Casino: Amor y honor en Las Vegas
- Автор: Pileggi Nicholas
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Casino: Amor y honor en Las Vegas». Краткое содержание книги:
Rosenthal, formado en la escuela de las apuestas deportivas ilegales llegó, como otros muchos, a Las Vegas con el propósito de hacer olvidar su pasado y seguir trabajando en lo que siempre había hecho: ser jugador. La pequeña ciudad de Nevada, sumidero de esperanzas bajo una capa febril y brillante, era una verdadera mina de oro, ideal para quienes patrocinaron la mudanza de Rosenthal, como también la de su viejo amigo Tony Spilotro, tan amante del dinero como de la violencia. Ambos fueron símbolos de una etapa frenética, trufada de violencia e ilegalidades, marcada por los intentos de la Mafia de establecer su hegemonía sobre los casinos. Una ciudad sin sitio para el amor, por lo que éste -como el que sentía Rosenthal hacia Geri, su esposa- estaba abocado al fracaso.
Casino, basada en hechos reales es, más allá de una novela de ritmo casi cinematográfico, un fascinante documento sobre el mundo del juego, sus leyes y sus corruptelas. Amor y adulterio, negocio y delito se entremezclan en una obra intensa y original, reveladora y absorbente.
Durante el juicio, Carl DeLuna se rindió. Se declaró culpable incluso antes de que se dictara sentencia. Ya tenía que enfrentarse a treinta años por el caso Tropicana. ¿Qué más podían hacerle? ¿Condenarle a treinta años más? No veía por qué tenía que permanecer en la sala observando cómo los fiscales mostraban ampliaciones de sus fichas de notas al jurado mientras una serie de dandis de vía estrecha contemplaban con incredulidad la riqueza de detalles que DeLuna había conseguido encajar en las minúsculas fichas.
Frank Balistrieri ya había tenido que enfrentarse a una condena de trece años por un caso diferente. Él también se declaró culpable.
El caso de Tony Spilotro, quien había sido procesado en el caso Argent junto con todos los demás, principalmente a raíz de las llamadas telefónicas a los directivos del Stardust exigiendo puestos de trabajo y obsequios, fue tratado aparte a causa de su afección cardíaca. Médicos autorizados determinaron que Spilotro no utilizaba su salud como estratagema, y se le concedió el tiempo necesario para una operación quirúrgica. Su vista se celebraría más tarde.
Al dictarse los veredictos de culpabilidad no hubo sorpresas, como tampoco las causaron las duras sentencias: Joe Aiuppa, el capo de Chicago de setenta y siete años, y su ayudante Jackie Cerone, de setenta y uno, fueron condenados a veintiocho años de cárcel cada uno. Maishe Rockman, de setenta y tres años, fue condenado a veinticuatro años. Carl DeLuna y Carl Civella fueron condenados a dieciséis años. John y Joseph Balistrieri fueron absueltos de todos los cargos.
Mil novecientos ochenta y tres marcó el cambio decisivo en la historia de Las Vegas. Los casos Tropicana y Argent se fueron encarrilando a través de vistas previas a los juicios, procesos y finalmente la aplicación de condenas. Se liquidó el último crédito concedido por el fondo de pensiones del Sindicato de camioneros. La hipoteca del Golden Nugget fue adquirida por Steve Wynn y liquidada con bonos basura. El implacable poder de la mafia -por lo que se refería al control económico de los casinos- había terminado.
En 1983, las máquinas tragaperras pasaron a ser la principal fuente de ingresos de los casinos, superando todas las demás formas de juego. Las Vegas, que había empezado su andadura como ciudad de destacados jugadores, se convirtió en una meca para los americanos en busca de apuestas de poca monta y bufetes libres por 2,95 dólares.
En 1983, la Comisión del Juego de Nevada canceló la licencia del Stardust por razón de otra investigación sobre el desvío del dinero y colocó a uno de sus propios supervisores en el antiguo despacho de El Zurdo para dirigir el Stardust. Los funcionarios estatales tuvieron poder para despedir o jubilar anticipadamente a muchos de los empleados que habían participado en los distintos desvíos de dinero que se habían llevado a cabo durante años.
Y en 1983 Rosenthal El Zurdo se trasladó con su familia a California.
El propio Zurdo declara:
Por un lado jugaba a la Bolsa y por el otro seguía con los pronósticos, estrictamente como jugador. Pero los niños… Stephanie, en concreto, se había convertido en una nadadora de primera clase. Ya había destacado en Las Vegas y posteriormente participó y venció en gran número de competiciones.
