El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– De todas formas, ya le he transmitido nuestros tres puntos. Y he descubierto que la Universidad Jones Falls ha contratado a Henry Quinn.
– ¿Es bueno?
Era legendario. Pensar que iba a actuar contra Henry Quinn había dejado a Steve como un carámbano. Pero no quería deprimir a Jeannie.
– Quinn solía ser muy bueno, pero es posible que su mejor momento haya pasado ya.
Jeannie aceptó aquella opinión.
– ¿Qué debemos hacer ahora?
Steve la miró. El albornoz rosa dejaba una abertura en la parte del escote y el muchacho vislumbró un seno anidado entre los pliegues de la suave tela de rizo.
– Deberemos repasar las preguntas que van a formularte en la audiencia -dijo Steve en tono pesaroso-. Esta noche nos queda por hacer un montón de trabajo.
37
Jane Edelsborough estaba infinitamente mejor desnuda que vestida. Yacía tendida sobre una sábana de color rosa pálido, bajo la claridad de la llama de una vela perfumada. Su piel suave y diáfana resultaba más atractiva que los tonos turbios, de tierra fangosa, de la ropa que solía ponerse. Las prendas que le gustaba vestir tendían a ocultar su cuerpo; era una especie de amazona, de pechos rozagantes y amplias caderas. Era corpulenta, pero le sentaba bien.
Echada en la cama, sonreía lánguidamente a Berrington mientras este se ponía sus calzones azules.
– ¡Vaya, eso fue más estupendo de lo que esperaba! -comentó Jane.
Berrington pensaba lo mismo, pero no era lo bastante tonto como para confesarlo. Jane conocía numeritos que normalmente él tenía que enseñar a las mujeres más jóvenes que solía llevarse a la cama. Se preguntó ociosamente donde habría aprendido Jane a follar tan bien. Estuvo casada en otro tiempo; su marido, fumador de cigarrillos, había muerto de cáncer de pulmón diez años antes. Debieron de disfrutar juntos de una vida sexual fantástica. La había gozado de tal modo que no tuvo necesidad de recurrir a su fantasía de costumbre, en la que imaginaba hacer el amor a una beldad famosa, Cindy Crawford, Bridget Fonda o la princesa Diana, y en la que, rematado el coito, la belleza en cuestión, tendida a su lado, le susurraba al oído: «Gracias, Berry, ha sido el mejor polvo que me han echado jamás, eres magnifico, muchas gracias».
– ¡Me siento tan culpable! -dijo Jane-. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hice algo tan depravado.
– ¿Depravado? -preguntó Berrington, que se estaba atando los cordones de los zapatos-. No sé por qué. Eres libre, blanca y mayor de edad, como solíamos decir. -Ella hizo una mueca: la frase «libre, blanca y mayor de edad» era entonces políticamente incorrecta-. De todas formas, eres libre e independiente -se apresuro a añadir.
– Oh, lo depravado no fue la fiesta carnal -declaró desmayadamente-. Es que me consta que lo hiciste sólo porque formo parte de la comisión de la audiencia de mañana.
Berrington se petrificó en el acto de ponerse la corbata rayada.
Jane continuó:
– ¿Se supone que soy tan ingenua como para pensar que me viste en el otro extremo de la cafetería de estudiantes y te sentiste hechizado por mi magnetismo sexual? -Le sonrió tristemente-. No tengo el menor magnetismo sexual, Berry, al menos para alguien tan superficial como tú. Por fuerza debías de tener un motivo ulterior y tardé apenas cinco segundos en imaginar que podía ser.
Berrington se sentía como un imbécil. No sabía qué decir.
– Ahora bien, en tu caso, tu sí que tienes magnetismo sexual. Rayos. Tienes encanto y un hermoso cuerpo, sabes vestir y hueles bien. Y, por encima de todo, cualquiera se da cuenta a primera vista que realmente te gustan las mujeres. Puedes manipularlas y explotarlas, pero también las adoras. Eres el perfecto plan para una noche y gracias. Como remate de sus palabras, Jane cubrió con la sabana su cuerpo desnudo, se dio media vuelta y, tendida de costado, cerró los ojos.
