El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Jeannie no había recibido aquel mensaje del día anterior, porque Berrington lo había descargado y luego lo borró. Tampoco iba a recibir este. Pero ¿dónde estaba la lista del FBI? Debía de haberla descargado ayer por la mañana, antes de que la seguridad la hubiese dejado fuera de su despacho.
¿Dónde la había grabado? Berrington registró el disco duro, buscando documentos con las palabras «FBI», «F.B.I», con puntos, y «Oficina Federal de Investigación». No encontró nada. Echó un minucioso vistazo a la caja de disquetes que Jeannie guardaba en un cajón, pero sólo contenía copias de seguridad de documentos del ordenador.
– Esta mujer guarda copias de seguridad hasta de su maldita lista de la compra -susurró Berrington.
Utilizó el teléfono de Jeannie para llamar de nuevo a Jim.
– Nada -resumió bruscamente.
– ¡Tenemos que saber quién figura en esa lista! -rugió Jim.
Berrington comentó sarcásticamente: -Qué vamos a hacer, Jim… ¿secuestrar y torturar a Jeannie?
– Ella debe de tener la lista, ¿no?
– No está en su correo electrónico, de modo que la ha descargado.
– Lo que quiere decir que, como no está en su despacho, debe de tenerla en casa.
– Lógico. -Berrington comprendió adónde quería ir a parar-. Puedes ordenar… -Se resistía a decir por teléfono: «que el FBI registre su domicilio»-. ¿Puedes hacer que lo comprueben?
– Creo que sí. David Creane fracasó en la entrega, por lo que supongo que me debe un favor. Le llamaré.
– Mañana por la mañana sería un buen momento. La audiencia es a las diez, Jeannie se pasará allí un par de horas.
– Entendido. Me encargaré de que lo hagan. Pero ¿qué pasa si lo lleva en su maldito bolso de mano? ¿Qué vamos a hacer en ese caso?
– Ni idea. Buenas noches, Jim.
– Buenas noches.
Después de colgar, Berrington permaneció sentado un momento y contempló la estrecha estancia, animada por los audaces y brillantes colores con que la había alegrado Jeannie. Si las cosas se torcieran por la mañana, la muchacha estaría sentada ante aquella mesa a la hora del almuerzo, con su lista del FBI, preparada para reanudar su investigación y para buscarle la ruina a tres hombres buenos.
Eso no debe ocurrir, pensó desesperadamente; eso no debe ocurrir.
VIERNES
38
Jeannie se despertó en la reducida sala de estar de paredes blancas, acostada encima del negro sofá, en brazos de Steve, y vestida sólo con el albornoz de tela de rizo color rosa fucsia.
«¿Cómo llegué aquí?»
Se habían pasado la mitad de la noche ensayando con vistas a la audiencia. A Jeannie el corazón le dio un vuelco en el pecho: su destino iba a decidirse aquella mañana.
«Pero ¿cómo es que estoy aquí recostada en su regazo?»
Hacia las tres había bostezado y cerrado los ojos un momento.
«¿Y entonces?…»
Debió de quedarse dormida.
Y en algún instante Steve fue al dormitorio, cogió de la cama la colcha de rayas azules y rojas y la había arropado con ella, puesto que Jeannie se encontraba abrigada bajo la prenda.
Pero Steve no podía ser responsable del modo en que ella estaba tendida, con la cabeza sobre el muslo del chico y el brazo alrededor de su cintura. Sin duda lo hizo durante el sueño. Resultaba un poco embarazoso, con la cara pegada a la entrepierna. Se preguntó qué pensaría Steve de ella. Su conducta había sido bastante excéntrica, por no decir otra cosa. Desnudarse ante sus ojos y luego quedarse dormida encima de él; se estaba comportando como lo haría con un amante con el que llevase conviviendo mucho tiempo.
«Bueno, tengo una excusa para actuar de un modo tan alucinante: he tenido una semana alucinante.»
Se había visto maltratada por el patrullero McHenty, robada por su padre, acusada por el New York Times, amenazada con un cuchillo por Dennis Pinker, despedida por los mandamases de la universidad y agredida en su propio coche. Se sentía dañada.
