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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– Apuesta algo a que la universidad va a disponer del abogado más caro de la ciudad.

– Mierda. No puedo permitirme el lujo de un abogado.

Steve apenas se atrevía a exponer lo que le pasaba por la cabeza. -Bueno… yo soy abogado.

Jeannie le contempló con aire especulativo.

– Sólo he pasado un año en la facultad de Derecho, pero en los ejercicios de abogacía mis notas han sido las más altas de la clase.

Le emocionaba la idea de defenderla frente al poder de la Universidad Jones Falls. Pero ¿no pensaría Jeannie que era demasiado joven e inexperto? Se esforzó en leer en el cerebro de la muchacha, pero fracasó. Ella seguía mirándole. Steve le devolvió la mirada, clavando la suya en los ojos oscuros de Jeannie. Pensó que podía estar haciéndolo indefinidamente.

Al final, Jeannie se inclinó y le besó en los labios, leve y fugazmente.

– Diablo, Steve, eres auténtico -dijo.

Fue un beso muy rápido, pero resultó eléctrico. Steve se sintió grande. No estaba muy seguro de lo que Jeannie quería decir con «auténtico», pero debía de ser bueno.

Tendría que justificar la fe que depositaba en él. Empezó a pensar en la audiencia.

– ¿Tienes alguna idea acerca de las reglas de la comisión, los trámites que se siguen en la audiencia?

Ella introdujo la mano en la bolsa de lona y le tendió una carpeta de cartulina.

Steve examinó el contenido. Las normas eran una mezcla de la tradición de la universidad y jerga legal moderna. Entre las infracciones por las que se podía despedir a un miembro del profesorado figuraban la blasfemia y la sodomía, pero la que a Jeannie le daba la impresión de ser la más importante era tradicionaclass="underline" llevar la infamia y el descrédito a la universidad.

Realmente, la comisión de disciplina no tenía la última palabra; simplemente presentaba una recomendación al consejo, cuerpo de gobierno de la universidad. Eso merecía la pena saberlo. Si a la mañana siguiente Jeannie perdía, el consejo podía servirle como tribunal de apelación.

– ¿Tienes una copia del contrato? -pregunto Steve.

– Claro. -Jeannie se acercó a un pequeño escritorio del rincón y abrió un cajón-. Aquí está.

Steve lo leyó rápidamente. En la cláusula doce Jeannie accedía a acatar las decisiones del consejo de la universidad. Eso le dificultaría legalmente desobedecer la decisión definitiva.

Volvió a las reglas de la comisión de disciplina.

– Aquí dice que tienes que notificar al presidente, por adelantado, tu deseo de que te represente un abogado u otra persona -observó Steve.

– Ahora mismo llamamos a Jack Budgen -repuso Jeannie-. Son las ocho…, estará en casa.

Cogió el teléfono.

– Aguarda -pidió Steve-. Tracemos antes el plan de los términos en que vamos a plantear la conversación.

– Tienes razón. Tú piensas estratégicamente y yo no.

Steve se sintió complacido. Aquel consejo legal se lo había dado como abogado suyo y Jeannie lo consideró provechoso.

– Ese hombre tiene tu destino en sus manos. ¿Cómo es?

– Es el bibliotecario jefe y mi contrincante en el tenis.

– ¿El que jugaba contigo el domingo?

– Sí. Es más un administrador que un pedagogo académico. Y un buen jugador táctico, pero en mi opinión nunca tuvo el instinto asesino que impulsa a un tenista hasta la cima.

– Vale, o sea que mantiene contigo cierta relación competitiva.

– Supongo que sí.

– Ahora bien, ¿qué impresión queremos darle? -Enumeró con los dedos-. Uno: queremos parecer optimistas y seguros del triunfo. Estás deseando verte en la audiencia. Eres inocente, te alegras de tener la oportunidad de demostrarlo y tienes una fe ciega en que la comisión verá la verdad en el fondo del asunto, bajo la sabia dirección de Budgen.

– Muy bien.

– Dos: estás desamparada. Eres una muchacha débil, indefensa…

– ¿Bromeas?

Steve sonrió.

