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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Unas suaves sensaciones le acariciaban la piel. Los cráneos del centro parecían emitir una tenue luz que le anegaba los ojos. El acre olor del humo le llenaba los pulmones. Como la vez anterior, la luz del centro se fue haciendo más y más brillante, atrayéndola, girando hacia un sedoso vacío.

De pronto, vio figuras alrededor. Kahlan las recordaba de la vez anterior; eran los espíritus de los antepasados. La mujer sintió una suave mano —de un espíritu— que le tocaba un hombro.

El Hombre Pájaro movió la boca, pero al hablar no fue su voz la que sonó. Eran las voces unidas de los espíritus de los antepasados, monótonas, apagadas, sin vida.

— ¿Quién llama a los espíritus?

Kahlan se inclinó hacia Richard y le susurró:

— Quieren saber quién llama a los espíritus.

— Yo. Yo los llamo.

Kahlan sintió cómo la mano se alejaba de su hombro cuando todos los espíritus flotaron desde detrás de ellos hacia el centro del círculo.

— Di tu nombre. —El eco de esas voces le provocaba a Kahlan olas de dolor que le subían por los brazos—. Pronuncia tu nombre completo. Si estás seguro de que deseas esta reunión pese al peligro, pídelo después de pronunciar tu nombre. Éste es el último aviso; no habrá más.

— Richard, por favor… —le suplicó Kahlan, después de traducir.

— Tengo que hacerlo. —Richard posó de nuevo la mirada en los espíritus congregados en el centro e inspiró hondo—. Soy Richard… —Aquí tragó saliva y cerró los ojos un instante—. Richard Rahl, y llamo a los espíritus.

— Que así sea —respondieron los susurros vacíos.

La puerta de la casa de los espíritus se abrió con un estrépito.

Kahlan gritó al tiempo que daba un salto, y sintió que la mano de Richard también se estremecía. La puerta abierta era como unas fauces negras en la suave luz que los rodeaba. Todos los ancianos alzaron la vista; sus ojos ya no se veían vidriosos, con distantes visiones. Parecían confusos, aturdidos.

De nuevo sonaron las voces de los espíritus, pero esta vez no hablaron a través de los ancianos, sino desde el centro, por ellos mismos. El sonido era más doloroso que antes.

— Todos, excepto quien ha convocado la reunión, pueden irse. Marchaos mientras aún podáis. Haced caso a nuestra advertencia. Quienes elijan quedarse aquí con él, pondrán en peligro su alma. —Todos se volvieron hacia Richard, y añadieron con voces sibilantes—: Tú no puedes marcharte.

— Que todo el mundo se vaya —susurró Richard—. Diles que se marchen. No quiero que nadie salga herido.

— Por favor, marchaos todos ahora que podéis. No queremos que os pase nada —dijo Kahlan. El Hombre Pájaro la miraba con ojos inquietos.

Todos los ancianos miraron al Hombre Pájaro. Éste la miró fijamente un momento, luego a Richard y, por fin, de nuevo a ella.

— No puedo darte consejo, pequeña. Esto nunca había ocurrido antes y no sé qué significa.

— Lo entiendo. Marchaos ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Savidlin le tocó un hombro, tras lo cual los ancianos se desvanecieron al atravesar el negro vacío de la puerta. Kahlan se quedó a solas con Richard y con los espíritus.

— Kahlan, quiero que te marches. Vamos, vete —dijo Richard, con voz serena, casi fría. El temor rielaba en sus ojos, así como la magia.

La mujer escrutó su rostro. Richard miraba fijamente a los espíritus.

— No —susurró y añadió, volviéndose de nuevo hacia el centro—. No pienso dejarte. Por ninguna razón. Aunque aún no hemos intercambiado ninguna promesa formal, nuestros corazones ya están unidos por mi magia. Tú y yo somos uno. Lo que te ocurra a ti también me ocurre a mí. Lo que le pase a uno, le pasa a ambos. Me quedo.

Richard no la miró, sino que continuó con los ojos centrados en los espíritus, que flotaban en el centro de la sala por encima de los cráneos. La mujer creyó que le ordenaría a gritos que se marchara, pero no lo hizo. Cuando habló, su voz sonaba suave y tierna.

— Gracias. Te quiero, Kahlan Amnell. Muy bien, estamos juntos en esto.

