El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
El señor Oliver tosió.
– ¿Les apetecería una taza de café, jóvenes?
Jeannie se despegó de Steve.
– No, gracias -declinó-. Voy a cambiarme de ropa.
La tensión estaba escrita en su rostro, pero eso la hacía aparecer más encantadora. Me estoy enamorando de esta mujer, pensó Steve. No es sólo que desee acostarme con ella… aunque eso también. Quiero que sea mi amiga. Quiero ver la tele con ella, acompañarla al supermercado y darle cucharadas de jarabe cuando esté resfriada. Quiero contemplarla mientras se cepilla los dientes, se pone los vaqueros y unta la mantequilla en la tostada. Quiero que me pregunte que tono naranja de lápiz de labios le sienta mejor y qué hojas de afeitar debería comprar y a qué hora volveré a casa.
Se preguntó si tendría valor para decirle todo eso.
Jeannie cruzó el porche hacia la puerta. Steve titubeó. Se moría por seguirla, pero necesitaba que ella le invitase.
Jeannie dio media vuelta en el umbral.
– Venga, vamos -dijo.
La siguió escaleras arriba y entró tras ella en el vestíbulo. Jeannie dejó caer encima de la alfombra la bolsa negra de plástico. Entró en la minúscula cocina, se sacudió los zapatos de los pies y luego, ante los atónitos ojos de Steve, los soltó dentro del cubo de la basura.
– Jamás volveré a ponerme estas malditas prendas -afirmó en tono furibundo.
Se quitó la chaqueta y la arrojó al mismo sitio que los zapatos Después, mientras Steve la miraba incrédulo, se desabotonó la blusa, se la quitó y la echó también al cubo de la basura.
Llevaba un sencillo sostén negro de algodón. Steve pensó que no iría a quitárselo delante de él. Pero Jeannie se llevó las manos a la espalda, lo desabrochó y también lo tiró a la basura. Tenía unos pechos firmes, más bien pequeños, de erectos pezones castaños. Se veía una tenue señal roja en la parte de los hombros donde lo tirantes del sostén habían apretado un poco más de la cuenta. Steve se le secó la garganta.
Jeannie se bajó la cremallera y dejó que la falda fuese a parar al suelo. Llevaba sólo unas bragas tipo bikini. Steve la contempló boquiabierto. Aquel cuerpo era perfecto: hombros firmes, senos estupendos, vientre liso y piernas largas y bien torneadas. Jeannie se quitó las bragas, hizo un fardo junto con la falda y lo metió todo en el cubo de la basura. Su vello púbico era una espesa masa de rizos negros.
Miró a Steve durante unos segundos, con incertidumbre en la expresión, casi como si no estuviese segura de lo que pudiera estar haciendo allí. Luego dijo:
– Tengo que ducharme.
Desnuda, pasó por su lado. Steve volvió la cabeza y se la comía con los ojos, observó vorazmente su espalda y absorbió los detalles de los omóplatos, la estrecha cintura, la rotundez curvilínea de las caderas y los músculos de las piernas. Era tan adorable que hacía daño.
Jeannie salió de la estancia. Al cabo de un momento Steve oyó el rumor del agua corriente.
– ¡Jesús! jadeo. Se sentó en el sofá tapizado de negro. ¿Qué significaba aquello? ¿Era alguna clase de prueba? ¿Qué trataba Jeannie de decir? Sonrió. Vaya cuerpo maravilloso, tan fuerte y esbelto, tan armonioso y perfectamente proporcionado. Ocurriera lo que ocurriese, jamás olvidaría aquella magnifica figura.
Estuvo duchándose un buen rato. Steve se dio cuenta de que, con el dramatismo de la acusación a él se le olvidó darle la desconcertante noticia. Por fin, el rumor del agua cesó. Un minuto después Jeannie volvía a la habitación, envuelta en un albornoz rosa fucsia y con el pelo húmedo aplastado sobre la cabeza. Tomó asiento en el sofá, junto a él, y preguntó:
– ¿Lo he soñado o me desnudé delante de ti?
– De sueño, nada -repuso Steve-. Tiraste toda tu ropa al cubo de la basura.
– Dios mío. No sé qué me ha pasado.
