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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Bueno, lo primero de todo… ¡No estoy enamorada de usted!

Gwyneira no sabía si éste era un buen comienzo, pero eso es lo que salió de sus labios cuando se encontró a solas con James McKenzie. Había pasado aproximadamente una semana desde la fiesta. Los últimos invitados se habían ido el día anterior y ese día Gwyneira podía por fin balancearse de nuevo a lomos de un caballo. Lucas había empezado un nuevo cuadro. El jardín resplandeciente de colores lo había inspirado y trabajaba en esos momentos en una escena festiva. En los últimos días, Gerald casi se había dedicado en exclusiva a beber y ahora dormía la borrachera, y McKenzie cabalgaba a las tierras altas para recoger las ovejas que debían ser conducidas a las ferias. Los perros habían tenido que mostrar su talento varias veces en las últimas semanas y habían sido cinco los invitados que habían adquirido en total ocho cachorros. No obstante, las crías de Cleo no estaban entre ellos, se quedaban como animales de cría en Kiward Station y acompañaban a su madre cuando conducía las ovejas. Pese a que Cleo todavía tropezaba con sus propias patas a veces, su talento no dejaba lugar a dudas.

James se había alegrado de que Gwyneira se hubiera reunido con él para conducir el ganado. Pero prestó atención cuando ella, que cabalgaba a su lado en silencio, respiró hondo para iniciar la conversación. Lo que dijo, pareció divertirle.

– Claro que no está enamorada de mí, Miss Gwyn. Cómo podría ocurrírseme algo así… -dijo, reprimiendo la risa.

– ¡No se burle de mí, James! Debo hablar de algo muy serio con usted…

McKenzie pareció afectado.

– ¿La he ofendido? No era mi intención. Pensé que también se refería…, al beso, quiero decir. Pero si desea que me vaya…

– Olvídese del beso -respondió Gwyneira-. Se trata de otra cosa, señor James…, hum, James… Yo…, yo quería pedirle su ayuda.

McKenzie detuvo su caballo.

– Lo que usted desee, Miss Gwyn. Nunca le negaría nada.

Se la quedó mirando fijamente a los ojos, y a ella le resultó difícil seguir hablando.

– Pero es algo…, no es decente.

James rio.

– No me preocupa demasiado la decencia. No soy ningún gentleman, Miss Gwyn. Creo que ya habíamos hablado una vez al respecto.

– Es una pena, señor James, porque sobre todo… Lo que quiero pedirle… precisa de la discreción de un gentleman.

Gwyneira se sonrojó. ¿Qué pasaría cuando a continuación hablase con mayor claridad?

– Tal vez baste con un hombre de honor -sugirió James-. Alquien que cumpla con su palabra.

Gwyneira reflexionó. Luego asintió.

– Entonces tiene que prometerme que no le dirá a nadie si usted…, nosotros…, lo hacemos o no.

– Sus deseos son órdenes para mí. Haré lo que usted me pida que haga. -James volvía a mostrar ese brillo en los ojos, pero hoy no era tan alegre y malicioso, sino casi una súplica.

– Pero es usted muy imprudente -le reprochó Gwyneira-. Todavía ignora por completo lo que quiero. Imagínese que le exijo que asesine a alguien.

James no pudo evitar echarse a reír.

– ¡No se ande con tantos rodeos, Gwyn! ¿Qué quiere? ¿Quiere que mate a su esposo? Valdría la pena pensarlo. Entonces por fin la tendría para mí.

Gwyn le lanzó un mirada horrorizada.

– ¡No hable así! ¡Es terrible!

– ¿La idea de matar a su marido o la de pertenecerme a mí?

– Nada…, las dos… ¡Ay, ahora ya me ha liado usted! -Gwyneira estaba a punto de arrojar la toalla.

James silbó a los perros, detuvo su caballo y desmontó. Luego ayudó a Gwyneira a bajar de su montura. Ella lo permitió. Sentir sus brazos era excitante y consolador.

– Bien, Gwyn. Ahora nos sentamos aquí y me explica tranquilamente qué es lo que aflige su corazón. Y entonces podré decidir si sí o si no. ¡Y le prometo que no me reiré!

McKenzie desató una manta de su silla, la desplegó y pidió a Gwyneira que tomara asiento.

– Pues bien -dijo ella en voz baja-. Tengo que tener un hijo.

