa y dejar así a un lado algunas de las insinuaciones e historias más provocadoras y peligrosas que estaban apareciendo en los periódicos. Recibió a una media docena de periodistas en pijama de seda. Todavía se le veían algunas vendas en la frente y el brazo izquierdo.

Durante los cuarenta y cinco minutos que duró la sesión de entrevista, El Zurdo dijo que los federales y los polis locales habían «sugerido insistentemente» que Spilotro había ideado la bomba lapa del coche. Si bien sabía que la bomba «no procedía de los Boy Scouts de América», El Zurdo se negó a acusar a algún conocido de tal acción.

Dijo que se sentiría «muy desgraciado y se indignaría muchísimo» si resultara que su viejo amigo Tony Spilotro fuera el responsable. El Zurdo comentó que no lo creía posible y que «se trataría de una situación muy perjudicial para todos nosotros». No quiero ni siquiera considerar esa idea. Tal como continuó El Zurdo:

En realidad, ya no lo considero amigo mío, pero tampoco estoy preparado en este momento para creer que Spilotro fue el responsable. No estoy dispuesto a creer que él podría haber hecho algo así. No tenía ningún motivo para pensar que yo o cualquier miembro de mi familia nos hallábamos en peligro, y llevaba una vida como todo el mundo. Obviamente, estaba equivocado. No voy a ponerme en contra de Spilotro. No tengo ninguna necesidad. No es mi estilo de hacer las cosas.

El Zurdo dijo que quería descubrir «quién lo había hecho y asegurarme de que no volviera a suceder… pero no tengo ningún ánimo de venganza. Si dijera que quiero venganza, me estaría situando en un nivel tan bajo como ellos». No consideraba que la bomba fuera un mensaje o una advertencia. «No conozco el motivo de este primer intento. Haré todo lo que pueda para frenarlos. Haré lo necesario para protegerme a mí y a mi familia.»

Existen dos teorías sólidas sobre quién intentó asesinar a Frank Rosenthal. La primera -defendida por el FBI- sostiene que fue Frank Balistrieri. A éste se le conoce como el Bombardero Loco, debido a su costumbre de hacer volar a sus adversarios. Y mediante una escucha telefónica en el despacho de Balistrieri unas semanas antes del atentado quedó grabado que Balistrieri decía a sus hijos que creía que Frank Rosenthal había ocasionado sus problemas. Les prometió que «obtendría una entera satisfacción».

La segunda teoría, generalizada entre la policía local, afirma que lo hizo Spilotro.

Según El Zurdo:

Geri vino a la ciudad después de la bomba. Dijo que quería cuidarme. Protegerme. Pero mi pasión se había apagado. Me dijo: «Sabes que puedo cambiar».

Intentó darme su número de teléfono ese día, pero yo le dije que no lo necesitaba. Ella siempre podía encontrarme.

24

«No se descarta la posibilidad de asesinato.»

Geri Rosenthal se trasladó a un piso de Beverly Hills. Tal como comentaba El Zurdo:

Circulaba con pájaros de mal agüero. Chorizos, macarras, drogadictos, tíos de bandas de motoristas. Tenía un novio músico que le pegaba unas buenas zurras.

Llevaba una vida bastante dura. Vino a Las Vegas en vacaciones. Aparecía cuando los niños tenían competiciones de natación, cuando celebraban fiestas, las típicas cosas de los hijos. Yo nunca contaba con ella para estos acontecimientos porque jamás sabías qué haría. En una ocasión, la acompañé al aeropuerto para que tomara su avión de vuelta y por el camino se puso a chillar que quería más dinero. Me di cuenta de que iba completamente servida. Tenía que cumplir con los encargos que le habían hecho sus venados colegas. «Sácale más pasta al canalla éste.» Pues claro. Sabía perfectamente para qué la querían. La amenacé con arrojar su equipaje en plena Paradise Road si no se callaba. Me dirigió una mirada asesina y no volvió a abrir la boca.

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