El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Steve agarró el volante y trató de desviar el automóvil hacia la acera. Jeannie dio un tirón rápido para devolverlo a su dirección original. Patinaron las ruedas traseras y la bocina de la ambulancia protestó indignada.
Steve volvió a intentarlo. Esa vez fue más hábil. Llevó la palanca de cambios a punto muerto con la mano izquierda y aferró el volante con la derecha. El automóvil redujo la velocidad y subió por el bordillo de la acera.
Jeannie retiró las manos del volante, las apoyó en el pecho de Steve y le empujó con todas sus fuerzas. La potencia física de la mujer sorprendió a Steve, que se vio impulsado hacia atrás. Jeannie puso la marcha y hundió el pedal del acelerador. El Mercedes volvió a salir disparado hacia delante como un cohete, pero Jeannie se daba cuenta de que no podría mantener aquella lucha durante mucho tiempo más. En cualquier segundo, Steve conseguiría detener el coche y ella se encontraría atrapada allí dentro con él. Steve recobró el equilibrio mientras Jeannie entraba en una curva por la izquierda. El muchacho agarró el volante con ambas manos y Jeannie pensó: «Esto es el fin, ya no puedo aguantar más». Luego el automóvil acabó de doblar la curva y el paisaje urbano cambió radicalmente.
Se encontraron frente a una calle muy concurrida, con un hospital ante el que se congregaba un numeroso grupo de personas, una hilera de taxis y, junto a la acera, un puesto de comida china.
– ¡Sí! -exclamo Jeannie triunfalmente.
Pisó el freno. Steve tiró del volante y ella volvió a colocarlo en su posición anterior. El Mercedes dio un coletazo y se detuvo en mitad de la calzada. Una docena de taxistas que se encontraban ante el puesto de comida china se volvieron a mirar.
Steve abrió la portezuela, se apeó y huyó a la carrera.
– ¡Gracias a Dios! -susurró Jeannie.
Segundos después, Steve había desaparecido.
Jeannie continuó sentada, jadeante. El violador se había marchado. La pesadilla había concluido.
Uno de los taxistas se acercó y asomó la cabeza por la ventanilla del asiento del pasajero. Precipitadamente, Jeannie compuso su vestimenta.
– ¿Se encuentra bien, señora? -preguntó el hombre.
– Supongo que sí -respondió ella, sin resuello.
– ¿A qué diablos venía todo esto?
Jeannie sacudió la cabeza.
– Le aseguro que me gustaría saberlo -dijo.
36
Sentado en lo alto de una pequeña tapia, junto al domicilio de Jeannie, Steve aguardaba la llegada de la muchacha. Hacía calor, pero el joven aprovechaba la sombra de un gigantesco arce. Jeannie vivía en un tradicional barrio obrero de hileras de casas adosadas. Adolescentes que acababan de salir de un colegio cercano volvían a casa, riendo, peleándose y comiendo caramelos. No había pasado mucho tiempo desde que el era también como ellos: ocho o nueve años.
Pero ahora estaba inquieto y desesperado. Aquella tarde, su abogado había ido a hablar con la sargento Delaware de la Unidad de Delitos Sexuales. La detective le dijo que tenía ya los resultados de la prueba de ADN. Las muestras de ADN del esperma extraído de la vagina de Lisa Hoxton coincidían exactamente con el ADN de la sangre de Steve.
Estaba destrozado. Había tenido la absoluta certeza de que la prueba de ADN iba a poner fin a aquella angustia.
Se daba cuenta de que su abogado ya no le creía inocente. Mamá y papá sí, pero estaban desconcertados; ambos tenían suficientes conocimientos como para comprender que las pruebas de ADN eran extraordinariamente fiables.
En sus peores momentos se preguntaba si no tendría alguna clase de doble personalidad. Tal vez existía otro Steve que tomaba las riendas, violaba mujeres y luego le devolvía su cuerpo. De ese modo, él ignoraría lo que había hecho. Recordó, alarmado, que durante su pelea con Tip Hendricks, hubo unos cuantos segundos en los que perdió el control de la razón. Y también había estado decidido a hundir los dedos en el cerebro de Gordinflas Butcher. ¿Era su alter ego quien hacía esas cosas? En realidad, no lo creía así. Debía existir otra explicación.
