El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
Bobby sólo había viajado durante treinta y nueve minutos. Necesitó casi el mismo tiempo para exponerles una versión sucinta de lo ocurrido. Había saltado fuera de la oficina a las 4.47 horas y había regresado a las 5.26 horas, pero había viajado lo suficiente, vía «teletransporte», para que le durara el resto de su vida.
En el sofá, con Julie, Clint y Lee agrupados a su alrededor, Bobby dijo:
– Quiero permanecer aquí, en California. No deseo ver París ni conocer Londres. Ya no. Quiero quedarme aquí, donde tengo mi butaca favorita, y dormir cada noche en una cama con la que estoy familiarizado.
– Y así será, maldita sea -terció Julie.
– … Conducir mi pequeño Samurai amarillo, y abrir un botiquín donde el Anacin y la pasta dentífrica y el lápiz estíptico, donde la Bactina y las vendas estén, exactamente, donde deben estar.
A las 6.15 horas, Frank seguía sin reaparecer. Durante el relato de aquellas aventuras nadie mencionó la segunda desaparición de Frank ni se preguntó en voz alta por su regreso aunque todos echaban ocasionales ojeadas a la butaca de la que había desaparecido y al rincón en donde se había hecho inmaterial por segunda vez.
– ¿Cuánto tiempo debemos esperarle aquí? -preguntó, por fin, Julie.
– No lo sé -respondió Bobby-. Pero tengo la sensación… la mala sensación…, de que esta vez Frank no recuperará el dominio sobre sí mismo, de que irá saltando de un lugar a otro, cada vez más aprisa, hasta que será incapaz de volver a componerse.
Capítulo 48
Cuando regresó directamente desde Japón a la cocina de la casa de su madre, Candy hirvió de cólera, y cuando vio a los gatos sobre la mesa en donde solía comer, su cólera se convirtió en furia incontenible. Violet estaba sentada en una silla ante la mesa y su siempre silenciosa hermana ocupaba otra silla junto a ella, pendiente de sus labios. Los gatos ronroneaban alrededor de sus sillas y sus pies, y cinco de los más grandes estaban sobre la mesa comiendo las migajas de jamón con que les alimentaba Violet.
– ¿Qué estás haciendo? -preguntó él.
Violet no se dignó reconocer su presencia con una palabra ni siquiera una ojeada. Su mirada estaba trabada con la de un morrongo gris oscuro que se sentaba tan erecto como la estatua de un gato en un templo egipcio, mordisqueando unas partículas de carne que ella le ofrecía en su pálida palma.
– Estoy hablándote -dijo, autoritariamente él.
Pero ella no contestó. Candy estaba harto de sus silencios, de su infinita impasibilidad. Si no fuera por la promesa que había hecho a su madre ya se habría nutrido de ella. Habían transcurrido muchos años desde que probó la ambrosia en las venas de su santa madre, y había pensado a menudo que, en cierto modo, la sangre de Violet y Verbina era la misma que había fluido por las arterias de Roselle. Se preguntaba cómo sabría la sangre de sus hermanas, y a veces había soñado con ello.
Inclinándose sobre Violet y mirándola fijamente mientras ella continuaba comunicándose con el gato gris, gritó:
– ¡Aquí como yo, maldita sea!
Violet siguió sin decir nada y Candy golpeó su mano haciendo saltar por los aires los trozos de jamón. También barrió de la mesa el plato de jamón, y sintió una enorme satisfacción al oír cómo se estrellaba contra el suelo.
Su furia dejó impávidos a los cinco gatos que estaban sobre la mesa, mientras que los numerosos felinos que se movían por el suelo escucharon sin alterarse el ruido estrepitoso de la porcelana rota.
Por fin, Violet volvió la cabeza y la ladeó hacia arriba para mirar a Candy.
Secundando a su ama, los gatos que había sobre la mesa volvieron también la cabeza para mirar altaneros, como si quisieran darle a entender el singular honor que le hacían al prestarle un mínimo de atención.
Esa actitud era también evidente en la desdeñosa mirada de Violet y en la leve sonrisa que curvó las comisuras de su jugosa boca. Más de una vez, le había parecido fulminante su mirada directa y al punto había apartado la vista, nervioso y confuso. Seguro de superarla en todos los aspectos, le dejaba perplejo su indefectible capacidad para derrotarle u obligarle a emprender una apresurada retirada, con sólo una mirada.