– Tacha eso. Eres una profesora universitaria novata y te enfrentas a Berrington y Obell, dos astutos veteranos, duchos en el arte de hacer su santa voluntad en la Universidad Jones Falls. Rayos, ni siquiera puedes permitirte contratar a un abogado. ¿Budgen es judío?

– No lo sé. Puede que sí.

– Espero que lo sea. Las minorías están más predispuestas a revolverse contra el sistema. Tres: la historia de por qué Berrington te está acosando ha de salir a la luz. Es un tanto asombrosa, pero hay que contarla.

– ¿En qué puede ayudarme explicar eso?

– Sugiere la idea de que es muy posible que Berrington tenga algo que ocultar.

– Muy bien. ¿Algo más?

– No creo.

Jeannie marcó el número y le tendió el teléfono.

Steve lo tomó rezumando turbación. Era la primera llamada que efectuaba como representante jurídico de alguien. «Quiera Dios que no lo eche todo a perder.»

Mientras escuchaba el timbre de tono, intentó evocar la forma de jugar al tenis de Jack Budgen. Steve se había concentrado en Jeannie, naturalmente, pero recordaba la figura de un hombre en bastante buena forma, calvo, de unos cincuenta años, que se movía con agilidad y jugaba con picardía. Budgen había vencido a Jeannie, pese a que ella era más joven y fuerte. Steve se prometió no subestimarle.

Una voz tranquila y cultivada contestó al teléfono:

– Dígame.

– ¿Profesor Budgen?, me llamo Steve Logan.

Hubo una breve pausa.

– ¿Le conozco, señor Logan?

– No, señor. Le llamo, en su calidad de presidente de la comisión de disciplina de la Universidad Jones Falls, para informarle de que mañana acompañaré a la doctora Ferrami. Aguarda impaciente que se celebre la audiencia y desea quitarse de encima cuanto antes esas acusaciones.

El tono de Budgen fue frío:

– ¿Es usted abogado?

Steve comprobó que recobraba el aliento con rapidez, como si hubiese estado corriendo y ahora realizase un esfuerzo para mantener la calma.

– Estoy en la facultad de Derecho. La doctora Ferrami no puede permitirse el lujo de contratar a un abogado. Sin embargo, haré cuanto esté en mi mano para ayudarle en el presente caso y, si mi actuación es deficiente, tendré que ponerme a merced de usted. -Hizo una pausa para ofrecer a Budgen la oportunidad de intercalar un comentario amistoso o, aunque sólo fuera, un gruñido de simpatía; pero no hubo más que gélido silencio. Steve continuó-: ¿Puedo preguntarle quién representará a la universidad?

– Tengo entendido que han contratado a Henry Quinn, de Harvey Horrocks Quinn.

Steve se quedo sobrecogido. Era una de las firmas más antiguas de Washington. Trató de que su voz sonase relajada.

– Un bufete WASP 1 extraordinariamente respetable -comentó, con una risita.

– ¿De veras?

El encanto de Steve no daba resultado con aquel hombre. Había llegado el momento de enseñar las uñas.

– Tal vez debiera mencionarle una cosa. Nos vamos a ver obligados a contar el verdadero motivo por el cual Berrington Jones ha actuado así contra la doctora Ferrami. Bajo ninguna clase de condiciones aceptaremos la cancelación de la audiencia. Eso dejaría suspendida sobre su cabeza la nube de la duda. La verdad ha de salir a la superficie, me temo.

– No tengo noticia de ninguna propuesta de cancelación de la audiencia.

Claro que no tenía noticia. No existía tal propuesta. Steve siguió adelante con su farol.

– Pero si surgiera una, le ruego tome nota de que será inaceptable para la doctora Ferrami. -Decidió cortar la conversación antes de meterse en excesivas profundidades-. Profesor, muchas gracias por su cortesía. Estoy deseando verle a usted por la mañana.

– Adiós.

Steve colgó.

– ¡Joder! Vaya témpano de hielo.

Jeannie parecía perpleja.

– Normalmente no es así. Tal vez sólo se mostraba protocolario.

Steve tenía la casi plena certeza de que Budgen ya había adoptado la determinación de ser hostil a Jeannie, pero no se lo dijo a la mujer.

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1 White, Anglo-Saxon, Protestant. El paradigma del ser estadounidense, según la tradición aristocrática de la Costa Este. (N. del E.)

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