El rayo de esperanza lo representaba el misterio que los envolvía a él y a Dennis Pinker. Dennis tenía el mismo ADN que Steve. Algo no encajaba allí. Y la única persona que podía poner en claro el enigma era Jeannie Ferrami.
Los chicos de la escuela desaparecieron dentro de sus casas y el sol se ocultó tras la hilera de viviendas del otro lado de la calle. Hacia las seis de la tarde, el Mercedes rojo aparcó en un hueco, a unos cincuenta metros de distancia, y Jeannie se apeó del vehículo. De momento no vio a Steve. Abrió el maletero y sacó del mismo una gran bolsa de basura de plástico negro. Después cerró el automóvil y echó a andar por la acera, en dirección a Steve. Iba vestida más bien elegante, con traje sastre de falda negra, pero estaba despeinada y Steve notó en sus andares un cansino abatimiento que le llegó al alma. Se preguntó qué le habría ocurrido para que ofreciese aquel aspecto de derrota. Aunque aún resultaba espléndida y la contempló con el ánimo saturado de deseo.
Cuando la tuvo cerca de si, Steve se irguió, sonriente, y avanzó un paso hacia ella.
Jeannie le miró, fijó la vista y le reconoció. Una expresión de horror apareció en el rostro de la mujer.
Se quedo boquiabierta y luego emitió un grito.
Steve se detuvo en seco. Preguntó hecho un lío:
– ¿Qué ocurre, Jeannie?
– ¡Apártate de mí! -chilló Jeannie-. ¡No me toques! ¡Ahora mismo llamo a la policía!
Anonadado, Steve alzó las manos en gesto defensivo.
– Claro, claro, lo que tú digas. No voy a tocarte, conforme? ¿Qué diablos te pasa?
En la puerta del domicilio de Jeannie apareció un vecino de la casa compartida. Debía de ser el ocupante del apartamento de la planta baja, se figuró Steve. Era un anciano de color, que llevaba camisa de cuadros y corbata.
– ¿Todo va bien, Jeannie? -dijo-. Me pareció oír gritar a alguien.
– Fui yo, señor Oliver -dijo Jeannie con voz temblona-. Este sinvergüenza me agredió en mi propio coche, en Filadelfia.
– ¿qué te agredí? -exclamó Steve, incrédulo-. ¡Yo no haría semejante cosa!
– Lo hiciste hace un par de horas, hijo de Satanás.
Steve se sintió dolido. Que le acusaran de brutalidad le molestaba.
– Vete a hacer gárgaras. Hace años que no he estado en Filadelfia.
Intervino el señor Oliver.
– Este joven caballero lleva más de dos horas sentado en esa tapia, Jeannie. Esta tarde no ha estado en Filadelfia.
Jeannie parecía indignada y a punto de tildar de embustero a su bonachón vecino.
Steve observo que no llevaba medias; sus piernas al aire resaltaban de modo extraño entre la formal indumentaria que vestía. Un lado del rostro estaba ligeramente hinchado y enrojecido. El enfado de Steve se evaporó. Alguien la había atacado. Deseaba con toda el alma abrazarla y consolarla. El hecho de que ella le tuviese miedo aumentaba la aflicción del muchacho.
– Te hizo daño -dijo-. El malnacido.
Cambió la cara de Jeannie. La expresión de terror desapareció. Se dirigió al vecino:
– ¿Llegó aquí hace dos horas?
El hombre se encogió de hombros.
– Hace una hora y cuarenta minutos, quizá cincuenta.
– ¿Está seguro?
– Jeannie, si estaba en Filadelfia hace dos horas ha tenido que volver aquí en el Concorde.
Jeannie miró a Steve.
– Debió de ser Dennis.
Steve anduvo hacia ella. Jeannie no retrocedió. Steve alargó el brazo y con la yema de los dedos rozó la mejilla hinchada.
– Pobre Jeannie -compadeció.
– Creí que eras tú. -Las lágrimas afluyeron a los ojos de Jeannie.
La acogió en sus brazos. Poco a poco, el cuerpo de Jeannie fue perdiendo rigidez y acabó por apoyarse en Steve confiadamente. Él le acarició la cabeza y después enroscó los dedos entre las ondas de la espesa mata de pelo oscuro. Cerró los ojos y pensó en lo fuerte y esbelto que era el cuerpo de Jeannie. Apuesto a que Dennis también se llevo alguna magulladura, pensó. Así lo espero.