– No tienes porque excusarte. Me alegro de que confiaras en mí hasta ese extremo. No puedo explicarte lo que significa para mí.
– Debes de pensar que me falta un tornillo.
– No, pero creo que probablemente estabas conmocionada por lo que te sucedió en Filadelfia.
– Quizá sea eso. Sólo recuerdo que sentía la imperiosa necesidad de desembarazarme enseguida de la ropa que llevaba cuando ocurrió.
– Puede que este sea el momento de abrir la botella de vodka que guardas en la nevera.
Jeannie negó con la cabeza.
– Lo que realmente me apetece es un té de jazmín.
– Deja que te lo prepare. -Steve se levantó y pasó al otro lado del mostrador de la cocina-. ¿Por qué llevas de un lado a otro esa bolsa de basura?
– Hoy me han despedido. Metieron todos mis efectos personales en esta bolsa, la dejaron en el pasillo y cerraron la puerta con llave.
– ¿Qué? -Steve no podía creerlo-. ¿Cómo ha sido eso?
– El New York Times ha publicado hoy un artículo en el que dice que el empleo por mi parte de bases de datos viola la intimidad de las personas. Pero creo que lo que ocurre es que Berrington Jones utiliza ese artículo como excusa para deshacerse de mí.
Steve ardía de indignación. Deseaba protestar, salir en defensa de Jeannie, salvarla de aquella artera persecución.
– ¿Pueden despedirte así, sin más?
– No, mañana por la mañana se celebrará una audiencia ante la comisión de disciplina del consejo de la universidad.
– Tú y yo estamos pasando una semana increíblemente mala.
Steve se disponía a informarle del resultado de la prueba de ADN cuando Jeannie descolgó el teléfono.
– Necesito el número de la penitenciaría Greenwood, que está en las proximidades de Richmond (Virginia) -pidió a información. Mientras Steve llenaba de agua el hervidor, Jeannie garabateó el número y volvió a marcar-. ¿Podría ponerme con el alcaide Temoigne? Soy la doctora Ferrami… Si, espero… Gracias… Buenas tardes, alcaide, ¿cómo estás?… Yo muy bien, gracias… Esto puede parecerte una pregunta idiota, pero ¿sigue Dennis Pinker aun en la cárcel?… ¿Estás seguro? ¿Lo has visto con tus propios ojos?… Gracias… Ah, y tú cuídate también. Adiós… -Jeannie alzó la cabeza y miró a Steve-. Dennis continúa en la cárcel. El alcaide habló con él hace una hora.
Steve puso una cucharada de té de jazmín en la tetera y buscó dos tazas.
– Jeannie, los polis tienen el resultado de la prueba de ADN.
Jeannie se puso rígida.
– ¿Y?…
– El ADN de la vagina de Lisa coincide con el ADN de mi sangre.
Con voz desolada, Jeannie preguntó:
– ¿Estás pensando lo mismo?
– Alguien que se parece a mí y que tiene mi mismo ADN violó el domingo a Lisa Hoxton. Ese mismo individuo te agredió hoy en Filadelfia. Y no era Dennis Pinker.
Con los párpados apretados, Jeannie concluyó:
– Sois tres.
– ¡Santo cielo! -Steve se sentía desesperado-. Pero eso resulta todavía más inverosímil. La policía jamás lo creerá. ¿Cómo es posible que suceda una cosa como esta?
– Un momento -dijo Jeannie, alterada-. No sabes lo que he descubierto esta tarde, antes de tropezarme con tu doble. Tengo una explicación.
– Santo Dios, esperemos que eso sea verdad.
La expresión de Jeannie reflejaba inquietud.
– Te va a parecer asombroso, Steve.
– No me importa, sólo quiero entenderlo.
Jeannie introdujo la mano en la bolsa de basura de plástico negro y sacó la cartera de lona.
– Mira esto.
Tomó el folleto a todo color abierto por la primera página. Se lo tendió a Steve, que leyó el párrafo iniciaclass="underline"
La Clínica Aventina fue fundada en 1972 por Genético S.A., como centro pionero para la investigación y desarrollo de la fertilización humana in vitro, la creación de lo que la prensa llamó «niños probeta».