Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
Tendría que arriesgarse más. Desafiarla para que mostrara sus cartas. Tal vez ella creyera que era una mujer dura, pero Ricky lo dudaba.
Se acabó el cigarrillo y tiró la colilla fuera. Luego, mientras cerraba la ventanilla, volvió a arrugar la nariz. El olor se volvía más fuerte, más intenso. Venía de dentro de la furgoneta, claramente. El hedor agrio y nítido de la orina.
«¡Mierda, joder, no!»
La vieja se había meado encima.
Encendió la luz interior de inmediato, salió como pudo del asiento y pasó a la parte trasera de la furgoneta. La mujer estaba ridícula, con la cabeza asomando por la parte superior de la alfombra enrollada como una crisálida horrible.
Le arrancó la cinta de la boca con tanta delicadeza como pudo, pues no quería hacerle más daño de lo necesario; ya estaba muy angustiada y tenía miedo de que se le muriera allí mismo.
– ¿Te has meado?
Dos ojos pequeños y asustados lo miraron.
– Estoy enferma -dijo la mujer, con voz débil-. Tengo incontinencia. Lo siento.
Un pánico repentino se apoderó de él.
– ¿Significa eso que también vas a hacer lo otro?
Ella dudó, luego asintió, disculpándose.
– Genial -dijo él-. Esto es genial, joder.
93
Octubre de 2007
Mientras Glenn Branson volvía a su mesa después de la reunión de las 18.30 sobre la Operación Dingo, su móvil sonó. La identificación de llamadas mostraba un número de Brighton que no conocía.
– Sargento Branson -contestó. Reconoció de inmediato la voz elegante al otro lado.
– Oh, sargento, disculpe que le telefonee un poco tarde.
– No se preocupe, señor Hegarty. ¿En qué puedo ayudarle? -Glenn siguió caminando.
– ¿Le llamo en mal momento?
– En absoluto.
– Bueno, acaba de pasarme algo increíble -dijo Hugo Hegarty-. ¿Recuerda que cuando usted y su encantadora compañera volvieron esta tarde les di una lista? ¿Una lista con una descripción de todos los sellos que compré para Lorraine Wilson en 2002?
– Sí.
– Bueno, mire… Tal vez se trate sólo de una coincidencia extraña, pero llevo demasiado tiempo en éste negocio para creer que lo sea.
Glenn llegó a la puerta de la MIR Uno y entró.
– Siga.
– Acabo de recibir una llamada de una mujer, parecía joven y bastante nerviosa. Me ha preguntado si podría vender para ella una colección de sellos de alta calidad que tiene. Le he pedido que me diera los detalles y lo que me ha descrito es exacto, y quiero decir exacto exacto, a lo que compré para Lorraine Wilson. Menos algunos, que tal vez se vendieran por el camino.
Con el teléfono aún pegado a la oreja, Branson se acercó a su área de trabajo y se sentó, asimilando la importancia que tenía aquella información.
– ¿Está absolutamente convencido de que no se trata de una simple coincidencia, señor? -le preguntó.
– Bueno, la mayoría son planchas raras de sellos nuevos, deseables para todas las colecciones, además de algunos sellos individuales. Dudo que fuera capaz de recordar si los matasellos eran los mismos que hace cinco años. Pero para darle algún dato más, existen dos planchas 77 de Penny Reds. Creo que el último precio de venta alcanzó las ciento sesenta mil libras. Había varias planchas 11 de Penny Blacks, valen entre doce y trece mil libras cada una, es muy fácil negociar con ellos. Luego había una buena cantidad de Tuppenny Blues, además de un montón de otros sellos raros más. Podría ser una coincidencia si sólo tuviera uno o dos, pero ¿los mismos ejemplares y las mismas cantidades?
– Sí que suena un poco raro, señor.
– Para serle sincero -dijo Hegarty-, si hoy no hubiera revisado los archivos para recopilar esa lista para ustedes, dudo que hubiera recordado que coincidían con tanta exactitud.