James sonrió.

– Nadie puede forzarla.

– Quiero tener un hijo -se corrigió Gwyneira-. Necesito un padre.

James frunció el entrecejo.

– No entiendo…, pero si está casada.

Gwyneira sentía su cercanía y el calor de la tierra debajo de ella. Era agradable sentarse al sol y era bueno hablar por fin. Sin embargo, no pudo evitar estallar en lágrimas.

– Lucas…, no lo consigue. Es un…, no, no puedo decirlo. En cualquier caso…, todavía no he sangrado y nunca me ha hecho daño.

McKenzie sonrió y pasó dulcemente el brazo alrededor de ella. La besó con cautela en la sien.

– No puedo garantizarte, Gwyn, que haga daño. Sería mejor que te gustara.

– Lo principal es que lo hagas bien para que tenga el niño -susurró Gwyneira.

James volvió a besarla.

– Puedes confiar en mí.

– ¿Así que tú ya lo has hecho?

James tuvo que reprimir la risa.

– A menudo, Gwyn. Lo dicho, no soy un gentleman.

– Bien. Sobre todo tiene que ser rápido. Corremos demasiado riesgo de ser descubiertos. ¿Cuándo lo hacemos? ¿Y dónde?

James le acarició el cabello, le besó la frente y le hizo cosquillas con la lengua en el labio superior.

– No tiene que ser rápido, Gwyneira. Y tampoco puedes estar segura de que funcione la primera vez. Ni siquera aunque lo hagamos todo bien.

Gwyn adoptó un aire receloso.

– ¿Por qué no?

James suspiró.

– Mira, Gwyn, tú sabes de animales… ¿Qué sucede con una yegua y un semental?

Ella asintió.

– Si es en la época, basta con una vez.

– Justo, cuando es la época.

– El semental lo nota… ¿Eso significa que tú no lo notas?

James no sabía si tenía que reír o llorar.

– No, Gwyneira. Los seres humanos somos en eso distintos. Siempre disfrutamos del amor, no sólo los días en que la mujer puede quedar embarazada. Así que puede ser que tengamos que intentarlo varias veces.

James miró a su alrededor. Había elegido bien el lugar de la acampada, bastante arriba en la montaña. Nadie pasaría por ahí. El rebaño se había desperdigado para pastar, los perros vigilaban la ovejas. Los caballos estaban atados a un árbol que también les podía dar sombra.

James se puso en pie y tendió la mano a Gwyneira. Cuando ella se levantó sorprendida, él extendió la manta a media sombra. Abrazó a Gwyneira, la levantó y la tendió sobre la manta. Abrió con cuidado la blusa que ella llevaba sobre la ligera falda de montar y la besó. Sus besos la encendieron y sus caricias en las zonas más íntimas de su cuerpo despertaron sensaciones que Gwyneira nunca antes había experimentado y que la transportaban a lugares felices. Cuando al final la penetró, sintió un breve dolor, pero que luego se disolvió en un delirio de los sentidos. Era como si se hubieran estado buscando toda la vida y por fin se hubieran encontrado… Una ampliación del «parentesco de almas» del que hacía poco se había reído. Al final, yacieron uno al lado del otro, medio desnudos y extenuados, pero inmensamente felices.

– ¿Tienes algo en contra si tenemos que hacerlo varias veces? -preguntó James.

Gwyneira lo miró reluciente.

– Yo diría -respondió, esforzándose por adoptar la debida seriedad- que lo hagamos simplemente cuantas veces sea necesario.

Lo hacían siempre que se les brindaba la oportunidad. Gwyneira, en especial, vivía con el temor a ser descubierta y prefería no correr ni siquiera el menor riesgo. Por otra parte, sólo pocas veces encontraban buenos pretextos para desaparecer juntos, por lo que Gwyneira tardó un par de semanas hasta quedar embarazada. Fueron las semanas más felices de su vida.

Cuando llovía, James la amaba en los cobertizos de la esquila que, una vez cortada la lana de las ovejas, estaban abandonados. Se quedaban abrazados y escuchaban el golpeteo de las gotas de lluvia en la cubierta, se estrechaban el uno contra el otro y se contaban historias. James se rio de la leyenda maorí de rangi y papa y sugirió que volvieran a hacer el amor para consolar a los dioses.

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