La puerta se cerró con un tremendo portazo.

Kahlan se sobresaltó y un leve sonido escapó de sus labios antes de poder retenerlo. Los latidos de su propio corazón le resonaban en los oídos. Trató de respirar más despacio, pero no pudo. En vez de eso tragó saliva.

Las figuras de los espíritus se fueron haciendo más borrosas.

— No podemos quedarnos para presenciar lo que has convocado, Richard Rahl. Lo sentimos.

Sus formas se evaporaron. A medida que iban desvaneciéndose, la luz desaparecía con ellos, hasta que al fin se quedaron en total oscuridad. Más allá de esa negrura total, Kahlan podía oír el crepitar del fuego, la entrecortada respiración de Richard, la suya propia y nada más. La mano de Richard buscó a ciegas la suya. Solos y desnudos en la oscuridad aguardaban sentados.

Cuando la mujer empezaba ya a abrigar esperanzas de que nada iba a suceder, percibió un leve resplandor frente a ella. Era una luz que empezaba a brillar.

Luz verde.

Esa tonalidad de luz verde sólo la había visto en un lugar: el inframundo.

Le costaba respirar; era como si se ahogara. La luz verde fue adquiriendo intensidad y, con ella, lejanos lamentos.

En el aire resonó un estallido ensordecedor, semejante a un trueno, repentino, fuerte, doloroso. El impacto fue tal que el suelo tembló.

Del centro de la luz verde empezó a irradiar un resplandor blanco, que formó una figura. Kahlan se quedó sin respiración, y los pelillos de la nuca se le erizaron.

La figura blanca dio un paso adelante. La mujer era sólo vagamente consciente de que Richard le apretaba la mano con tanta fuerza que le hacía daño. Kahlan reconoció esa túnica blanca, el largo cabello rubio y las hermosas facciones que esbozaban una leve sonrisa truculenta.

— Que los espíritus nos protejan —musitó.

Era Rahl el Oscuro.

Los dos a uno, Kahlan y Richard, se pusieron en pie lentamente bajo la atenta mirada de esos relucientes ojos azules. En actitud tranquila, sin prisas, Rahl el Oscuro se llevó una mano a la boca y se lamió las yemas de los dedos.

— Gracias por volver a llamarme, Richard. —Su cruel sonrisa se hizo más amplia—. Qué amable de tu parte.

— Yo… yo no te he llamado —musitó Richard.

Rahl el Oscuro se rió en voz baja.

— Una vez más cometes un error. Pues claro que me has llamado. Convocaste una reunión de los espíritus de los antepasados. Yo soy tu antepasado. Sólo tú podías hacerme volver a través del velo. Sólo tú.

— Yo reniego de ti.

— Reniega de mí tanto como quieras. Pero aquí estoy. —Rahl el Oscuro extendió ambos brazos como para abarcar la luz blanca que lo rodeaba.

— Pero si te maté…

La reluciente y brillante figura ataviada con una túnica blanca se echó a reír de nuevo.

— ¿Matarme? Sí que me mataste y usaste magia para enviarme a otro lugar, un lugar en el que me conocen y en el que tengo… amigos. Y ahora me has hecho volver, de nuevo con magia. No sólo me has llamado, Richard, sino que has rasgado aún más el velo. —Despacio, sacudió la cabeza—. ¿Cómo puedes ser tan rematadamente estúpido?

Rahl el Oscuro se dirigió como flotando hacia Richard. Éste soltó la mano de Kahlan y retrocedió. La mujer era incapaz de mover los pies para seguirlo.

— Te maté. Te vencí. Yo gané y tú perdiste —dijo Richard, con ojos desorbitados.

La blonda cabeza asintió lentamente.

— Gracias al don y a la Primera Norma de un mago, ganaste una pequeña batalla en una guerra eterna. Pero, en tu ignorancia, has violado la Segunda Norma de un mago y lo has perdido todo. —En su rostro se pintó de nuevo su leve y perversa sonrisa—. ¡Qué pena! ¿Es que nadie te ha avisado? La magia es peligrosa. Yo podría haberte enseñado, habría compartido contigo todo lo que sé. Pero ahora ya no importa. Me has ayudado a ganar incluso sin que nadie te enseñara. No podría estar más orgulloso de ti.

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