Berrington acabó de vestirse con toda la rapidez que pudo.
Antes de marcharse, se sentó en el borde de la cama. Jane abrió los ojos. Berrington le preguntó:
– ¿Me apoyarás mañana?
Ella se incorporo y, sentada, le besó amorosamente.
– Antes de tomar una decisión tendré que escuchar las declaraciones y la exposición de pruebas -dijo.
Berrington apretó los dientes.
– Es terriblemente importante para mí, mucho más de lo que te figuras.
Jane asintió comprensivamente, pero su respuesta fue implacable: -Sospecho que también es muy importante para Jeannie Ferrami.
Él le oprimió el seno izquierdo, suave y firme.
– Pero ¿quién es más importante para ti… Jeannie o yo?
– Sé lo que es ser una joven profesora en una universidad dominada por los hombres. Se trata de algo que nunca olvidaré.
– ¡Mierda! -Berrington retiró la mano.
– Podrías pasar aquí la noche, ya sabes. Luego lo repetiríamos por la mañana.
Berrington se levantó.
– Tengo demasiadas cosas en la cabeza.
Jane cerró los ojos.
– Demasiado malo.
Berrington se marchó.
Tenía aparcado el coche en el camino de entrada a la casa de Jane, a continuación del Jaguar de la mujer. El Jaguar debió ponerme sobre aviso, pensó Berrington; es un síntoma de que Jane es mucho más de lo que uno ve a simple vista. Le había utilizado, pero lo disfrutó. Se preguntó si a veces las mujeres experimentaban lo mismo después de que él las hubiese seducido.
Mientras conducía rumbo a su domicilio pensó, sin tenerlas todas consigo, en la audiencia del día siguiente. Tenía de su parte a los cuatro miembros masculinos de la comisión, pero había fracasado en su objetivo de arrancarle a Jane la promesa de que le respaldaría. ¿Había alguna otra cosa que él pudiera hacer? En aquella fase tan avanzada parecía que no.
Al llegar a casa se encontró un mensaje de Jim Proust en el contestador automático. Por favor, más malas noticias, no, pensó. Se sentó ante el escritorio del estudio y llamó a Jim a su casa.
– Aquí, Berry.
– Lo del FBI se ha jodido -anuncio Jim de buenas a primeras.
La moral de Berrington se hundió todavía más.
– Cuéntame.
– Se les dijo que cancelaran la búsqueda, pero la orden no llegó a tiempo.
– ¡Maldición!
– Se le envió el resultado por correo electrónico.
El miedo se adueñó de Berrington.
– ¿Quién figuraba en esa lista?
– No lo sé. La oficina no hizo copia.
Aquello era intolerable.
– ¡Tenemos que saberlo!
– Tal vez tú puedas averiguarlo. Es posible que esa lista se encuentre en su despacho.
– Se le cerró la puerta a cal y canto. -Una idea cargada de esperanza se encendió de pronto en el cerebro de Berrington-. Es posible que no haya recogido su correo.
Su moral recibió un leve impulso ascendente.
– ¿Puedes hacerlo?
– Pues claro. -Berrington consultó su Rolex de oro-. Iré a la universidad ahora mismo.
– Llámame en cuanto sepas algo.
– Apuesta a que sí.
Volvió a subir a su coche y se dirigió a la Universidad Jones Falls. El campus estaba desierto y sumido en la oscuridad. Aparcó delante la Loquería y entró en el edificio. Introducirse sigilosamente en el despacho de Jeannie le resultó aquella segunda vez mucho menos embarazoso. Qué diablos, había demasiado en juego para preocuparse de su dignidad.
Encendió el ordenador y accedió al correo electrónico. Había una misiva. «Por favor, Dios santo, permite que sea la lista del FBI.» Transfirió el mensaje. Comprobó con desilusión que se trataba de otro recado, una nota de su amigo de la Universidad de Minnesota:
¿Recibiste mi correo electrónico de ayer? Estaré mañana en Baltimore y me encantaría de verdad volver a verte, aunque sólo fuera unos minutos. Llámame, haz el favor. Besos, Will.