El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Llegó a su coche, pero no subió en él. Eran las dos y media y aún no había almorzado. Estaba demasiado sobre ascuas para comer mucho, pero le hacía falta una taza de café. En la acera de enfrente se abría una cafetería, al lado de un centro evangélico. Parecía limpia y barata. Cruzó la calle y entró.
La amenaza que dirigió a Dick Minsky era mero farol; no podía hacer nada para perjudicarle. Irritarle tampoco le había servido de gran cosa. A decir verdad, se delató a sí misma al dejar claro que sabía que la estaban engañando. Los puso sobre aviso y ahora tendrían alta la guardia.
El silencio reinaba en el local, salvo en la parte donde unos cuantos estudiantes terminaban de almorzar. Jeannie pidió café y una ensalada. Mientras esperaba, abrió el folleto que había cogido en el vestíbulo de la clínica. Leyó:
La Clínica Aventina fue fundada en 1972 por Genético S.A., como centro pionero para la investigación y desarrollo de la fertilización humana in vitro, la creación de lo que la prensa llamó «niños probeta».
Y, de pronto, todo estuvo claro.
34
Jane Edelsborough era una viuda de cincuenta y poco años. Mujer escultural, pero desaliñada, vestía normalmente holgadas prendas étnicas y calzaba sandalias. Poseía un intelecto impresionante, pero nadie lo hubiera supuesto al verla. Era la clase de persona que a Berrington le resultaba incomprensible. Si uno era inteligente, pensaba, ¿porqué disimularlo presentándose como un idiota al vestir de modo tan zafio? Sin embargo, las universidades estaban llenas de personas así…, en realidad, él era una auténtica excepción, siempre tan de punta en blanco, tan esmerado y pulcro.
Hoy su aspecto era especialmente elegante, con su chaqueta de hilo hecha a la medida, el chaleco a juego y los pantalones ligeros de pata de gallo. Le dio un minucioso repaso a su imagen en el espejo de detrás de la puerta, antes de salir del despacho para el encuentro con Jane.
Se dirigió al Gremio de Estudiantes. Los profesores casi nunca comían en aquel establecimiento -Berrington no había entrado una sola vez en el local-, pero Jane estaba almorzando allí, según la parlanchina secretaria de física.
El vestíbulo estaba lleno de muchachos en pantalones cortos formando cola en los cajeros automáticos. Berrington entró en la cafetería y miró en torno. Jane ocupaba una mesa en un rincón del fondo. Leía un periódico y comía patatas fritas con los dedos.
El lugar era un complejo alimentario, como los que Berrington había visto en aeropuertos y centros comerciales, con su Pizza Hut, el mostrador donde servían helados y su Burger King, así como un restaurante de comidas rápidas convencional. Berrington cogió una bandeja y entró en el autoservicio de cafetería. Dentro de una vitrina con cristal delantero había unos pocos bocadillos exánimes y varios pastelillos lastimosos. Se estremeció; en circunstancias normales se hubiera puesto al volante y conducido hasta el siguiente estado antes que comer allí.
Aquella maniobra iba a resultarle difícil. Jane no era su clase de mujer favorita. Lo cual hacía aún más probable que ella dirigiese la audiencia disciplinaria hacía una ruta inconveniente. Tendría que ganarse su amistosa voluntad en muy breve espacio de tiempo. Para ello habría de recurrir al poder de seducción de todos sus encantos.
Adquirió una porción de pastel de queso y una taza de café y se encaminó hacia la mesa de Jane. No le llegaba la camisa al cuerpo, pero hizo cuanto pudo para parecer y sonar relajado.
– ¡Jane! -exclamó-. ¡Qué agradable sorpresa! ¿Puedo acompañarte?