Pero esta vez sería diferente. Nunca se había sentido tan furioso como en aquel momento, ni siquiera siete años atrás cuando encontró el cuerpo ensangrentado y mutilado de su madre y averiguó que Frank había empuñado el hacha. Ahora, estaba más enfurecido porque la rabia antigua no había remitido jamás; se había ido acumulando durante todos aquellos años, alimentada por la humillación de sus repetidos fracasos al intentar poner las manos encima a Frank. Ahora, era una bilis negra que fluía por sus venas, bañaba los músculos de su corazón y nutría las células de su cerebro, donde se multiplicaban las visiones de venganza. Negándose a dejarse acobardar por su mirada, aferró su delgado brazo y la hizo saltar de la silla.
Verbina dejó escapar un leve gemido al verse separada de su hermana, como si fuesen mellizas siamesas, como si hubiese habido rotura de tejidos y fractura de huesos.
Acercando su cara a la de Violet y salpicándola de saliva, Candy farfulló:
– Nuestra madre tenía un gato, sólo uno, a ella le gustaban las cosas limpias, nítidas, ella no aprobaría este desbarajuste, esta hedionda prole bajo tus órdenes.
– ¡A quién le importa eso! -replicó Violet, con un tono a la vez indiferente y burlón-. Ella está muerta.
Candy la hizo levantarse, asiéndola por ambos brazos. La silla cayó con estruendo. Luego, la golpeó contra la puerta de la despensa con tanta fuerza que sonó como una explosión, haciendo vibrar los cristales de las ventanas y tintinear la vajilla sucia sobre una encimera próxima. Tuvo la satisfacción de ver cómo su cara se contraía de dolor y sus ojos se ponían en blanco. Si la hubiese golpeado un poco más fuerte contra la puerta, podría haberle roto la espina dorsal. Clavó sus dedos en la pálida carne de los brazos y, apartándola de la puerta, la hizo chocar otra vez contra ella aunque no tan fuerte como antes, sólo para advertirle que podría hacerlo más la próxima vez si seguía incomodándole.
Violet dejó caer la cabeza porque estaba casi inconsciente. Sin el menor esfuerzo, él la mantuvo contra la puerta levantándola unos veinte centímetros del suelo, como si la muchacha no pesara nada, obligándola a considerar su increíble fuerza. Luego, esperó a que recobrara el conocimiento.
La joven tenía dificultades para respirar, y cuando al fin recobró el aliento y levantó la cabeza para mirarle, él esperaba ver a una Violet diferente. Hasta entonces nunca la había pegado. Había cruzado una línea fatal, una que jamás pensó traspasar. Había tenido siempre presente la promesa a su madre y había protegido a sus hermanas del peligroso mundo exterior, les había proporcionado alimentos, les había dado calor en el tiempo frío y frescura en el cálido pero, año tras año, había cumplido sus obligaciones fraternas con una frustración creciente, espantado de su desvergüenza y su misterioso comportamiento. Ahora, comprendió que disciplinarlas debía ser una parte natural de su actuación protectora; probablemente, su madre, habría desesperado, arriba en el cielo por que llegara a comprender algún día aquella necesidad de disciplina. Había visto la luz gracias a su furia. Sentaba bien eso de hacer un poco de daño a Violet, sólo el suficiente para hacerla razonar e impedir que se sumiera aún más en la decadencia y la sensualidad animal de que se había rodeado.
Tras esas reflexiones consideró que era justo castigarla. Esperó ansioso a que su hermana levantara la cabeza y le mirara, porque comprendió que los dos habían entrado en unas relaciones nuevas y que el descubrimiento de ese cambio profundo se evidenciaría en sus ojos.
Al fin, respirando con más normalidad, Violet alzó la cabeza y buscó los ojos de Candy. Ante su sorpresa, nada de su inspiración había hecho mella en su hermana. Su melena rubia le caía sobre la cara y le miraba entre las greñas como un animal salvaje atisbando a través de una crin revuelta por el viento. En sus ojos de un azul glacial, Candy percibió algo más extraño y primitivo de todo cuanto viera jamás. Salvajismo jubiloso. Hambre indefinible. Necesidad apremiante. Aunque había salido maltrecha del encontronazo con la puerta de la despensa, una sonrisa se dibujó en sus labios llenos. Abrió la boca y le hizo sentir su ardiente aliento en el rostro, mientras decía: