Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
El caballero rodeó el lago por la orilla, riéndose y animando al perro mientras nadaba, y se volvió a encontrar con él al otro lado, teniendo cuidado de aparecer una vez que Trafalgar hubo salido y se hubo sacudido la mayor parte del agua.
– ¡Buen chico! -Darcy agarró la rama de las mandíbulas del sabueso-. Ahora, vamos a la casa. -Después de lanzarle una última mirada a su premio, el animal salió corriendo hacia uno de los jardines, dejando atrás a su amo. Darcy tiró la rama al suelo y se volvió a mirar hacia la mansión. ¡Su casa! La agradable sensación de gratitud que había experimentado hacía un rato regresó, reconfortando su corazón. Volvió a tomar el sendero que comunicaba con las caballerizas, decidido a atravesar el jardín de la parte de abajo y así evitar el vestíbulo, porque no estaba en condiciones de saludar a ningún desconocido después del viaje, y a pesar de que la sensación de euforia permaneció intacta, no había avanzado mucho cuando comenzó a sentir las consecuencias del esfuerzo de la mañana. Le dio un tirón a la corbata para aflojarla, pues sentía el cuello bañado en sudor. Ya se había desabrochado la chaqueta y no tenía deseos de volvérsela a abrochar. Iba sin sombrero y sin guantes, pues los había enviado a la casa, y podía notar el polvo y la tierra adheridos a su ropa rozando su piel. Su cara… Darcy se detuvo para tocarse los ojos y la mandíbula. No, ¡no estaba en condiciones!
Dejó caer la mano y se dirigió a una bifurcación que había en el seto y que marcaba el límite con el prado del jardín inferior, pero se detuvo en seco. ¡Los visitantes! Darcy vaciló al ver a los tres desconocidos que, por fortuna, le daban la espalda mientras observaban la fachada de la mansión, acompañados por el viejo Simon. Se reprochó por la torpeza de haber calculado mal el tiempo, pues los visitantes ya estaban en los jardines. Quizá pudiera volver sigilosamente por el mismo camino por el que había venido. Pero tan pronto dio un paso atrás, una de las damas dio media vuelta y posó sus ojos enseguida sobre él. La luz de aquellos ojos sacudió a Darcy como un rayo. ¡Elizabeth! Dios santo, ¿Elizabeth? El caballero sintió que cada uno de los nervios de su cuerpo se ponía alerta, aunque parecía incapaz de lograr que se movieran. ¡Elizabeth… allí! Aquella imagen lo estremeció, pero su mente se negaba a aceptar semejante coincidencia. ¿Cómo era posible? Pero tenía que ser posible porque allí estaba ella, a no más de veinte metros, con sus adorables ojos abiertos a causa de la sorpresa, antes de volverse con las mejillas encendidas por el rubor. Darcy también sintió un calor que subía a su rostro, mientras buscaba una señal, alguna indicación sobre cómo debería aproximarse a ella. Pero no recibió ninguna y la joven permaneció como una hermosa representación de la confusión. Lo único que el caballero pudo pensar fue que debía rescatarla de aquella situación y ser él quien diera el primer paso. Intentando salir de su estupor, se acercó.
– Señorita Elizabeth Bennet. -Darcy le hizo una reverencia lenta y respetuosa. Apenas pudo oír la respuesta y, al levantarse, descubrió que Elizabeth estaba todavía más colorada y que miraba a todas partes menos a él-. Por favor, permítame que le dé la bienvenida a Pemberley, señorita Elizabeth. -Elizabeth le dio las gracias con voz casi inaudible. Era evidente que se sentía bastante incómoda. Debía tratar de tranquilizarla de alguna manera-. No tenía ni idea de que planeara usted una visita a Derbyshire -se arriesgó a decir. Ella no contestó-. ¿Llevan usted y sus acompañantes mucho tiempo viajando?
– Salimos de Longbourn hace poco más de dos semanas, señor -respondió Elizabeth con voz fuerte, pero ligeramente temblorosa todavía en medio del aire del verano.