– Parece que hemos tenido un golpe de suerte. Agradezco que nos lo haya contado. ¿Le preguntó dónde los había obtenido?
Hegarty bajó la voz, como si le pusiera nervioso que lo escucharan.
– Me ha dicho que los había heredado de una tía en Australia y que alguien que había conocido en una fiesta en Melbourne le había dicho que yo era uno de los comerciantes con quienes debía hablar.
– ¿Con usted en lugar de con alguien de Australia, señor?
– Ha dicho que le dijeron que conseguiría un precio mejor en Reino Unido o en Estados Unidos. Como iba a volver aquí para cuidar a su madre anciana, pensó que lo intentaría primero conmigo. Va a venir mañana por la mañana a las diez para enseñármelos. He pensado que podría hacerle algunas preguntas discretas.
Branson consultó sus notas.
– ¿Está interesado en comprarlos?
Mientras Hegarty contestaba, casi notó la contracción en los ojos del hombre.
– Bueno, ha dicho que le urgía vender, y normalmente es el mejor momento para comprar. No hay muchos comerciantes que dispongan del dinero suficiente para comprar esta partida de una tacada, sería más habitual dividirla en lotes para subastarlos. Pero querría asegurarme de que están todos certificados. No soportaría desembolsar esa cantidad de dinero y recibir una visita de ustedes unas horas después. Por eso les he llamado.
Naturalmente. Hugo Hegarty no era un ciudadano consciente de sus deberes, sino que intentaba cubrirse las espaldas, pensó Glenn Branson. De todos modos, así era la naturaleza humana, no podía culparle.
– Aproximadamente, ¿qué valor diría que tienen, señor?
– ¿Como comprador o como vendedor? -Ahora todavía parecía más astuto.
– Como ambos.
– Bueno, el valor total según catálogo a los precios actuales… estaríamos hablando de unos cuatro o cuatro millones y medio. Así que, como vendedor, es lo que querría conseguir.
– ¿De libras?
– Oh, sí, de libras.
Branson estaba estupefacto. Los tres millones y cuarto de libras originales que Lorraine Wilson había recibido se habían incrementado en un treinta por ciento, y eso después de que, seguramente, varios de los sellos hubieran sido vendidos.
– ¿Y como comprador, señor?
De repente, Hegarty pareció reticente.
– El precio que estaría dispuesto a pagar dependería de su procedencia. Necesitaría más información.
El cerebro de Branson iba a mil por hora.
– ¿Va a ir a verle mañana a las diez? ¿Seguro?
– Sí.
– ¿Cómo se llama?
– Katherine Jennings.
– ¿Le ha dejado una dirección o un teléfono?
– No.
El sargento anotó el nombre, le dio las gracias y colgó.
Luego se acercó el teclado, pulsó las teclas para abrir el registro de incidentes e introdujo el nombre de Katherine Jennings. Al cabo de unos segundos, apareció un resultado.
94
Octubre de 2007
Roy Grace estaba sentado en la parte de atrás del Ford Crown Victoria gris de la policía. Mientras se dirigían hacia el túnel Lincoln, se preguntó si un viajero con la experiencia suficiente podía identificar cualquier ciudad del mundo sólo por el ruido del tráfico.
En Londres, el rugido constante de los motores de los coches de gasolina, la vibración de los diésel y el quejido de los autobuses Volvo de nueva generación que dominaban Nueva York eran completamente distintos; principalmente el tac-tac-tac constante de los neumáticos sobre el asfalto estriado o agrietado y lleno de baches y los pitidos de las bocinas.
Ahora, un camión enorme que tenían detrás tocaba el claxon.
El inspector Dennis Baker, que era quien conducía, levantó una mano al retrovisor y enseñó el dedo corazón.
– ¡Que te jodan, capullo!
Grace sonrió. Dennis no había cambiado.
– A ver, por el amor de Dios, ¿qué quieres que haga, capullo? ¿Pasar por encima del gilipollas que tengo delante? ¡Dios mío!