Le dolía un poco el rostro en la zona donde recibió el puñetazo el día anterior, pero las heridas no eran meramente físicas. El ataque había magullado también su psique. Al recordar el forcejeo en el Mercedes, la cólera volvió a su ánimo y deseo poder echarle las manos al cuello a aquel individuo. Incluso mientras recordaba la escena, sintió como en sordina un zumbido de infelicidad, como si su vida tuviese menos valor a causa de aquel ataque.
Era sorprendente que aún pudiese confiar en algún hombre; asombroso que pudiera quedarse dormida en un sofá con un chico que tenía exactamente el mismo aspecto físico que uno de sus agresores. Pero ahora podía estar incluso más segura de Steve. Ningún otro hubiera pasado la noche así, a solas con una muchacha, sin tratar de forzarla.
Jeannie frunció el entrecejo. Steve había hecho algo durante la noche, ella lo recordaba de un modo ambiguo, un detalle bonito. Sí: era el recuerdo entre sueños de una mano grande que le acariciaba el pelo rítmicamente; le parecía que durante bastante tiempo, mientras ella dormía, tan a gusto como un gato mimado.
Sonrió, se removió y Steve preguntó al instante:
– ¿Estás despierta?
Jeannie bostezo y se estiró.
– Lo siento, me quedé dormida encima de ti. ¿Te encuentras bien?
– Alrededor de las tres de la madrugada la circulación sanguínea de mi pierna izquierda se interrumpió, pero me acostumbre enseguida y ya está.
Jeannie se incorporó para mirarle la cara. Tenía la ropa arrugada, el pelo desgreñado y le había crecido un poco de barba rubia, pero daba la impresión de encontrarse lo bastante en forma como para comer.
– ¿Dormiste algo?
Steve dijo que no con la cabeza.
– Disfrutaba demasiado contemplándote.
– No me digas que ronco.
– No, no roncas. Se te escapa un poco de saliva, nada más.
Se tocó ligeramente una manchita de humedad de la pernera.
– ¡Oh, que rabia! -Jeannie se levantó. Su mirada fue a detenerse en la esfera del reloj azul que colgaba de la pared: las ocho y media, puntualizó alarmada-: No nos queda mucho tiempo. La audiencia empieza a las diez.
– Dúchate mientras preparo un poco de café -se brindó Steve, magnánimo.
Jeannie se le quedó mirando. Era un chico irreal.
– ¿Te ha traído Santa Claus?
Steve se echó a reír.
– De acuerdo con tu teoría, he salido de una probeta. -Su expresión se tornó solemne de nuevo-. Quién sabe, que diablos.
El talante de Jeannie se oscureció, a tono con el de Steve. La mujer entró en el baño, dejó caer el albornoz en el suelo y se metió en la ducha. Mientras se lavaba la cabeza, empezó a amargarse pensando en la dura lucha que había mantenido a lo largo de los últimos diez años: el esfuerzo para conseguir las becas; los intensivos entrenamientos tenísticos combinados con las largas horas desgastándose los codos sobre los libros; el director de su tesis doctoral, desagradablemente quisquilloso. Había trabajado como un robot para llegar a donde había llegado, todo porque quería ser una científica y ayudar a la raza humana a entenderse mejor a sí misma. Y ahora Berrington Jones estaba a punto de arrojárselo todo por la borda.
La ducha consiguió que se sintiera mejor. Cuando se frotaba el pelo con una toalla, sonó el teléfono. Cogió el supletorio que tenía junto a la cama.
– ¿Sí?
– Soy Patty, Jeannie.
– ¡Hola, hermanita! ¿Qué hay?
– Se ha presentado papá.
Jeannie se sentó en la cama.
– ¿Cómo está?
– Sin un centavo, pero sano.
– Acudió primero a mí -dijo Jeannie-. Llegó el lunes. El martes tuvimos un pequeño altercado, porque no le hice la cena. El miércoles se largó, con mi ordenador, mi televisor y mi estero. Ya se debe de haber fundido o jugado el dinero que le dieran por ello.
Patty dejó escapar un grito sofocado.