A fin de echarte una mano en sus objetivos -estaba ya preparada para las pruebas de calificación olímpica-, me trasladé a Laguna Niguel para que pudiera entrenar y competir con los de Mission Viejo Nadadores, uno de los equipos de elite del país.
La mansión de los Rosenthal estaba situada en Laguna Woods, en Laguna Niguel, una zona residencial a medio camino entre Los Ángeles y San Diego. Formaba parte de un conjunto de diecinueve casas encajadas en las exuberantes colinas costeras, con vistas panorámicas sobre el mar, el Crown Valley y El Niguel Country Club. El sistema de seguridad de la mansión de los Rosenthal disponía de una serie de monitores de televisión de circuito cerrado controlada por un panel que ocupaba toda una pared del garaje.
Durante casi todo el año 1983, la vida de El Zurdo giró alrededor de las extraordinarias proezas de sus hijos en el campo de la natación.
Rosenthal comentaba:
No puede existir orgullo mayor que el de ver un titular sobre un hijo tuyo que dice: rosenthal se hace con otras dos medallas de oro. Sigue guardando los recortes.
Stephanie era una fuera de serie. Una maravillosa atleta. Y su nivel de tolerancia en cuanto al dolor… Soy incapaz de describirlo… No podría decir hasta que punto sufría. Yo la observaba mientras entrenaba. Yo mismo la acompañaba a sus sesiones de mañana y tarde. Y eran a las cuatro y media de la madrugada y a las tres y media de la tarde. Realmente me encantaba aquello. Me pasaba el rato mirando entrenar a mi hija. Veía como se le hinchaban las venas, como se le enrojecían los ojos, y ella entrenaba con agua nieve, lluvia y frío. Yo sentía una especie de temor reverencial ante el sacrificio a que estaba dispuesta para alcanzar su meta. La verdad es que sentía un profundo respeto por ella.
Porque independientemente del talento que uno tenga, hace falta resistencia, fuerza, aguante. Para eso, para ganar. Y Stephanie deseaba el jodido triunfo. A esa chica no la vence nadie. Ella jamás lo permitiría.
Y no es orgullo de papá. Quien habla es el pronosticador. Era la mejor. Adondequiera que fuera, arrasaba. Claro que sí.
Y estoy hablando de bandas, medallas, trofeos. Y a Steven, por desgracia, le tocó formar parte de aquello. Yo mismo no comprendía hasta que punto pudo arraigarse el resentimiento. No eran más que niños. Él tenía sólo trece años y ella diez. El niño se sintió muy dolido porque yo abrazaba a Stephanie, le ponía la mano en la cabeza, le daba un beso, un apretón de manos. Tenía que animarla.
Y su hermano estaba en la misma competición y acababa en la calle. ¿Y qué iba a hacer yo? Pues bien, a veces le decía: «¡Eh, Steve, muy bien! Tienes que entrenar más a fondo». Pero Steven estaba resentido con nosotros. Y con ello me refiero a mí y a Stephanie.
Steve era un experto nadador. A nivel técnico, más que Stephanie. Es la pura verdad. Los entrenadores de todo el país, su propio entrenador, decía a menudo: «Frank, si consigues que el chaval se lance, nadie será capaz de alcanzarlo. El muchacho es mejor que Stephanie».
Pero le faltaba voluntad para saltar a la palestra y sufrir. Entrenarse. Nadar mil quinientos metros al día. Correr. Hacer ejercicios en pista. Levantar pesas. No estaba dispuesto a pagar aquel precio. Por consiguiente, cuando llegaba a una competición, no estaba preparado. Y lo apartaban de un codazo.
Claro que no todo el mundo sirve para lo mismo. Yo no lo respetaba menos por ello. Creo que tenía que haberlo dejado. Haberse convertido en un nadador que practica por afición.
Stephanie, sin embargo, iba a por el oro. Aquellos fueron los mejores años de mi vida. Le dije a ella y a unos cuantos amigos íntimos que si se clasificaba para los Juegos Olímpicos del 84 y conseguía una medalla consideraría que mi jodida vida había sido completa.
Y me importaba un rábano que me la pegaran un minuto después. No desearía la vuelta atrás. Lo decía con toda sinceridad. En otras palabras, pongámoslo de esta forma: «Stephanie, es todo lo que deseo. Quiero verlo con mis ojos».
Le dije:
– Fue un milagro que pudiera salir del coche el día de la bomba. Consigue que yo vea que ganas la medalla de oro, Stef, y después estoy dispuesto a despedirme de todo.