– Faltaría más -aceptó la mujer amablemente, y puso el periódico a un lado. Se quitó las gafas, lo que dejó al descubierto unos ojos de tono castaño oscuro con regocijadas patas de gallo, pero su pinta era un desastre: llevaba el largo pelo canoso atado con una especie de trapo descolorido y vestía una deformada blusa verde gris con manchas de sudor en las axilas-. No recuerdo haberte visto jamás por estos lares -dijo.
– Es la primera vez que vengo. Pero a nuestra edad es importante no dejarse dominar por la rutina de las costumbres… ¿no estás de acuerdo?
– Yo soy más joven que tú -hizo constar Jane sosegadamente-. Aunque supongo que nadie lo supondría.
– Seguro que sí. -Berrington le dio un mordisco al pastel de queso. La base era dura como una lámina de cartón y el relleno sabía a crema de afeitar sazonada al limón. Lo tragó con esfuerzo- ¿Qué opinas de la biblioteca de biofísica que ha propuesto Jack Budgen?
– ¿Has venido a verme para hablar de eso?
– No he venido aquí a verte, vine para probar la comida, y estoy arrepentido. Es una bazofia terrible. ¿Cómo puedes comer aquí?
Jane hundió la cuchara en lo que parecía alguna incógnita clase de postre.
– Ni siquiera me doy cuenta de lo que como, Berry, pienso en mi acelerador de partículas. Háblame de esa nueva biblioteca.
En otro tiempo, Berrington había sido igual que ella: un obseso del trabajo. Nunca se permitió ir por ahí con aspecto de vagabundo, debido a ello, pero si fue un joven científico que había vivido por la emoción del descubrimiento. Sin embargo, su existencia tomó otro rumbo. Sus libros fueron trabajos de divulgación de obras ajenas; en quince o veinte años no había escrito nada original. Se preguntó fugazmente si habría sido más feliz de elegir otra opción. La zarrapastrosa Jane, que engullía comida barata mientras le daba vueltas en la cabeza a problemas de física nuclear, tenía un aire de tranquilidad y satisfacción que Berrington jamás llegó a conocer.
Y no podía decirse que se las estuviera arreglando bien para encandilarla. Jane era demasiado lista. Tal vez debería halagarla intelectualmente.
– Creo que mereces que tus ingresos sean más altos. Eres el físico más veterano y competente del campus, uno de los científicos más distinguidos que tiene la UJF… debes participar en el proyecto de esta biblioteca.
– ¿Es que va a materializarse?
– Creo que la Genético está dispuesta a financiarla.
– Vaya, esa sí que es una buena noticia. Pero ¿qué interés tienes tú?
– Hace treinta años me hice un nombre a base de empezar a preguntar qué características humanas se heredan y cuáles se aprenden. Gracias a mi trabajo y al de otros como yo, ahora sabemos que la herencia genética de los seres humanos es más importante que la instrucción y el entorno, a la hora de determinar un radio completo de rasgos psicológicos.
– Constitución, no educación.
– Exacto. Demostré que el ser humano es su ADN. A la generación joven le interesa el modo en que funciona este proceso. Qué es el mecanismo a través del cual una combinación de sustancias químicas me proporciona ojos azules, en tanto otra combinación te los facilita a ti de un color castaño oscuro profundo, casi como el chocolate, supongo.
– ¡Berry! -dijo Jane con una sonrisa irónica-. Si fuese una secretaria de treinta años y pechos provocativos podría pensar que tratas de ligarme.
Esto ya va mejor, se dijo Berrington. Por fin se había suavizado.
– ¿Provocativos? -sonrió. Miró con deliberado descaro el busto de Jane y luego desvió la vista hacia su rostro-. Creo que uno es tan provocativo como se siente.
Ella se echó a reír, pero Berrington comprendió que estaba muy complacida. Por fin llegaba a alguna parte con ella. Y entonces Jane dijo:
– Tengo que irme.
Maldición. No podía conservar el dominio de aquella interacción. Debía recuperar su interés de inmediato. Se levantó, dispuesto a marcharse con ella.