– Ah… ¿y su familia se encuentra bien? ¿O se encontraba bien cuando los dejó? -se corrigió Darcy-. ¿Sus hermanas? ¿Ha tenido usted alguna noticia? -Se reprochó mentalmente la confusión y la torpeza de sus frases.
– Sí y no, señor Darcy. -Elizabeth se mordió el labio inferior-. Sí, estaban bien cuando partí, pero no, todavía no he tenido ninguna noticia de ellos.
– Ah, ya veo… Y su viaje, ¿ha sido placentero? -insistió Darcy-. Parece que el tiempo ha sido muy favorable. ¿No le parece? -Elizabeth sonrió brevemente al oír eso, mostrándose de acuerdo en que los días habían sido muy agradables-. Sí, eso me ha parecido -afirmó-, aunque sólo he estado viajando los últimos tres días. ¿Cuánto tiempo lleva usted de viaje?
– Dos semanas, señor.
– Ah, sí, ya me lo había dicho. Dos semanas. ¿Se va a quedar mucho tiempo en Derbyshire? ¿Dónde se hospedan? -¡Por Dios, ésa era una pregunta verdaderamente estúpida!
– En la posada Green Man, en Lambton, señor.
– Ah, sí, Green Man. Garston, el propietario, la regenta muy bien. Pero tenga cuidado con todos sus nietos -respondió Darcy-, en especial cuando él descubra que usted ha estado en Pemberley. Multiplicará sus atenciones. ¿Mencionó usted cuánto tiempo se quedará en la comarca?
– No, no lo he hecho. -Elizabeth miró a lo lejos con nerviosismo, en dirección a sus acompañantes-. Estoy a disposición de las personas que me acompañan. Y todavía no hemos decidido cuándo nos marcharemos.
– Entiendo. -Darcy hizo una pausa. ¿Qué más podía decir?-. ¿Y sus padres? ¿Están bien de salud?
Al oír eso, Elizabeth sonrió abiertamente e incluso lo miró a la cara. La brisa jugueteó con los rizos que rodeaban sus sienes y él no pudo saber si lo que resaltó la hermosura de sus ojos y el resplandor de su rostro fue el color o el estilo del sombrero. ¡Por Dios, era una imagen maravillosa!
– Por lo que sé, sí, señor Darcy. -Fue la contestación de Elizabeth. Él esbozó una sonrisa a modo de respuesta. Ella desvió la mirada. ¿Tendría alguna preocupación que le hizo fruncir el entrecejo? ¿O acaso él había dicho algo malo? Tal vez era su misma presencia, esa apariencia tan descuidada. ¿Acaso no creía en la sinceridad de su recibimiento? ¡Elizabeth nunca debería pensar eso! Si no decía nada más, Darcy debía asegurarle al menos que era bienvenida.
– Es usted bienvenida a Pemberley, señorita Elizabeth, usted y sus acompañantes. -Darcy le hizo una reverencia-. Por favor, dispongan del tiempo que deseen para recorrer el parque y los alrededores. Simon conoce los lugares desde donde se disfruta de la mejor vista y los paseos más agradables. Están ustedes en excelentes manos. Si usted me disculpa, acabo de llegar y debo atender algunos asuntos. -Darcy volvió a inclinarse y esta vez sí pudo oír la despedida de Elizabeth. Pasó junto a ella y avanzó hacia la entrada, mientras la felicidad que sentía en el corazón por tenerla en su casa luchaba con la sensación de vergüenza que le producía la torpeza de su encuentro y, pensó mirando hacia abajo con desaliento, su desaliñado aspecto. ¿Qué pensaría Elizabeth de él? Soltó un gruñido y se apresuró a entrar. ¡Si Fletcher lo hubiese acompañado! Con los cuidados de su ayuda de cámara, podría estar presentable en un cuarto de hora. Pero no había nada que hacer. Subió corriendo las escaleras hasta el vestíbulo, donde sorprendió a la señora Reynolds, que estaba cerrando uno de los salones que se mostraban al público.
– ¡Señor Darcy!
– ¡Señora Reynolds! He llegado hace poco. -El caballero le dirigió la sonrisa que tan buenos resultados le había dado con ella los últimos veinticuatro años-. ¿Cuánto tiempo tardará en enviarme arriba un poco de agua caliente?